ROBERTO FONTANARROSA: HUMOR QUE SUBE A ESCENA
Roberto Fontanarrosa dice que no sabe cuántos son, pero sí que son muchos los formularios que cada mes le envía por fax Argentores para que autorice a gente de teatro de todo el país a que represente versiones escénicas de sus cuentos. Tantos son, los formularios, que lo han convertido en el protagonista de un hecho singular: el humorista rosarino, que tiene talento para el cuento pero no escribe piezas dramáticas, que se apasiona por el cine pero siente por el teatro una especie de respetuosa indiferencia, es uno de los autores cuya obra se representa con mayor asiduidad en los escenarios del país. De hecho, actualmente, sólo en Buenos Aires se pueden ver por lo menos cinco espectáculos diferentes basados en los textos del escritor y ya es habitual que sus cuentos sean llevados a escena en Uruguay y hasta en las islas Canarias.
Fontanarrosa no escribe para teatro pero, claro, a esta altura de su carrera está advertido de que parte del ambiente teatral sigue con atención su obra. “No se me escapa, a veces, el hecho de que el cuento que estoy escribiendo puede funcionar bien sobre un escenario -dice ,durante una de sus esporádicas visitas a Buenos Aires-. Sería medio ingenuo si no me diera cuenta de eso. Y también me resulta obvio que si un cuento transcurre en un portaaviones, en medio de una tormenta marina, difícilmente vaya a escena.”
Aparentemente más por generosidad (y algo de haraganería) que por afán de lucro, el creador de Inodoro Pereyra y de Boogie el Aceitoso le dice que sí a quien se le acerque a pedir permiso para adaptar sus textos a escena, sin poner condiciones. No averigua quiénes harán qué con cuáles de sus cuentos. No participa en la adaptación. No va, finalmente, a ver qué resultó del experimento la noche del estreno. “Autorizo a todos, abiertamente. Si no, tendría que ponerme en una actitud controladora que no quiero adoptar. No quiero tomarme ese trabajo. A veces hay gente que me llama, con mucho respeto, para invitarme a que supervise tal o cual adaptación y yo le digo: “¡No me hagás laburar!, hacé lo que se te cante”.” De allí que, especialmente en Buenos Aires y en Rosario, proliferen como hongos al pie del árbol obras teatrales que, en el mejor de los casos, se nutren del talento de Fontanarrosa y, en el peor, sólo buscan un pequeño lugar a la sombra de su popularidad. El telón se abre para puestas creativas o de vuelo corto, buenas u olvidables, tanto en teatros tradicionales de la avenida Corrientes como en salas minúsculas del circuito escénico periférico.
“La mayoría de los grupos de teatro que interpretan mis textos está integrada por amateurs o gente poco conocida -cuenta el autor-. Pero a mí me gusta esa cosa popular, medio improvisada, al estilo de las compañías de radioteatro que salían de gira por los pueblos. Además, no sé hasta qué punto la gente me echa la culpa a mí cuando va al teatro y ve un espectáculo que no le gusta basado en textos míos. Los que ponen la cara encima del escenario son los actores, ellos reciben el aplauso o el tomatazo. Y, en general, no voy a verlos porque no los conozco. Tal vez presto más atención cuando hay una propuesta ambiciosa, con nombres importantes, como la versión de Inodoro Pereyra que hace unos años hizo Manuel González Gil con Hugo Varela, o como “Aryentains”, ahora. Pero eso ocurre muy pocas veces. De todos modos, la adaptación teatral es una derivación gratificante de mi trabajo. Yo siempre les sugiero a directores y actores que llamen a esos espectáculos versiones libres. Eso me posibilita decir que lo bueno es mío y lo malo, de ellos”, ríe.
El hábito
Hay que decirlo: Fontanarrosa no es público de teatro. “Mi familia no tenía el hábito de ir al teatro. Cuando yo era chico, en la cartelera de la sección Espectáculos del diario La Capital aparecían todos los cines de Rosario (en esa época había más de treinta) y el espacio dedicado al teatro era ínfimo. (Ahora esa proporción se revirtió: cerraron casi todos los cines, como en otras partes del país, aparecieron salas de las grandes cadenas, y la oferta teatral superó ampliamente a la cinematográfica.)
