Santa María y Belén
Santa María y Belén, aunque están separadas por 170 kilómetros, se parecen bastante a simple vista. Las dos guardan su estilo colonial, las dos cultivan la religión todo el día y las dos quieren contagiar su ritmo lento a los viajeros que llegan a los apurones, demostrando en cada esquina que la globalización ha llegado a otras partes, pero ahí no ha ido a tocar timbre.
También estas dos ciudades de algo más de 10 mil habitantes tienen una gastronomía regional que se las trae. En una paisaje que deja ya de ser puneño para dar lugar a valles más fértiles, la gente vive de la cosecha y la cosecha puede ser de tomates, de pimientos, de durazno o de nuez, pero siempre inundado de estos sabores profundos todo lo que rodea.
Otra particularidad de estas dos hermanas es el vínculo con la cultura tradicionalista que ambas establecen. A diferencia de otros lugares, hemos visto en cada una de estas localidades por lo menos dos o tres espacios como centros culturales, talleres teatrales o salas independientes. Todo un hallazgo, en virtud de lo que veníamos transitando.
También en algo se parecen, aunque ellas no lo habrán de reconocer: los de Santa María dicen que allí está la mejor uva y el mejor pimentón de la región y los de Belén dicen que es en Belén y no en otro lado donde la uva es más rica y el pimiento más rojo y sabroso. Para dirimir el pleito, tendremos que probar y eso lleva su tiempo, de modo que nos quedaremos unos días.
Ahora que el paisaje comienza a escasear, porque Santa María es el patito feo de los Valles Calchaquíes y Belén tiene lo suyo pero no asombra demasiado, será el turno de la gastronomía. Aquí está Cabramarca, que exporta por doquier sus quesillos y leche de cabra y hay cientos de productores pequeños de nuez, comino, cereales, hortalizas y dulces. Que conviden.
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