Santificado sea tu nombre
En La Rioja religiosa, que ama a San Nicolás de Bari, que cree que en el milagro del niño Miguelito Gaitán o en su vecina, la Virgen del Valle, es imposible no escuchar hablar de Monseñor Angelelli, el obispo de los pobres, que fue asesinado el 4 de agosto de 1976, en una ruta cercana los famosos llanos riojanos.
La obra de Angelelli es tan basta que sería una falta de respeto contarla en el resumen de un día de peripecias de un cronista. Pero también es imposible dejar La Rioja sin recordarlo, por la marca que dejó, por cómo lo mataron y por qué sus enemigos siguen hoy mandando en una provincia que está quinta en el ranking argentino de la pobreza.
Por eso elegimos una anécdota, un mojón, una historia contada por un testigo, que sirve –no sólo para conocer quién fue Monseñor Angelelli- sino para saber la baja laya de sus enemigos y cuánto daño han provocado después y siguen provocando todavía.
Sucedió que en 1973, cuando Carlos Menem se aprestaba a erigirse como gobernador de La Rioja, mientras decía sandeces tales como que era la reencarnación de Facundo Quiroga, también le robaba ideas al Obispo del Pueblo. Una de ellas era la reforma agraria, que se haría como deseaba el cura, para que la tierra fuera para los que la trabajaban y no para los latifundistas que explotaban a los obreros.
Pero Menem asumió y, pre anunciando que sería para siempre un traidor, nunca cumplió. Los riojanos se movilizaron frente a la casa de gobierno para pedir explicaciones y luego viraron hacia la Catedral, donde Angelelli estaba ofreciendo misa. Y dicen los testigos que, lejos de amilanarse, enfrentó la protesta cediendo el micrófono de la iglesia a los que pedían por lo que les habían prometido.
Después de eso, tomó la palabra y pronunció su célebre “homilía de la traición”, en la que sin dan nombres dejaba explicitado quiénes eran los traidores. Igualmente, no necesitaba ahondar en detalles. Afuera, en la plaza, Eduardo Menem y su cuñada Zulema Yoma daban vueltas a los gritos para pedir que de una vez sea expulsado el obispo rojo de esa comarca cristiana.
La homilía fue el principio del fin para Angelelli. Carlos Menem siguió yendo a misa pero en su pueblo, Anillaco, Monseñor fue expulsado a cascotazos. Monseñor Zaspe fue enviado por el Vaticano como veedor y dio un veredicto contundente: Angelelli predica el verdadero cristianismo.
Pero no fue suficiente. El 4 de agosto del 76 lo atropellaron en la ruta y halló la muerte. Ese día hubo festejos en Anillaco. Pero esto fue sólo una casualidad, como también lo fue que muchos años después el juez probara que no fue un accidente sino un crimen. O como que ahora los Menem sigan mandando a través de algunos esbirros, con la zona liberada, sin obispos rojos a la vista.
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