SANTA FE RECUERDA HOY EL PRIMER AÑO DE LA INUNDACIÓN DEL SALADO
Pasadas las cinco de la tarde del martes 29 de abril del año pasado las autoridades, los empleados del Hospital de Niños “Dr. Orlando Alassia” y decenas de voluntarios llegados de todas partes de la ciudad, bajaron los brazos en su desesperada defensa contrarreloj del nosocomio cuando admitieron que todo ya estaba perdido y que las aguas del Salado eran incontenibles. Lo que hasta ese momento resultaba el símbolo por excelencia de la lucha contra el embate hídrico caía, y con él la convicción de resistir al avance del río. Dos días antes las aguas habían empezado a romper las precarias protecciones en los barrios más marginales de la zona oeste.
En esa fatídica jornada, después de las elecciones para presidente de la Nación, el entonces gobernador Carlos Reutemann, realizó una recorrida en helicóptero antes de regresar a esta capital con una preocupación que no ocultó al admitir que la ruta 70 -que une Esperanza con Rafaela- estaba por colapsar y siete departamentos afectados por una inusitada crecida, por lo que Santa Fe no podría evitar los embates del río embravecido.
El día anterior se había tratado de reforzar las defensas donde el Salado golpeaba con una fuerza desconocida en décadas, pero la masa hídrica prosiguió su marcha imperturbable. Las voces oficiales trataron de tranquilizar a una población que advertía la inusitada situación y muchos se fueron a dormir con gran preocupación y mayor incertidumbre.
Así llegó martes 29. El epicentro del panorama fue el Hospital de Niños. Las tareas de defensa siguieron mientras se escuchaba por radio al intendente Marcelo Alvarez pidiendo tranquilidad y sosteniendo que la mayoría de los barrios del oeste y noroeste de la capital no iban a ser afectados por el fenómeno hídrico, predicción que a las pocas horas el río Salado se encargaría de barrer y convertirla en una frase para la antología del disparate.
Santa Rosa de Lima, San Lorenzo, Estrada, Villa del Parque, Villa Oculta, Barrio Alfonso, Barranquitas, entre muchos otros sectores densamente poblados y con muchas carencias, resultaron los más atacados por las aguas que avanzaron impetuosas y que en pocas horas cubrieron casi un tercio de Santa Fe causando unos 130 mil damnificados, que debieron ser evacuados de 28 mil viviendas que quedaron bajo la superficie. Mientras, un impresionante operativo de solidaridad comenzó a montarse en todo el país, incluso en el extranjero, un gesto que resultará inolvidable.
En la mañana del miércoles 30, Reutemann ordenó dinamitar la avenida Mar Argentino, una medida extrema que, según declararía más tarde, le significaría recibir amenazas. La decisión de Reutemann logró conjurar la inundación de más de la mitad de la ciudad cuando la masa líquida ya avanzaba por el sector este amenazando las principales calles del casco céntrico.
Recordarlo con estas palabras es decir poco, o nada. El agua llegó de golpe y arrebató vidas, sueños e historias. Destruyó propiedades y puestos de trabajo. Causó dolores inenarrables, provocó 23 víctimas inmediatas, decenas de heridos y miles de almas destrozadas. Arrasó con todo y no dio tiempo para rescatar documentos, valores, títulos y elementos significan lo básico para un hogar.
Se perdieron, además de vidas, automóviles, electrodomésticos, muebles, maquinarias, ropas y alimentos. Las escuelas se transformaron en improvisados centros de evacuados, mientras los voluntarios anónimos salían a auxiliar a miles de almas perdidas que deambulaban como zombies por una ciudad consternada, sin electricidad ni respuestas de un gobierno que se demoró en reaccionar.
Luego vinieron semanas de desolación y dolor. Miles de santafesinos aguantaron en los techos en medio del frío, la lluvia y la oscuridad de la noche, entre disparos de desconocidos y los animales que luchaban por sobrevivir.
A un año de la catástrofe, las heridas siguen abiertas. El Ente de la Reconstrucción intenta paliar los principales reclamos mientras la ciudad no termina de reponerse. Ya no quedan evacuados, aunque a centenares de personas se las haya ubicado en la zona norte, sin electricidad ni cloaca.
Ahora, el juez Diego de la Torre tiene en sus manos establecer las responsabilidades institucionales que pudieron existir, mientras toda la ciudad y su periferia recordarán hoy tanto dolor en una jornada de luto y de inexcusable reflexión.
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