RIVER SIGUE ARRIBA, PERO CADA VEZ DEJA MÁS DUDAS
Leonardo Astrada suele ejercitar una autocrítica pública profunda, a veces dura, casi siempre muy cercana a la realidad, en una actitud que no cuenta —lamentablemente— con demasiados imitadores entre sus colegas. Después del muy opaco éxito ante Racing, hace dos semanas, el técnico de River disparó sin anestesia: “Así será difícil conseguir lo que queremos.” Todo un hallazgo y un acto de sinceramiento casi brutal: porque lo dijo luego de un festejado triunfo en un clásico y porque pintó fielmente el presente dubitativo e irregular de su equipo, el campeón del fútbol argentino. La autocrítica de Astrada vale, y mucho. Pero los días pasan y, aunque a grandes rasgos los resultados le siguen sonriendo —pese a este gris empate, ahora lleva dos puntos de ventaja por la derrota de Boca y refuerza su condición de líder solitario—, River cada vez juega peor. Es decir: la autocrítica que el DT les traslada a sus hombres no se ve reflejada en la cancha. No hay evoluciones; sí hay dudas y carencias que se agigantan. O los jugadores no entienden lo que quiere Astrada, o el entrenador no cuenta con los intérpretes adecuados para su proyecto. O esos intérpretes —también es factible— se encuentran muy lejos de sus rendimientos ideales. O Astrada no encuentra la mejor formación. Lo cierto es que River se debate entre lo que propone —siempre audaz, eso está claro— y lo que realmente entrega, que por estos tiempos es realmente escaso y muchas veces paupérrimo. Si algún desprevenido hubiera llegado al Monumental ayer a las cuatro de la tarde, de ninguna manera hubiese creído que ese equipo que estaba dando lástima frente a un Newell’s infinitamente superior era (es) el puntero del campeonato… Vaya nivel del campeonato, se podría agregar.
¿Qué le faltó a River en su pobrísimo primer tiempo? Todo esto: 1) seguridad defensiva; 2) dominio de la pelota (Newell’s hizo lo que quiso con ella); 3) precisión en el manejo; 4) sorpresa y cambio de ritmo; 5) volumen de juego; 6) desequilibrio colectivo e individual de tres cuartos en adelante; 7) regularidad; 8) contundencia. Demasiadas cosas como para pretender construir una buena actuación… Y hubo cosas inentendibles. Por ejemplo, ésta que es responsabilidad de Astrada: ¿por qué incluyó a Patiño como volante por izquierda si su perfil justamente es el contrario? Jairo siempre se vio obligado a enganchar para adentro, buscando su lado derecho, y terminó haciendo todo mal. O casi.
Lo de Newell’s fue la contracara: el equipo de Gallego redondeó 45 minutos cercanos a la perfección. Con una ventaja importante y tranquilizadora —el gol de Capria tan rápido—, es verdad, pero con una seguridad, un manejo, una velocidad y unas intenciones —toque, triangulación, búsqueda por todos los sectores— que sirvieron para promover el admirado ole de su poblada tribuna y el respeto de las bandejas de enfrente. En esa etapa de apertura si algún defecto tuvo Newell’s fue perdonarle la vida a un River que se parecía a una sombra.
Cuando reanudaron, la historia cambió. Porque River empató enseguida (penal dudoso de Marino a Pereyra y ejecución precisa de Gallardo) y porque Newell’s no fue el mismo. Ni cuando se quedó con diez (roja a Capria por doble amarilla), ni cuando se emparejaron en número (expulsión de Gandolfi por la misma circunstancia), ni cuando pasó a disponer de un jugador más (se fue Méndez por un golpe a Vella). Y River creció: por Pereyra (el mejor), por Gallardo (más metido), por Cuevas (reemplazó a Barzola y fue el desnivel que se pedía a gritos). Pero, al cabo, los dos, cada uno a su turno, cometieron el mismo pecado: no tuvieron determinación para ganar.
Penta puso el 2-1. Y Cuevas rubricó el 2-2 con un zapatazo. Newell’s, seguro, se fue conforme. ¿River? Con la punta, sí… Pero con la necesidad urgente de que la autocrítica haga efectos…
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