ROSARIO OBSERVÓ QUE EL RACISMO NO ES SÓLO UN PROBLEMA EUROPEO
“No al racismo” fue el eslogan que embanderó al Mundial de fútbol de Alemania que culminó ayer con la alegría italiana. Paradójicamente, pocos días después de que el capitán de la selección argentina, Juan Pablo Sorín, pronunciara sobre el pasto del estadio berlinés un discurso contra esta plaga moderna, aquí en Rosario sucedieron dos hechos de marcada discriminación. Acontecimientos que demostraron que el racismo no es una cuestión que sucede allá lejos, cruzando el Atlántico, en Europa, sino que está a la vuelta de la esquina.
Los jugadores argentinos mostraron ante el mundo una pancarta donde se leía “Say no to racism” (Di no al racismo), y Sorín habló de desterrar la discriminación, pero a la mañana siguiente apareció la fachada de la escuela Goethe Rosario, popularmente conocida como Colegio Alemán (España al 400), pintada con esvásticas y frases ofensivas contra ese país. Y a menos de terminar la semana, el viernes pasado, efectivos de la policía desalojaron con golpes y al grito de “negro de mierda” a un refugiado liberiano que trabajaba de vendedor ambulante en la zona céntrica.
Tal vez le llegó a los rosarinos la hora de reflexionar sobre cuál es su postura frente a quien tiene otro color de piel, otra ascendencia, habla otro idioma o practica otra religión. De hecho aquí se califica a las personas con apodos despectivos como “negros villeros”, “bolitas”, “paraguas” o “tobas”, cuando este último no debería más que nombrar a una población aborigen. Muchos se llenan la boca de palabras contra la discriminación cuando, todos los días, miles de ciudadanos miran con indiferencia a un niño rumano que canta una canción y pide unas monedas en la peatonal, o se cruza de vereda cuando ve a familias enteras revolviendo la basura.
“El racismo existe en nuestra provincia y en todo el país”, afirmó Alfredo Vivono, subsecretario de Derechos Humanos de la provincia. Explicó que es un problema cultural: “No es únicamente de los nazis, también se es racista cuando no se deja entrar a un boliche a una persona por su cara, cuando faltan los accesos para los discapacitados o cuando en la calle escuchamos palabrotas contra los judíos o los negros”. El funcionario subrayó la necesidad de “trabajar mucho para erradicar la discriminación”.
Quizás lo bueno sea que el caso de Isaac Cuesi -el exiliado liberiano que llegó a la Argentina en busca de un refugio donde vivir en paz- despertó la conciencia de los gobernantes y de instituciones intermedias para tomar cartas en el asunto. Fue concretamente así, porque el tema inquietó hasta al propio gobernador Jorge Obeid quien recibirá hoy en la sede de Gobernación, a las 15, a Isaac y a su compañero Steve Amaku, un ghanés que lleva siete años en el país.
Asimismo hoy, a las 11, los refugiados presentarán una declaración formal en las oficinas de la Secretaría de Derechos Humanos, donde se asistirá a los inmigrantes africanos en la cuestión legal para que la Dirección Nacional de Migraciones les otorgue de una vez por todas los papeles de residencia. También se le brindará apoyo psicológico a Cuesi, quien quedó sin habla, como consecuencia del maltrato padecido.
CON CONTUNDENCIA
Desde la Oficina de Derechos Humanos de la Municipalidad, Rubén Chababo señaló que “el fenómeno del racismo hay que atacarlo con contundencia, porque evidentemente tenemos componentes xenófobos y nos cuesta ver al otro como diferente, llámese toba, peruano o paraguayo”.
Isaac Cuesi llegó a la Argentina inspirado en la imagen positiva, pero poco real, que le transmitieron los jugadores de fútbol. Cuesi pensó que si “Maradona, Batistuta y Saviola son argentinos, ¿cómo no va ser lindo vivir ahí?”. Así se embarcó en la quilla de un barco y viajó durante 20 días para llegar a este país que veía con esperanza, dejando atrás a su familia y a su tierra natal azotada por las guerras y el hambre. Pero luego de los sucesos acaecidos el viernes pasado, a sólo ochos meses de residir en Rosario, Cuesi cambió su discurso y dijo claramente: “No quiero vivir en Argentina porque hay racismo” y lo experimentó en carne propia. Y esto no sólo porque fue desalojado de su puesto de vendedor ambulante o, y sobre todo, por el trato que recibió cuando personal de la Guardia Urbana Municipal (GUM) pretendió sacarle el paraguas que a la manera de mostrador exhibía su mercadería. Ante esto el joven se resistió golpeando una olla con una cuchara reclamando que lo legalicen. Pero mayúscula fue su sorpresa cuando ante su reclamo, más de diez policías “lo esposaron, le pegaron patadas mientras le decían negro de mierda”, según manifestaron testigos a La Capital. La cuestión es si era necesario este trato, “que fue semejante al de un delincuente, ya que lo subieron a una chata de la policía y se lo llevaron”, dijeron los vecinos.
El suceso motivó el sábado una reunión a la que convocó el ministro de Gobierno de la provincia, Roberto Rosúa, y de la cual participó el secretario de Gobierno municipal, Juan Carlos Zabalza, policías, personal de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia, el delegado del Sindicato de Vendedores Ambulantes de la República Argentina, Jesús Lazzarín, y los propios afectados. En la oportunidad, Zabalza pidió “disculpas” a los damnificados y ratificó la decisión municipal de otorgar un permiso precario para que puedan trabajar hasta que se defina el status definitivo en la Dirección de Migraciones. Por su parte, Rosúa se comprometió que ante cualquier reclamo de intervención de la policía va a confirmar que exista realmente una orden judicial para actuar. Cabe aclarar que en este caso no la hubo.
En forma paralela, desde la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia se ofrecieron a la Municipalidad para mediar en conflictos de este tipo.
Por su parte, Chababo se excusó explicando que desde la oficina que dirige no se trató aún el tema de discriminación de inmigrantes y extranjeros. “Hasta ahora nos dedicamos a las diferencias sexuales y de género”. Reconoció que es una materia pendiente pero que está en la agenda de la oficina. De hecho planean realizar acciones alusivas en la Feria de las Colectividades.
AGRESIÓN EN AEROSOL
Así como sufrieron las consecuencias del racismo los africanos, también lo padecen los alumnos del Colegio Alemán que recibieron la bronca de algunos rosarinos después de la derrota del equipo argentino en el partido del viernes 30 de junio. Cabe preguntarse si el disparador de estas agresiones fue realmente el partido de fútbol o si en cambio aprovecharon la derrota para agredir a los supuestos alemanes. Y no es la primera vez. Los alumnos de esta escuela muchas veces tienen miedo. “La directora nos dijo que no mostráramos los escudos porque nos gritan nazis en la calle”, contó una de ellas. “Y la verdad es que en esta escuela hay más descendientes de italianos que de alemanes”, se quejó otra de las alumnas ante las pintadas de la fachada del establecimiento. Así las cosas, mientras algunos pintan esvásticas en sus paredes, los niños y jóvenes que pueblan las aulas del Alemán no pueden comprender estas reacciones, las cuestionan, no entienden por qué los tildan de nazis. Detestan el nazismo y no tienen problemas con los judíos. Tal vez ellos, que representan el futuro, son más abiertos a la diversidad y provean a la ciudad de una sociedad más abierta, con un corazón más grande.
Este contenido no está abierto a comentarios

