RIVER SE TREPÓ A LA GLORIA Y BOCA CAYÓ AL VACÍO MÁS PROFUNDO
Según la norma simplista que identifica al Superclásico, el que gana es Dios y el que pierde, Satanás. O Gardel y los guitarristas. Y no hay discusión posible. Poco les importa a los involucrados —y los involucrados son una porción mayoritaria de la afición futbolera— lo que ocurrió en el desarrollo del partido. Entonces, ganó River y subió a la gloria. Perdió Boca y descendió al infierno. Y en el camino hasta sacrificó la permanencia de Miguel Brindisi, el entrenador, quien renunció tras el final. Así es de cruda la realidad. Siempre lo fue, pero más ahora en los tiempos del exitismo descarnado. Y no sólo festeja este triunfo la gente de River, sino que lo toma como envión para pelear por el título del Apertura, algo que parecía improbable después de sus tres derrotas. Porque una victoria de éstas es expansiva. Calma los nervios, disimula errores, aumenta las ambiciones.
La conclusión está: ríe River y llora Boca. Pero las preguntas son inevitables: ¿merecieron el triunfo los locales? Sí. Porque era un enfrentamiento de alta tensión, de nervios, de temores e imprecisiones y aparecía claro un viejo axioma del fútbol: el que hace el gol, gana. Y ocurrió. Hasta con yapa. Porque después del gol de Gastón La Gata Fernández, cuando Boca entró en la desesperación y el desorden en la búsqueda de la igualdad, Nelsón Pipino Cuevas —en un contraataque, sobre la hora— anotó el segundo y le dio al resultado un rasgo de contundencia que no se había vislumbrado en el desarrollo del juego. Y resultó curioso que los dos goleadores hubieran salido del banco de suplentes.
El primer tiempo fue casi una ofensa a la dignidad del fútbol. En realidad, River y Boca respondieron entonces con la mediocridad de sus actualidades. La pelota iba de un lado para otro (muchas veces hacia afuera de la cancha) sin pudores en pugna. Sólo una maniobra elaborada montaron los locales. El remate final de Zapata se fue desviado por poco. Y, además, hubo una infracción de Cascini sobre Maxi López casi sobre la línea del área que desperdició Gallardo en la ejecución del tiro libre. ¿Y Boca? Apenas los cabezazos de Palermo (ganó todos), aunque pocos en el área. Tevez —siempre marcado por dos— caía en el individualismo obsesivo. Lo demás fue un concierto de roces. Cuando Gastón Fernández reemplazó al disminuido Salas (¿jugó sólo porque pidió hacerlo?), River tomó algo más de dinámica.
El momento de Boca duró diez minutos, los primeros del complemento. Cardozo, primero, desperdició una oportunidad clave (quiso cruzar la pelota en lugar de patear al arco cuando estaba muy cerca) y luego Tevez, en la única jugada con su sello de habilidad, la llevó de cabeza y metió un disparo que se fue rozando el palo derecho del arco de Costanzo. Y la paradoja quiso que tres minutos después River —en su primera llegada— abriera el marcador. Un tiro libre de Gallardo fue rechazado por Schiavi, empalmó Lucho González hacia el arco, pero la pelota le cayó a Fernández quien, tras dominarla, la tocó de cachetada al gol.
El impacto fue grande. Porque parecía no estar el gol en el horizonte. Entonces, Boca se sumergió en el desconcierto. Brindisi lo hizo ingresar primero a Guillermo y luego a Cagna (dos averiados) por Ledesma y por Guglielminpietro. Buscó mayor ofensiva, claro. Pero la suerte quedó sellada. No alcanzaba la voluntad de Palermo. No podía Cardozo por la izquierda. No sorprendían los laterales. River se metió en su campo para apostar al contraataque y algunas apariciones de La Gata inquietaron más que toda la presión de Boca. Y entró Cuevas por Maxi, para refrescar las respuestas. En una de esas llegó el segundo. Abbondanzieri, adelantado, desvió un remate de Fernández. Cuevas picó largo y llegó. El Pato lo tapó, pero se pasó. Siguió Cuevas y la empujó.
Fue entonces cuando River subió a la gloria y Boca cayó al vacío. Y Brindisi pagó el precio.
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