RIVER AMARGÓ A UN CENTRAL QUE FALLÓ EN LA DIFINICIÓN
“Por qué ganó River? Porque acertó dos veces en la red —en sus turbulentas y aisladas llegadas— y con eso le bastó para sacar una mínima luz de diferencia. Porque tiene a Cavenaghi, que se pasa casi todo el partido sin tocar la pelota, pero cuando le queda alguna en el corazón del área es letal, como lo son los goleadores de alma. Porque Mascherano luchó contra todo Central en el mediocampo. Porque Rojas —reemplazante de Crosa, quien se lesionó gravemente a los sesenta segundos de juego— dejó la vida en cada maniobra para salvar varios horrores de sus compañeros de defensa.
¿Por qué perdió Central? Porque no tiene un Cavenaghi. O mejor dicho: porque la ausencia de Figueroa (hoy en el fútbol inglés) es demasiado visible cuando llega la hora de apretar el gatillo de cara al arquero. Porque sin un goleador-goleador siempre es más intrincado ganar si los mediocampistas más dotados técnicamente no tienen una tarde realmente iluminada en la definición. Porque Messera (la figura de la cancha) despilfarró una chance increíble, a los 8 del complemento, cuando la chapa estaba 1-1 y su rival, desconcertado. Porque, pareció, la vieja paternidad, o el peso de la camiseta de River, influyó más de la cuenta en los instantes determinantes. Porque, al fin de cuentas, no se decidió a liquidar el pleito cuando tenía todo (léase el triunfo) al alcance de la mano.
El 2-1 (apretado, opaco, poco convincente) espantó las suspicacias que sobrevolaron durante los últimos días: si River ganaba —como sucedió—, indirectamente le daba una mano a Boca, el puntero, porque interrumpía el firme avance de Central. A la salud del fútbol, entonces, la victoria del equipo de Pellegrini le hizo bien.
Jugó mejor Central, sin duda, aunque se haya quedado con las alforjas vacías. Y jugó mejor desde el arranque —por extensos pasajes, los jugadores de River veían pasar la pelota ante sus narices sin poder siquiera olerla— por la manija de Ezequiel González y de Pablo Sánchez, por el criterio y el despliegue de Messera, por el quite y la marca de Herrón. Ellos, los cuatro volantes vestidos de azul y amarillo, eran los cómodos patrones de la zona central. Tic, tac, tic, tac… La redonda iba de acá para allá, pero siempre en los pies rosarinos. Pero, ya fue dicho, el cuadro de Russo tenía un problema central: la puntada final. Y no lo pudo re solver. Merodeaba el área adversaria, buscaba por adentro y por afuera, pero los resultados siempre eran negativos. Por el apuro del chico Herrera —se pasaba de revoluciones—, por la escasa participación de Claudio González.
¿Y River en qué andaba? A contramano del fútbol, una vez más. Con escaso volumen de juego y, por obvia consecuencia, con arribos a las cercanías de Gaona con cuentagotas. Ludueña, muy errático en las cesiones, se equivocaba más de lo que participaba. Domínguez no encontraba el lugar adecuado. El resto estaba más para interrumpir y cortar que para crear. ¿Cavenaghi? Su mundo es el área y ahí estaba, encerrado entre Leonforte y Talamonti. Pero es Cavenaghi… Cuando se iba la primera parte, el Chori desbordó por la izquierda y lanzó el centro fuerte. Gaona la desvió a medias. Ludueña (lo más productivo que hizo) la recuperó por la derecha, desniveló a Talamonti y la cruzó al medio. ¿Quién estaba esperándola? Cavenaghi… ¿Qué significa eso? Gol…
Pese a la ventaja, River salió dormido en el segundo tiempo. Y Central lo aprovechó pronto. Con toda la defensa local parada, mirando cómo Ezequiel González ejecutaba rápido un tiro libre, Vitamina desbordó por la izquierda y Ameli la estrelló contra su arco. Empate. Y Messera, enseguida, se perdió aquella posibilidad ya relatada. Era, de nuevo, la hora de Central. Pero la dejó pasar…
Pellegrini acertó con los cambios de nombres (Luis González por Ludueña y Darío Husain por Barrado) y de posiciones (Lucho como “8” y Domínguez de enganche), y River disfrutó de una porción de fútbol. A la media hora, el Chori capturó un rebote (con Gaona fuera de escena), gambeteó a Leonforte y la clavó con zurda, arriba. Después pudo aumentar Husain. Y del otro lado, Herrera, debajo de los tres palos, no logró empujarla.
Final. A esa altura, no se conocía la derrota de Boca en Rosario. Un par de horas después, un viejo hincha de River maldecía: “Mirá si le hubiésemos ganado a San Lorenzo…”
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