“Yo tenía el hábito de ir al cine con mi vieja una vez por semana. No nos guiaba ningún sentido crítico. Ibamos a ver las tres películas que por lo general daban en función continuada: la de cowboys, la de guerra y la de risa. En cambio, no tuve el hábito de ir al teatro. No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui, por ejemplo. Por otra parte, siempre me molestaba la teatralidad del teatro, esa cosa exagerada, estentórea. Algo complicado, también, es el hecho de que en el teatro la conexión entre los actores y el público es mucho más fuerte que en el cine. Si en el cine te toca un bodrio, te levantás y te vas; en el teatro es más difícil hacer eso. Y creo que algunas obras de vanguardia que he visto, cuando empecé a ir al teatro, de esas en las que no entendés nada del principio al fin, me han espantado un poco. Además, en el teatro siento una tensión distinta de la que siento en el cine, porque en general voy cuando alguno de los actores es amigo mío. Entonces estoy en la platea sufriendo por el tipo: que no se olvide la letra, que no se vaya a tropezar con una silla. Sólo cuando veo que se siente seguro empiezo a disfrutar.”
Cine, también
Los cuentos de Fontanarrosa son más cinematográficos que teatrales. Sin embargo, ninguno fue adaptado al cine, al menos hasta ahora. “Es cierto: en mis textos casi todo es diálogo y acción. Todos los historietistas somos fanáticos del cine; la historieta, en definitiva, es un storyboard . Ha habido varios intentos de adaptar mis cuentos al cine, incluso de hacer con ellos programas unitarios de televisión, pero fracasaron. En una oportunidad me pidieron que me pusiera a trabajar en un guión. Pero hacer un guión por ahí te insume un año, y no hay ninguna certeza de que después vaya a ser filmado. Como se me había ocurrido una historia, mi propuesta fue escribir el texto. Si con eso después se podía hacer la película, bien; si no, por lo menos me quedaba el libro. Así nació la novela “La gansada”. El film nunca se hizo.”
Ahora Fontanarrosa trabaja con Rodrigo Grande, el director de “Rosarigasinos”, para llevar al cine su cuento “Cuestión de principios”, con la actuación de Federico Luppi. “La historia muestra lo que ocurre cuando una persona adopta posturas principistas respecto de un hecho mínimo, y se producen situaciones cada vez más complicadas a partir de una pavada -explica-. El proyecto me entusiasma, y ya hay algunos productores interesados.”
Fontanarrosa conoce a Luppi desde hace años, y recientemente estuvo con él en Madrid, hablando del posible film. El autor llegó a la capital española desde las Islas Canarias, donde hace ya tres años que un argentino pone en escena una serie de monólogos basados en textos de Fontanarrosa. “El espectáculo funciona bien y me provoca satisfacción que el tipo pueda ganarse la vida a partir de algo que yo generé -reconoce el rosarino-. Adapta un poco el vocabulario, especialmente porque mis cuentos ambientados en bares tienen un lenguaje exageradamente argentino. Pero, por otra parte, hay tanto compatriota en España que a los españoles ya no les resulta demasiado extraña nuestra forma de hablar. Además, creo que la situación de dos tipos hablando de minas en un bar es un tema universal.”
Las anécdotas que circulan por las mesas de los bares, entre café y cigarrillo, en ese pequeño mundo cerrado, hecho de complicidades masculinas, son la principal materia prima de la narrativa de Fontanarrosa. “Me parece que el hábito de la tertulia en los bares es español más que italiano, porque en Italia lo que se ve mucho son esos bares al paso, donde la gente toma el café parada, algo que me parece un espanto. Creo que heredé esa cultura del bar y de los amigos de mi viejo. El había sido jugador y luego técnico de basquet, así que era un tipo de ir al club y quedarse allí a comer con los amigos. Yo ya no recuerdo cuándo fui al bar por primera vez y cómo se empezó a armar lo que en definitiva ahora es la autodenominada mesa de los galanes.” Son unos quince los galanes de Rosario, cuenta Fontanarrosa, y agrega que, con el correr de los años, la composición de la mesa sufrió cambios, renovaciones, deserciones. Incluso decesos. “No están todos cada día, pero uno tiene la tranquilidad de que sabe que si va al café, encontrará a alguien. Para mí es un programa muy lindo.”
