RIVER NO PUDO QUEBRAR A CHICAGO Y ESTUVO DOS VECES ABAJO EN EL MARCADOR
Parado entre la voluntad y la inoperancia. Decididamente a mitad de camino. Así quedó River en el arranque del Clausura, en este inicio del ciclo de Leonardo Astrada como técnico en los torneos de AFA. Ya había empatado, pero sin goles de por medio, en el debut copero, el miércoles en Venezuela. Y ayer, frente a un equipo que suele complicarle la vida, River volvió a repartir los puntos. Por más que quiso, que buscó, que insistió…
Y en realidad, el dos a dos con Nueva Chicago, quedó bien puesto. Porque cada uno aportó buenas y malas en la balanza. Cada uno, a su manera, exhibió argumentos saludables, y de los otros. De esos que, mejor, olvidar…
River empezó el campeonato con el mismo problema que cargó en la segunda parte de 2003: la falta de conducción. Por el traslado desprolijo, por los pelotazos, por el bajo nivel de Daniel Ludueña, por momentos River pareció mirar a Marcelo Gallardo, ubicado en un palco, y pedirle a gritos ¡volvé Muñeco!
Claro, un desempeño colectivo a media luz siempre suele ser un disparador para recordar a los ausentes. Pero más allá de Ariel Garcé o de Horacio Ameli; o más acá de Javier Mascherano, del Malevo Ferreyra, de Lucho González, o hasta del Matador Marcelo Salas que anduvo más afuera que adentro de las canchas desde que volvió; está claro que River sigue dependiendo, y mucho, de ese talentoso conductor que es Gallardo.
Es que sin brújula se complica demasiado el recorrido. Y encima ayer no se encendieron ni Coudet ni Montenegro. Y el pibe Rubens Sambueza resultó intrascendente. Entonces, el temperamento de Husain, de Nasuti, de Juan Fernández, ayudó para rellenar el vacío futbolero. Pero no alcanzó para establecer una diferencia notoria en el juego, con su consecuente correlato en el resultado.
De entrada, Germán Basualdo anuló a Ludueña. Además, Elvio Martínez le ganó la pulseada a Sambueza; Serrano tapó el medio como doble cinco junto a Basualdo; y Julián Kmet apareció más metido en el juego que Coudet. Por eso Chicago se adueñó de la pelota en el comienzo. Las respuestas de River eran vía Cavenaghi. Y el goleador, aún sin participar con asiduidad, mantenía en alerta al fondo de Chicago.
Pero fueron los de Mataderos los que gritaron primero con aquel tiro libre que ejecutó César González y que se desvió en Juan Fernández. Eran tiempos de rosas para Chicago. River no podía hacer pie. Era un manojo de confusiones el equipo del Jefe Astrada.
Pero Coudet cedió a Juan Fernández (un muy buen refuerzo para River), quien despachó el centro para que Cavenaghi, de cabeza, estampara la igualdad. Entonces Chicago perdió la pelota y toda la concentración que había tenido hasta ese momento. Y se levantó River.
De Olivera le ganó un mano a mano a Cavenaghi, por ejemplo. River empezó a merodear el área local, empujado por el orgullo. Con más ambiciones que ideas. Mientras tanto Chicago trataba de cambiar el aire y volver a atornillar las marcas. Tenía que dejar pasar la tormenta el equipo de Madelón.
Y cuando reanudaron se repitió la historia. Otra vez Chicago y la pelota, otra vez River y su ineficacia para manejar el partido. Por eso entró Cuevas y salió Ludueña. Montenegro fue unos metros atrás con la intención de poner en marcha el circuito ofensivo. Pero enseguida llegó el segundo de Chicago, el del cabezazo de Tilger, que estaba apenas adelantado cuando le tiró el centro Martínez. Y River, sin vuelo, sin claridad, salió de nuevo a remar.
Cuando Astrada puso a Sand por Sambueza, modificó el sistema. Quedaron tres atras, tres en el medio (Juan Fernández se corrió de lateral derecho a volante izquierdo), Montenegro de nexo, y tres adelante. No pasaba nada, entró Gabriel Pereyra por Coudet y en un nuevo centro perdió la pelota Jorge De Olivera, que hasta ese momento había salvado un par de veces a Chicago. José Sand entonces tomó la pelota y la mandó con furia al fondo del arco. Dos a dos.
Madelón, que no había hecho ninguna modificación, empezó a cambiar. Y así fueron entrando Norberto Fernández primero, Sanabria después y Carranza en el final. Cavenaghi metió un tiro libre en el travesaño. Y punto. Chicago, que tuvo en Leandro Testa al abanderado del despliegue, puso el alma y disimuló sus limitaciones. River, al no emerger con un juego distinguido, también aportó su cuota de voluntad. Por eso quedaron a mano. Por eso no hubo quien pudiera vencer.
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