Saurios tiempos
Puede ser un cuento para dormir niños insomnes… Había una vez un sitio de 215 mil hectáreas, donde residen vestigios de la era Terciaria. Si bien ahora es un gran desierto donde el agua llega desde 30 kilómetros, hace 250 millones de años, había un lago al que no se podía acercarse sin el riesgo de ser devorado por los dinosaurios…
…Pero cierto día, la tierra tembló, tanto tembló, que donde había una llanura emergió la Cordillera de los Andes y más acá, donde estaban los lagos con los dinosaurios, aparecieron en la superficie rocas milenarias que hoy permiten reconstruir ese período de la vida del planeta como en ninguna otra parte puede hacerse. ¿Colorín colorado?
No señor. Aquí empieza una historia en la que las medidas habituales que utilizamos los humanos no tienen lugar y la imaginación es precisa para situarse en un tiempo que sólo las películas de Spielberg pueden hacerlo más terrenal. Rocas de millones de años, de cientos de metros, geoformas de humanos, petroglifos de antes de cristo o restos de reptiles antidiluvianos conforman un paisaje que todos mereceríamos conocer.
Desde el año 2000, la UNESCO determinó que Talampaya sea patrimonio de la Humanidad. El parque está administrado por una empresa cordobesa y los trabajadores son, en su mayoría, baquianos de la zona de Villa Unión o Pagancillos, los dos pueblos más cercanos.
Para no provocar impacto ambiental, la confitería que es base de las excursiones a la que acceden los turistas tiene luz solar que se transforma en energía de 220v previo paso por baterías de apenas 12. El agua se cuida como un arqueólogo haría con un fósil recién encontrado y está terminantemente prohibido acercarse a la fauna lugareña, que lejos de ser sauria, hoy consiste en confianzudos zorros, guanacos o cóndores.
La primera aproximación al Cañón de Talampaya tiene una parada obligada: los petroglifos tallados en las piedras por los pobladores primitivos de la región. Igualmente, esto no asombrará demasiado. Fueron hechos hace unos 2500 años, casi nada, si consideramos que la piedra que recibió la mano de los diaguitas, tiene 250 millones de años.
Igualmente, nadie podrá tocarlos. La roca arcillosa se deteriora con facilidad y preservar se impone. Al fondo están los farallones de nuestro “Cañón del Colorado en miniatura”. No tan miniaturas, en efecto, estas paredes de piedra alcanzan los 130 metros. Al llegar, una forma cilíndrica que semeja una chimenea permite que los gritos ligeros de los turistas se reproduzcan hasta cinco veces en el cielo diáfano y riojano.
A un costado de un camino arenoso que irremediablemente deberá hacerse en un vehículo apropiado, geoformas como “el monje” o “el vigía” (las más conocidas por los folletos) gobiernan un paisaje que uno, con ojos atentados, no es capaz de dimensionar hasta varias horas después de haberse repuesto de semejante golpe de hermosura y conocimiento.
En el recorrido final, aguardan “los cajones” que escoltan el paso de un río que en ocasiones trae hilos de agua –en un sitio donde nunca llueven más de 120 mm al año- y en otras, las menos, hasta un metro. Las rocas, que según hemos aprendido en Talampaya indican con cada color el paso de los años, de las eras o de la mano del hombre, dejan saber que por allí pasa el agua.
Pero es mediodía y habrá que regresar a la base. Empezar a preparar el cuento de que “había una vez un sitio que nos traslada 250 millones de años…”. Darse maña para adaptar la pluma y el pensamiento a lo remoto, a lo desconocido, a una era donde el hombre no había llegado y los dinosaurios no imaginaban que un día irían a venir a reconstruir el pasado, muchas veces –aquí no es el caso- a costo de destruir el futuro.
Este contenido no está abierto a comentarios

