SAUDADE HECHA CANCIÓN
Saudade, ese vocablo que abarca tantos sentimientos que no encuentra una traducción literal precisa en nuestro idioma, aunque ya se haya naturalizado como nostalgia o añoranza. Y es la palabra justa para describir la atmósfera en la que los tiempos se diluyen y se contraen para poder generar el intercambio entre el público y aquellas canciones que tantas veces sonaron en los discos de vinilo y ahora en los compactos; y que por esas cosas maravillosas de los instantes valiosos, hoy se escuchan en vivo y en directo.
Los acordes de un piano develan una senda conocida. La sucesión armónica que se pierde en la inmejorable improvisación de Silvia María Goes de Jesús revela lugares conocidos. Líneas melódicas de clásicos de años se cuelan por entre las manos ansiosas de “la mejor pianista de bossanova del mundo”, tal como se encargó de presentarla el anfitrión de la velada.
Vestigios de la armonía jazzística se entrelazan con los ritmos del Brasil que evocan a la samba, donde no existe la cuadratura sino que se genera una combinación rítmica de melodía con armonía: la melodía en un ritmo, la armonía en otro. Esto no es más que la manifestación propia del género que revolucionó la música popular brasilera en la década del 50: la bossanova.
Una sostenida base en los acordes del bajo eléctrico de Ivani Sabino y los toques de Lupicino Moraes Rodrigues en batería, sumados a las notas del piano, dieron pie para que la audición se agudizara al reconocer la guitarra de Toquinho. La fuerte presencia de la mano derecha que sabe combinar el rasgueo con el arpegio, sumado a esos finales inconfundibles donde todo queda pendiente de un hilo a partir de las séptimas y novenas que son marca registrada y que al oído del espectador se presentan como tensiones entre lo tonal y lo que se escapa de la escala.
Toquinho nació en San Pablo en 1946. “Hijo de una generación muy rica que fueron los padres de la bossa”, como él mismo se define, fue el compañero musical del gran poeta Vinicius de Moraes. Sus actuaciones en La Fusa fueron el comienzo de una sociedad artística de más de una década, que incluyó más de cien canciones y de 20 LPs.
Tom Jobim, Baden Powell, Joao Gilberto, Vinicius de Moraes, Chico Buarque, también los viejos del samba y del choro como Luiz Gonzaga y Ari Barroso, fueron y son sus influencias musicales. Hablar de la historia de Antonio Pecci Filho, es decir, Toquinho como todos los conocen, es hablar de la historia de la música del Brasil.
En declaraciones previas a la prensa, Toquinho definió a la bossanova como “un samba más refinado, armonizado de una manera más erudita, con las mismas influencias impresionistas que recibe el jazz. La bossanova no es sólo una música, es un color, una forma de cantar, de decir, de sentir”.
Perlas en la noche
Temas como “Corcovado”, “Samba de Orly”, y “Eu sei que voi-te amar”, se escucharon en su estado más puro en cuanto a la pasión y la dedicación puestas en ellas; y, por otro lado, el sonido genuino de quienes conocen del paño y lo reinventan cada vez que interpretan las canciones de su lugar.
Toquinho cuenta historias, hace un preámbulo a cada canción. Describe al poeta carioca y su inmensurable mundo. “Un día le llevé una música y tras escucharla varias veces me la devolvió diciéndome por qué no se la daba a un poeta para que escribiera sobre él ¿ Creen que era vanidoso?- sonrió y continuó- Se la pasé a Chico (Buarque) y terminó siendo un samba con su nombre”. Comenzaron a sonar los acordes inconfundibles de “Samba pra Vinicius”.
Para completar el grupo inmejorable de músicos que lo acompañaron, hay que mencionar a la cantante Lucía Breder que “no sólo es excelente en cuanto a técnica y afinación, sino que tiene ese swing para cantar y eso no se aprende en ninguna academia”, definió Toquinho en el escenario. Juntos despuntaron su vicio con las estrofas de Chega de Saudade, “la primera canción que dio nacimiento a este movimiento maravilloso que es la bosanova”, continuó diciendo y emprendió un camino donde los sentidos se exponen al disfrute máximo y al goce.
Una versión instrumental de “El día que me quieras”, sosprendió por la ejecución impecable en “su” instrumento. La simultaneidad de sonidos donde se percibían perfectamente los bajos armónicos y el dibujo sutil de la línea melódica que se mantenía en los vaivenes de arpegios improvisados, fue prueba más que aprobatoria del estudio y conocimiento del instrumento. Luego, una pequeña digresión para hacer música de Bach, aprendida en sus años con el maestro Paulinho Noguera. “La guitarra ha sido mi instrumento y disfruto del estudio de ella, incluso busco perfeccionarme y mejorar día a día”
Cuando ya las emociones eran tantas que se agolpaban y no se esperaba ningún otro momento que supere lo vivido, el artista tocó “Aquellas pequeñas cosas”, de Serrat. Robó más de un suspiro de satisfacción y arrebató aplausos.
Numa folha qualquer eu desenho um sol amarelo/ E com cinco ou seis retas é fácil fazer um castelo/ Corro o lápis em torno da mão e me dou uma luva/ E se faço chover, com dois riscos tenho um guarda-chuva. Los primeros versos del final, Aquarela fue el tema que eligió para la despedida. Debió regresar dos veces, hacer sambas de carnaval y en el momento de los bises apareció la más comercial y conocida, pero no por eso menos bella “Garota de Ipanema”.
Tributo aparte, canciones memorables, calidez al hablar, sensibilidad artística. Un encuentro feliz con la música nostalgiosa, paisajística, de amores y desamores, emparentada con el son cubano, el jazz, los ritmos africanos, el folklore nordestino que dan como resultado uno de los géneros más ricos y bellos de la música latinoamericana.
Este contenido no está abierto a comentarios

