RIVER Y EL REAL MADRID PARA HOMENAJEAR A DI STEFANO
Santiago Hernán Solari es un tipo sensible, que mamó el fútbol desde la cuna y conoce perfectamente el valor de los mitos y el respeto a las leyendas. Así que a nadie debería extrañarle que en pleno homenaje a un gigante como Don Alfredo Di Stéfano, inventara una jugada descomunal. Fue a los 8 del segundo tiempo: entró al área por la derecha, desparramó al colombiano Virviescas con un taco, enganchó hacia adentro ante el cruce de Fernando Crosa y definió de zurda, arriba, ante el achique desesperado de Costanzo y Ameli.
El golazo sirvió para abrir la clara victoria del Real sobre River, un 3-1 inapelable que le permitió quedarse con el trofeo Santiago Bernabeu y brindar a la Saeta Rubia el reconocimiento por sus 50 años en el club madrileño. Pero valió también para rubricar una gran noche del Indiecito, elegido con absoluta justicia el mejor jugador de la cancha por los periodistas presentes en el estadio.
Solari, un riverplatense tan ferviente que en el entretiempo se acercó a la tribuna donde se agrupaban los hinchas más ruidosos del equipo de Núñez para señalarles con gestos elocuentes que llevaba la banda roja sobre el pecho, jugó como si en realidad el rival fuese Boca. Muy motivado desde el arranque, la pidió siempre, se ofreció para la descarga, ayudó en la recuperación y buscó el arco con ahínco. Lo encontró tres veces: dos rebotaron en los palos, un cabezazo algo pifiado a los 15 del período inicial (centro de David Beckham) y un zurdazo casi sin ángulo a los 17 del segundo, y la tercera fue el gol que no festejó.
Lo suyo fue tan bueno que eclipsó por completo la parte del firmamento galáctico que pisó el Bernabeu. Porque no estuvieron todos. Carlos Queiroz, el técnico del Real, se dejó en casa a Raúl, Ronaldo y Figo; quitó en el entretiempo a Zidane y Roberto Carlos; e incluso antes a Beckham, hasta ahí el más destacado. Lo malo para River es que cuando el Indiecito quedó al mando de la nave llegaron los goles y la derrota, lo que deja una mala lectura, para el equipo de Pellegrini y el fútbol argentino en general.
Porque no fueron los cracks quienes decidieron el choque sino los pibes del Madrid que entraron en el complemento. Esos mocosos que, aprovechando que Guillermo Pereyra y Coudet se quedaron en la ducha en el descanso, se hicieron dueños del mediocampo y comandados por Solari y Guti le pintaron la cara durante un buen rato al River de Cavenaghi, Lucho González y Rolfi Montenegro.
Lo cierto es que hasta el 45, el conjunto argentino había aguantado sin muchos apuros el desafío. Bien predispuesto para juntarse y tocar dirigido por la batuta de Ludueña cuando manejaba la pelota, y retroceder achicando cuando la perdía, River se movía con placidez y hasta mostraba cierta peligrosidad arriba con algún zarpazo de Cavenaghi y la movilidad de Domínguez.
Pero el Ingeniero, tal vez amodorrado por el ritmo cansino del encuentro (la veintena de infracciones cobradas demuestran la escasa tensión), movió la estructura, y le salió mal. River perdió la pelota y, para colmo, la defensa volvió a mostrarse demasiado endeble: no tuvo firmeza por afuera y mucho menos por arriba, método elegido por Portillo para meter dos cabezazos goleadores que liquidaron el pleito a 20 minutos del final.
El descuento de Lucho González a los 33 quiso recordar que también River quería rendir tributo a Alfredo Di Stéfano. Aunque por entonces, el partido ya era un carrusel de cambios, y sólo Santiago Solari seguía metiendo y jugando como al principio. No es de extrañar: los tipos sensibles saben perfectamente que, en el fútbol, los homenajes deben durar por lo menos 90 minutos.
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