Fontanarrosa tiene un oído privilegiado para la escritura, que le permite descubrir la gracia oculta en los lugares comunes del lenguaje coloquial y exponerla bajo una luz nueva en títulos como “Usted no me lo va a creer”, “Te digo más…”, “El mundo ha vivido equivocado” o “Uno nunca sabe”. “Cuando termino de trabajar voy al bar con la intención de “desenchufarme”. Todos hablan del ocio creativo, pero yo me paso ocho horas por día tratando de hacer algo creativo como para que, además, se me ocurra ir al café a sacarle provecho, con un criterio de eficientismo yuppie . Aun así, es cierto que uno siempre está atento a lo que ocurre alrededor. Y a veces la gente te cuenta cosas que pueden servir para escribir un cuento, o en ocasiones me digo que determinado personaje va a hablar como tal o cual amigo mío. Y con el paso del tiempo he ido incorporando naturalmente formas de hablar. Es como una música que uno llega a ser capaz de transcribir. A mí, por ejemplo, me gusta mucho recrear la forma de hablar del fútbol no profesional, esa cosa de los muchachos que se juntan antes de empezar a jugar.”
Los amigos, el fútbol, Rosario
La entrevista transcurre, precisamente, en un bar, a media cuadra del hotel donde, desde hace diez años, Fontanarrosa se aloja cada vez que viene a Buenos Aires. El escritor no tiene casa en la ciudad. Pasa aquí sólo un par de días al mes, que aprovecha para tratar de cumplir con todos sus compromisos porteños, y se vuelve a Santa Fe, a disfrutar del trabajo, los amigos, el fútbol y Rosario. Un hombre de placeres sencillos. “¿Sabés qué pasa? Soy un tipo exageradamente atado a los hábitos y las rutinas. Los sábados voy a jugar al fútbol con un grupo de amigos y es un programa que me resulta muy difícil reemplazar, a pesar de que es casi desmesurado decir que juego al fútbol: voy, corro un ratito, grito, tomo sol, ese tipo de cosas… Y la cuestión de ir a la cancha a ver a Rosario Central también es importante. Además, y a pesar de que creció, Rosario conserva cierto aire de club. Hace quince años, cuando tomaba allí el avión a Buenos Aires, conocía al noventa por ciento de la gente que viajaba. Ahora, eso se ha ido perdiendo.”
“Pero cuando estoy fuera de Rosario me pasan cosas ridículas. Una vez estaba sentado en la rambla de Barcelona, viendo pasar a cientos de personas y me preguntaba: ¿cómo es posible que no conozca a nadie? O entraba en un restaurante y me ponía a mirar si había algún conocido, que es lo que hago cuando entro en los restaurantes de Rosario. En otra oportunidad, yo estaba comiendo en un bar, en Pasadena, pasó un auto, tocó bocina, y me di vuelta como si estuviera en un bar de Rosario, ¿te das cuenta? Después me dije: “Pero qué tarado, ¿quién me a conocer acá, en Pasadena?”
“Nunca he vivido mucho tiempo fuera de Rosario, y ni se me cruza por la cabeza la idea de mudarme de ciudad. He salido de viaje, pero sabiendo que regreso. Y siempre vuelvo muy contento a Rosario: allí es donde mejor la paso.”
En cartel
“Aryentains”: con Daniel Aráoz, Coco Sily, Jean-Pierre Noher y Roly Serrano. Adaptación del libro “Usted no me lo va a creer”: Daniel Veronelli. Dirección: Lía Jelín.Teatro Picadilly (Corrientes 1524).
“El humor de Fontanarrosa”: con Ricardo Morán y Carlos Bacchi. Dirección: Nito Artaza. Teatro Metropolitan (Corrientes 1343).
“Rodajas de amor”: con Gabriel Fernández, Héctor Leza y Victoria Troncoso. Adaptación y dirección: Gabriel Fernández. La Sodería (Vidal 2549).
“Sueño de barrio”: con Jerónimo Valentini, Pablo Boghosoglouyan, Silvia Fernández, Osvaldo Casal, Miguel Angel Comerci, Alberto Lobo, Lara Nairi e Ivana Repetto. Dirección: Martín Vives. Centro Creativo Cabildo (Cabildo 4740).
“Uno nunca sabe”: con el Dúo Trasnocha2. Los sábados en Cibercafé-pub Nautilus (Esmeralda 1122) y los domingos en el centro cultural Las Mil y Un Artes (Medrano 645).
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