RIVER: TODO EL DOLOR SE REFLEJÓ EN LA INTIMIDAD
El festejo de Boca llenó de silencios al, hasta ahí, desbordado Monumental. El gol de Carlos Tevez primero, el penal atajado por Roberto Abbondanzieri a Maximiliano López después, y el penal convertido por Javier Villarreal por último, callaron todo. Y esos 80 metros desde la mitad de la cancha —donde los jugadores de River miraron la ejecución de los penales— hasta la parte de atrás del vestuario Angel Labruna, parecieron interminables.
Uno a uno fueron llegando todos. La mayoría masticando un fastidio casi inigualable, algunos con lágrimas en los ojos y otros llorando desconsoladamente. Fue ahí cuando Leonardo Astrada se paró delante de ellos como lo había hecho en otras ocasiones post-partido y como lo viene haciendo desde hace seis meses, y les habló de desilusión. De bronca cierta, pero no de fracaso.
El DT habló delante de sus jugadores y utilizó casi las mismas palabras que eligió para referirse en la conferencia de prensa después del partido. Es decir: no tuvo un mensaje público y otro en la intimidad como suele darse en este tipo de eliminaciones cuando el entrenador de turno da un mensaje a la gente pero después se queja delante de sus dirigidos. En este caso Astrada enfrentó a los periodistas con frases parecidas a las que había dicho delante de sus dirigidos.
Pero el entrenador mostró otra faceta después de la eliminación. Y al primero que consoló fue a Rubens Sambueza. Porque el pibe no se perdonaba la expulsión mientras repetía una y otra vez que no había insultado al juez asistente Gilberto Taddeo. Pero al que no hubo como despegarlo del llanto fue a López. El delantero casi no paró de llorar dentro de esas paredes íntimas. Es más, dejó el Monumental pasada la 1 y con los ojos hinchados, cuando el vestuario estaba en penumbras: “Mirá, lo que peleó este pibe para volver a ganarse la confianza de Astrada fue tremendo. La eliminación duele y más bien que iba a doler cualquiera hubiera sido el que erraba el penal, pero molesta más porque Maxi es de los más queridos”, le contó un dirigente a Clarín en las primeras horas de ayer…
“No se confundan con lo que puedan escuchar de otros. Estuvimos a un sólo penal de dar vuelta ésto y de pasar nosotros a la final de la Copa. Ahora debemos ganar el Clausura para apagar un poco esta bronca. No es igual. Pero nuestro compromiso es ganar el torneo que nos queda porque esto es River. Y el camino elegido es éste”, fueron en general los dichos de Astrada.
En un costado, de frente a Astrada, además de Sambueza y López, Claudio Husain y Horacio Ameli no contuvieron las lágrimas. Quizá por el espíritu de caudillo de ambos y sobre todo por saberse a apenas un penal de distancia de Boca… Más allá, Luis González, que hizo un partidazo, y Cristian Nasuti, que mostró toda su personalidad pese a su escasa experiencia, no podían dejar de lamentarse.
Para completar el cuadro y la bronca Ricardo Rojas andaba a los saltos en una pierna y con la rodilla izquierda llena de hielo para parar la inflamación que le produjo la rotura de ligamentos cruzados que sufrió. Y Ameli caminaba rengueando porque se desgarró en una jugada apenas empezó el primer tiempo pero no dejó la cancha hasta los 19 minutos y cuando ya no podía más.
Y en el mismo orden andaba el presidente José María Aguilar, con el rostro casi desencajado por lo sufrido en las últimas dos semanas reforzado por lo del jueves a la noche. Y por entender que el equipo había estado cerquita, bien cerca de dejar afuera a Boca.
Porque en todo River saben que la oportunidad era la de antes de ayer. Que la Copa Intercontinental ya no se jugará más con el formato actual, que ahora habrá Mundial de clubes. Y que las semifinales de esta Copa Libertadores eran ideales para pasar el estigma Boca.
Los jugadores fueron dejando el vestuario ya pasada la medianoche. La mayoría prefirió no hablar. Solo Nasuti y Sambueza —desde su frescura y pese a que entre los dos no llegan a los 40 partidos en Primera— se animaron a decir un par de palabras frente a los periodistas. Los más grandes optaron por el silencio. Pero antes, en el vestuario, habían acordado ganar el Clausura. No como premio consuelo sino como una pequeña retribución para la gente que había llenado el Monumental y confiado en ellos a muerte.
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