ROSARIO: UN CHIQUITO CAYÓ EN UNA BOCA DE TORMENTA Y CASI SE AHOGA
Los vecinos del barrio Roque Sáenz Peña, en el extremo sur de la ciudad, se sienten abandonados. Es más, en los últimos días sumaron indignación luego de que un nene de tres años cayera a las cloacas por una boca de tormenta que está destapada hace dos meses y salvara su vida de milagro. “Si no fuera porque un vecino corrió y lo agarró de los pelos para rescatarlo, se muere ahogado en el agua podrida”, contó la mamá del chiquito mientras señalaba el peligroso hueco ubicado junto al cordón de la vereda.
Pero eso no es todo. A media cuadra, en el Pasaje Público y Bermúdez y a escasos 50 metros de un centro comunitario, de otro sumidero tapado sale agua podrida y emanan olores nauseabundos con los que los vecinos de la cuadra conviven diariamente. “Los chicos andan con fiebre y a la gente grande le pican los ojos”, relató una señora.
El accidente del pequeño Lautaro alertó a familiares y vecinos, que se mostraron preocupados por el riesgo permanente que representa una boca de tormenta destapada. “En esta zona vive una gran cantidad de chicos”, remarcaron.
Según explicaron, llamaron a la Municipalidad (Defensa Civil) y a la ex prestataria del servicio de agua potable y red cloacal (Aguas Provinciales), para que el sumidero ubicado en Bermúdez y Cabildo, apenas bajando la vereda, fuera demarcado debidamente o se tomaran los recaudos necesarios para resguardar la integridad de las personas que por allí deambulan. “No vino nadie a ver nada, es una vergüenza. En Aguas nos dijeron que ya no tienen nada que ver, y por el lado de Defensa Civil tampoco aportaron”, dijo un vecino.
Lo cierto es que hace 10 días Lautaro caminaba alrededor de las 22 con su mamá y un hermano por Bermúdez al 6600, con destino a su casa. Cuando el nene iba a subir la vereda, imprevistamente se fue al fondo de la cloaca tras caer al sumidero descubierto. Su madre comenzó a gritar y un vecino corrió para socorrerlo. El hombre metió medio cuerpo y lo sacó. “Lloraba y estaba embarrado hasta la cabeza”, recordó Verónica, su mamá, mientras sostenía a otra hijita en los brazos y se mostraba preocupada por la posibilidad de que el accidente se repita.
“Nosotros ponemos chapas y tiramos cartones para advertir, pero no es suficiente. No puede ser que estemos con el corazón en la boca porque cualquier anciano o nenito se puede volver a caer”, reclamaron a coro los vecinos del populoso barrio. Y apuntaron contra “los representantes de la vecinal Saladillo Sur, que no canalizan los reclamos”.
Otro inconveniente mantiene intranquilas a las casi 60 familias que viven en Pasaje Público y Bermúdez, a solo una cuadra y media de donde cayó el chiquito de tres años. Allí, y a escasos 50 metros del centro comunitario El Duende Azul y un comedor donde se brindan raciones de comida y copa de leche a chicos humildes, el agua servida se acumula en la esquina porque vierte de una cloaca tapada hace “más de dos meses”.
Cómo contrapartida, un cartel de la Municipalidad de Rosario hace publicidad sobre el “Presupuesto Participativo 2005”.
Los efectos del agua podrida se sienten a la distancia. El olor nauseabundo tiene a maltraer a nenitos y ancianos. El agua putrefacta no para de salir y se acumula en las alcantarillas. Un pibito describió el padecer en pocas palabras: “Siempre tenemos dolor de estómago, y cuando comemos tenemos que cerrar la puerta de casa”, dijo tímidamente.
Las quejas se acumulan. “Hay gente grande y nenes recién nacidos con náuseas, vómitos y ardor en los ojos. Algunos hasta tienen fiebre”, recriminaron varias mamás, mientras rodeaban la alcantarilla.
La gente siente que está postergada, y no le faltan argumentos para pensarlo.
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