ROSARIO: SE CIERRA EL CERCO SOBRE EL SOSPECHOSO QUE BALEÓ A UN JOVEN DENTRO DE UN BOLICHE
Es un hombre de un metro 60, tiene entre 35 y 40 años y cuenta con más de veinte antecedentes penales con uso de armas. Y si bien es “sólo un hincha” de Rosario Central, cuenta con una estrecha vinculación con miembros de la barra brava. En las últimas horas la policía lo fue a buscar como sospechoso de ser quien el domingo pasado, a las 4 de la madrugada, le disparó en la cabeza a Fernando Cena dentro de un boliche. Pero no lo hallaron. En tanto, para los investigadores, los familiares y los amigos de la víctima, el motivo de la agresión que sufrió Cena es “una chica muy linda” que vive en zona sur. “Fernando sabía que la piba estaba con alguien pesado y por eso esquivaba la relación”, dijo uno de sus allegados.
Mientras la investigación sigue su curso cerrando el cerco en torno al único sospechoso descripto e identificado por los amigos de Fernando en un álbum fotográfico policial, anoche los familiares y amigos del joven baleado se unieron en una cadena de oración para pedirle a Dios que le dé una mano al pibe de 20 años cuya vida pende de un hilo. “Hoy, lo único que tratamos, es de que se mantenga vivo”, explicó uno de los médicos que atienden al joven en la terapia intensiva del Heca. “Sus expectativas de vida son muy bajas. Después se verá cuáles son las secuelas neurológicas que le quedarán”, explicó el profesional.
Fernando pasó ayer su tercer día en terapia intensiva, conectado a un respirador artificial. El muchacho llegó al Heca la madrugada del domingo. Tenía un disparo en la frente que le pegaron mientras bailaba con unos amigos en la pista del boliche La Zona, ubicado en Aristóbulo del Valle al 2700, frente a la ex estación Rosario Norte.
Bronca, dolor e impotencia era lo que se percibía ayer en el barrio Refinería. “Todos estamos destrozados. A estos chicos los conocemos desde que estaban en las panzas de sus madres”, contó una mujer mientras caminaba con cierta dificultad. Fernando vive en una casa de pasillo en Gorriti al 200, a la vuelta de la seccional 8ª, y los pibes del barrio, todos hijos de humildes laburantes, no podían entender todavía qué pasó el domingo de madrugada en La Zona. Si bien Fernando es fanático hincha de Newell’s, vive en un barrio canalla y convive con amigos centralistas. “Fernando se vino el fin de semana (de un pueblo cercano donde estaba trabajando) porque quería ver a Newell’s”, explicó un espigado joven con una pulserita azul y amarilla en su muñeca.
La solidaridad entre los vecinos se percibe al recorrer el barrio. Ayer, algunos de ellos pasaban por la cuadra en la cual reside la familia y preguntaban: “¿Alguna novedad?”. La respuesta seguía siendo desalentadora. “Ahora le van a hacer una tomografía para saber cómo evoluciona”, comentó la madrina del pibe. Hablando con los amigos y allegados de Fernando que la noche del domingo se quedaron en Refinería -los que estaban en el boliche no se mueven del Heca- La Capital pudo reconstruir qué sucedió dentro de La Zona.
“Los chicos llegaron al boliche y a uno de ellos casi lo hacen quedar en cuero porque como tenía las llaves en el pantalón, cada vez que le pasaban el detector de metales sonaba”, comentó una familiar dejando claro que el aparato exigido por ordenanza municipal funcionaba correctamente.
También confirmaron que el detector utilizado en el boliche era del tipo manual -no en forma de arco como los que hay en Tribunales o en los aeropuertos- y era accionado por el encargado de los cinco patovicas que había apostados en la entrada. Una vez pasada esa prueba, recién se podía comprar la entrada. “Como dos de los chicos no tenían plata para la entrada, uno de los patovicas les preguntó: «¿Cuánto tienen?». Le mostraron cuatro pesos. Los abrazó por el hombro como si fueran amigos de toda la vida y le dijo al del detector: «Estos dos vienen conmigo»”, explicó otro de los pibes de Refinería.
Del relato de los amigos de Fernando se desprende que el detector de metales funcionaba, pero al ser manual había que direccionarlo. “Si el encargado no le pasa el detector al que ingresa, es obvio que no sabés si lleva un arma”, comentó un pesquisa.
Un encuentro fatal
“Cuando los chicos entraron vieron a un tipo que, acodado en una de las barras, jugaba con un revólver, como mostrándose. «Acá la muevo yo», decía. Todo eso frente al barman”, explicó uno de los amigos del joven baleado. “Siempre que salimos hacemos lo mismo. Juntamos la plata y uno va a comprar el porrón a la barra. El domingo le tocó ir a Fernando y tardó como diez minutos”, comentó otro.
“Cuando Fernando estaba en la barra, se le acercó una piba (la joven que parece ser el motivo de la agresión) y él, medio que se la sacó de encima”, explicó una integrante de la familia. Con la cerveza en la mano, el joven dio media vuelta y, según comentaron fuentes de la investigación, llegó “como apurado al lugar donde bailaban sus amigos, justo debajo de la bola espejada”. El mismo sitio donde una mancha de su sangre quedó grabada en el piso.
“Los chicos lo único que escucharon fue que un tipo lo apuntaba a Fernando y el petiso (el hombre de un metro 60) disparó”, contó un joven. Después del balazo, los pibes cuentan que los agresores salieron por una puerta de emergencia, evitando el hall de ingreso y la puerta principal.
Otro dato que aportaron los amigos de la víctima es que el agresor le apuntó para dispararle. Al respecto, un pesquisa dijo: “Es muy difícil que con un revólver se escape un disparo. No es como una pistola, donde el gatillo es más celoso. En un revólver hay que montar el percutor y después gatilar, que es más duro que una pistola”.
Ahora los investigadores trabajan para determinar si el arma con la que fue baleado Fernando fue ingresada al boliche esa noche por el agresor o ya estaba dentro del mismo. “En los boliches, por lo general, los amigos pasan. Nadie le va a pasar el detector de metales a un conocido”, precisó una fuente ligada a los bolicheros.
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