RIVER CAMPEÓN
La inmensa celebración popular tapó todo. Fue más que todo. Más que el pobre espectáculo que se vio sobre el verde césped. Más que ese primer tiempo donde, al menos, River se puso el traje que mejor le queda, el de protagonista, y se fue al descanso con un incuestionable uno a cero. Más que ese impresentable complemento, cuando River, con el título en el bolsillo, se olvidó de jugar, o no supo, o no quiso hacerlo, tanto que no pateó ni un tiro serio al arco ni —mucho menos— creó una sola situación de riesgo para Medrán. Más que esa misma segunda parte, cuando el humilde Rafaela buscó, intentó, se jugó la vida por el empate, pero no tuvo la más remota idea de cómo acceder al gol, hasta que el árbitro Claudio Martín —en otra paupérrima actuación— le regaló el penal de la salvación. Más que todas las individualidades juntas: Gallardo, Maxi López y Mascherano, en la mitad inicial; el cordobés Iván Juárez, protagonista esencial de la resurrección de Rafaela, en la última porción.
Por suerte para el fútbol, entonces, ese multitudinario y explosivo festejo de las cincuenta mil personas que llenaron el Monumental y desataron las voces de la victoria, tras el golpe del adiós copero, sirvieron para decorar con una impactante escenografía el domingo de River. El domingo de la 32 vuelta olímpica.
El River de Astrada —campeón en su primera experiencia como técnico— había ganado el Clausura muchos días antes, exactamente 41, cuando el 16 de mayo pisó fuerte en la Bombonera, terminó con el invicto de Boca y le quitó la punta para siempre. Aquella tarde significó la bisagra del campeonato, el paso clave del vencedor: River no suele resignar terreno cuando asume el liderazgo. Se entonó anímicamente, se otorgó la licencia de afrontar varias fechas (decisivas) con los suplentes, hasta se permitió obsequiar cuarenta y cinco minutos contra Talleres —que desembocaron en una derrota impensada—. Sin embargo, no se bajó nunca del primer escalón. Y lo de ayer fue casi un trámite, que se hizo aun más sencillo cuando llegó la noticia del gol de San Lorenzo a Boca. Faltaba la rúbrica, apenas.
A los 3 se lo perdió Maxi López, el hombre que se ganó el reconocimiento unánime. A los 10, fue Lucho González el que despilfarró una chance óptima. A los 15, otro derechazo de López se estrelló en la parte externa de la red. Si River pisaba el acelerador, Rafaela no sabía dónde estaba parado. Pero River se encendía de a ratos, no tenía regularidad ni insistencia. Igual quería, era más que un digno Rafaela, que salió a apretar en el sector medio —una línea de tres defensiva, cuatro en el medio, un enganche y dos delanteros—, que trató de suplir las diferentes potencialidades con sacrificio, con despliegue y con orden, pero que también evidenciaba sus debilidades, especialmente defensivas.
Cavenaghi, tras un toque exquisito de Gallardo, reventó el palo izquierdo. Enseguida, el pibe de O”Brien le pegó apurado y mal delante del arco. Hasta que a los 42, el propio Cavenaghi vio la entrada limpita de Gallardo y se la sirvió con justeza: derechazo imparable, abajo, desde fuera del área. Golazo. Pura justicia.
Cuando reanudaron, River no fue más River. No pasó la mitad de cancha. Fue absolutamente tibio e inofensivo. Y le entregó la pelota a Rafaela. ¡Qué problema para Rafaela!… Menos mal que entró Iván Juárez (¿por qué estaba en el banco?) y las hizo casi todas. Hasta fabricó —Nasuti no lo tocó— y ejecutó con certeza el penal inexistente que cobró el errático Martín. Rafaela se aseguraba la Promoción. Las suspicacias volvían a copar la escena.
Al ratito, se celebró a pleno alarido el cierre en el Nuevo Gasómetro. River campeón. Al fin de cuentas, una vieja y saludable costumbre…
Este contenido no está abierto a comentarios

