Saber que se puede
Entre tantas trampas tendidas, la del idioma suele ser la peor. Los globalizadotes de la miseria han pretendido enseñar el nuevo vocabulario, en el que las palabras que los llaman como lo que verdaderamente son, no tienen cabida. En cambio, sí la tienen decenas de neologismos encubridores concebidos para disimular la merma sistemática y planificada de la calidad de vida.
En medio de semejante calamidad, y para seguir llamando a las cosas por su nombre, pero además de llamarlas, para hacerlas, nació y vive el MOCASE, el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero. Una de las casas del MOCASE, que cada vez tiene más casas, una de las pioneras, está en Quimilí, un pueblo santiagueño de aspecto tentador para los suicidas y de productores quebrados por el flagelo juarista.
Por si alguien pensaba que el MOCASE era una moda, el MOCASE ya tiene hijos y nietos. Por si alguien suponía que el MOCASE no tendría lugar en la agenda de los grandes medios de comunicación, el MOCASE se armó su propia radio “del Monte”. Por si alguien entendía que el MOCASE iba a claudicar en las reivindicaciones, los hijos de algunos pioneros hoy son los abogados del MOCASE. Por si alguien imaginaba que el MOCASE sería condenado a la soledad, hoy el MOCASE articula sus acciones con otros movimientos campesinos de Argentina y del mundo.
El MOCASE no es un partido político, ni un club, ni una vecinal; aún así, es fácil de explicar porque la idea de garantizar la soberanía alimentaria de una comunidad, de defender la pertenencia a una tierra contra las corporaciones usurpadoras y de volver a pensar en el ser humano y en el trabajo como la herramienta primera de una sociedad posible, no son difíciles. En todo caso, el mérito radica en poder hacerlo. Y aquí la primera conquista.
En Quimilí, el MOCASE tiene una aserradero propio, produce sus dulces y quesos caseros, lee en su biblioteca, informa por su radio, edifica con su mano de obra y crece en la cabeza de más de 10 mil campesinos. Si estuvieran todos juntos viviendo en el mismo sitio, conformarían una ciudad. Pero una ciudad distinta. Una ciudad que contesta a la represión con más lucha, que resiste con la educación tanto como con el cuerpo y, sobre todo, que se tiene secuestrados y torturados como en las peores épocas de la dictadura pero jamás dice “no te metás”. Pasá por Quimilí. Vale copiar.
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