RIVER PASEÓ SU PODER DE GOL POR LANÚS Y SE QUEDÓ CON LA PUNTA.
Si lo conseguido con esfuerzo se disfruta el doble, debe estar viviendo horas de éxtasis este River que saltó a la punta y que, a sólo tres capítulos del final, consiguió un punto de luz que analizando fixtures, agendas, individualidades y estados de ánimo bien puede resultarle suficiente. Horas de éxtasis por lo obtenido en Lanús —dándole de paso un golpe de nocaut a su relación con un escenario maldito—, pero también de autocrítica por un desenlace que pudo y debió haber evitado, y de alivio después de sufrir con ese cierre dramático, revelador de que el maravilloso juego del fútbol siempre tiene guardada una carta sorprendente.
River se llevó al cabo un encuentro emotivo y plagado de aciertos y de errores, de los sutiles y de los conceptuales. Y se lo llevó sin objeciones, por más que la imagen del final entregara un equipo nervioso, aturdido, esperando la campana final, ante otro lanzado de golpe en busca de un empate heroico empujado por su gente pero eligiendo ser audaz demasiado tarde.
Es que de entrada, cuando los equipos se ubicaron en la cancha para el arranque, quedó en evidencia la diferencia de potenciales. Pero más que eso, quedó en claro una diferencia de actitudes y de pretensiones que signaría el partido. O por lo menos buena parte de él. River, conocedor del paso en falso de Boca, plantado de cara al arquero Flores. El híperrespetuoso Lanús de Sosa, con una línea de cinco defensores, secundada por dos entusiastas volantes de marca, un volante lanzador, un mediapunta y un solo delantero.
La primera estocada fue de Lanús, que a los 5 ganaba 1-0 porque una especie de centro de García encontró a Rodrigo Díaz atento y a media defensa de River acaso preparada para disfrutar del toque de sus compañeros de adelante. Y cuando River se repuso de la sorpresa e igualó a través de Cavenaghi —recibió de Pereyra y necesitó dos tiros para hacer un gol—, Lanús golpeó de nuevo: una salida en falso de Ameli derivó en Benítez, cuyo zurdazo se desvió en Garcé y tomó descolocado a Costanzo. Era curioso: el equipo diagramado para defender y contraatacar ganaba 2-1 en 20 minutos. El generoso, el vistoso, el favorito, tenía que empezar de nuevo.
Y acaso suene extraño, pero una cosa era la sucesión de jugadas convertidas en gol y otra, bien distinta, la clave del partido. River ganaba la pelea por la pelota, la tenía más y la administraba mejor. Y hasta llegaba en mayor proporción. A los 26, Martín vio penal contra Fuertes y el delantero erró el tiro penal. A los 38 empató Fuertes tras combinar con González. Y a los 41, el, propio González recibió de D’Alessandro para desequilibrar. El final, con el capitán de River jugando y haciendo jugar a su equipo (tiro libre en el palo incluido), dejó la sensación de que al partido le sobrarían 45 minutos. Sólo era cuestión de proponérselo. Con Ludueña (pedido por la gente) en lugar del lesionado Coudet, con Pereyra patrón del medio, Lucho desdoblado en la recuperación y la creación y dos delanteros punzantes, la suerte de Lanús parecía echada.
Pero no. Chiche Sosa, viejo zorro, advirtió que tantos recaudos eran —serían— inútiles: allí fue Bustos Montoya, al comenzar el segundo tiempo, para que Lanús buscara el empate con tres delanteros. A los dos minutos, un cabezazo de Fuertes (centro de D’Alessandro con la derecha) puso el 4-2. Ahora más que nunca, partido terminado. El ingreso de Hugo Morales a los 12, también pedido por la gente, se pareció a una muestra de voluntarismo: aun permeable en el sector derecho de su defensa, River invitaba al ole de su poblada tribuna y coleccionaba situaciones. Un zurdazo de Ludueña que atajó Flores, otro derechazo del Hachita afuera, una salvada de Galván ante Cavenaghi, la sobria presencia de Pereyra, la lujosa conducción de D’Alessandro, el ida y vuelta de González, y seguían las firmas…
Hasta que acertó Lanús en una enorme jugada de Bustos Montoya por izquierda que definió Morales. Y un impensado dramatismo invadió la escena. Quedaban diez minutos para que el local, apostando al fútbol guardado en el banco, fuera por el empate. Contestó River con un remate de emboquillada de Cavenaghi y un cabezazo de Fuertes que encontraron travesaño y palo. Y sólo un grosero error del árbitro, que expulsó a Morales y cambió aliento por insultos, detuvo el impulso final de Lanús. Lujoso, maduro, algo sobrador después, aguantando al final: así ganó River. Así se trepó a la punta. Y por todo eso, por jugarlo y por sufrirlo, lo debe estar festejando tanto.
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