Samir cumple, Encarnación ¿dignifica?
A los 17 años, Vander era un adulto en el envase de un adolescente. Yo no lo conocía pero lo puedo imaginar. No podía ser distinto a tantos Vander que dan vueltas por las calles de Encarnación vendiendo cepillos para los dientes, radios o aspirinas. Pero Vander cumplió años y también cumplió sueños. Hoy es un puestero ¨legal¨, casi un hallazgo, que tiene un negocio en un salón grande y pone buenos precios a sus artículos de camping.
Nieto de alemanes, hijo del Paraguay, Vander tiene una mezcla de tonada teutona con guaraní que lo hace simpático. Desde adentro de esa voz dice que ellos se diferencian del mercado argentino porque obtienen poco margen de ganancia. En cambio, en nuestro país, queremos salvarnos de la noche a la mañana.
Además Vander, el inocente Vander, afirma que los gendarmes argentinos no dejan pasar contrabando. ¨Puede que alguno se exceda y ellos, como son buenos, para no dejarlos volver, les dejen pasar¨. El 90% del dinero en compras en la Saigón del Paraguay lo aporta el mercado criollo. Se supone que un trabajador que cobra su salario en Posadas, se gasta buena parte de él en la vereda de enfrente. Porque conviene, porque la plata rinde más y porque es fácil volver con lo producido.
Vander parece vivir otro tiempo porque la bondad se le aparece entre las cañas y las armas de su negocio. Un par de escopetas ( ¨que no se les pueden vender a los extranjeros¨ ) cuelgan de las vitrinas y uno no se imagina a Vander empuñándolas.
Cuando la señora de Vander nos da dos besos, uno por mejilla, tal la costumbre de la región, urge que Samir cumpla.
A la vuelta del negocio de Vander, está Samir, el brasieño hijo de libaneses que vive en el Paraguay, le compra a los chinos y japoneses, les vende a los argentinos y tiene visa para entrar a los Estados Unidos.
Samir cumple. Ha prometido enviarnos cassetes a buen precio (legales, amigo lector) y lo ha hecho. Dice que cuando los sicarios de Osama Bin Laden ajusticiaron a avionazo limpio a las Torres Gemelas del imperio él fue preso en averiguación de antecedentes.
Cuatro días no pudo ver a su hija, que vive en el centro de Encarnación con su mujer y cuatro otros de orígen libanés compartieron su celda. Dice Samir que probó su inocencia y que mostró su visa yanqui y que pronto se aclaró todo. Para pedirle disculpas a Samir, los paraguayos pudieron hacerl en cuatro idiomas. Es que él habla libanés, español, portugués e inglés, además de que se defiende con el guaraní.
Samir habla y ofrece. Ya atiende a su hermano por teléfono, ya vende un celular. Ya ordena a una empleda que rebaje el precio de un teléfono celular, ya promete que pronto tendrá computadoras. No dice Samir cómo las tendrá, pero de algo está seguro: ¨En los días que estuvimos presos y debimos cerrar, este lugar se vino abajo y nadie trabajó. Porque todos viven de lo que vendemos nosotros. O te crees (dice con tonada oriental) que alguien va a venir sólo a comprar chucherías?¨.
Va a caer la tarde en Saigón y será mejor el regreso. Samir se queda hurgando con sus manos finas, detrás de unos lentes que le adivinan cierta presbicia, un almanaque con paisajes del Líbano de sus padres. Samir, personaje para nosotros, es común en Encarnación, donde todos son personajes.
Ahora viene otra vez la frontera ligera. Pero el trámite no será sencillo. De mal modo, un policía aduanero dice que no hay que filmar. El cronista se disculpa. Igual no alcanza, otro gendarme maleducado pide que se exhiba ya la filmación. Comprobado que estuvo que no había nada comprometedor para la proba institución gendarmeril, el mal rato queda subsando. ¨Si ve esto el jefe de Gendarmería, podría hasta incautar la cámara¨, dice el policía patotero. Por fortuna para el periodista ambulante el jefe no lo vio. Por mala fortuna para todos, los jefes de aduana casi nunca ven nada. Y pasa de todo, aunque Vander diga que es porque son buenos.
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