Save the agua
Fabián cuida una lancha y el dueño le paga una parte de los 25 pesos que vale la excursión laguna adentro. La lancha ‘Pirá’ (“pez”, en guaraní) está lista para conducirnos al interior de una de las reservas de agua dulce más grandes del mundo. Al lado de ‘Pirá’ hay otro bote que se llama Gauchito Gil, pero por suerte nos tocó ‘Pirá’.
Fabián cumple con los requisitos de seguridad. Entrega los correspondientes salvavidas y cede paso hacia uno de los cuatro asientos que tiene ‘Pirá’ para que los visitantes hagan avistajes de fauna y flora.
Ningún director de cine norteamericano clase “B” conoce esta zona. Es indudable porque de lo contrario hubieran filmado aquí alguna fantochada de ocasión. Yo me acuerdo graciosamente de una: “Tras la esmeralda perdida”, esa en la que Michael Douglas se fondeaba con una rubia en una isla del Caribe colombiano infestada de cocodrilos y después de pelear cuerpo a cuerpo con una horda furiosa de éstas bestias, acababa echado con la rubia, tomando un trago, en la cubierta de un barquito, luciendo unas botas tejanas concebidas artesanalmente con la piel de… los cocodrilos. No digo nada. Fabián, el guía, debe tener la suerte de no saber quién es Michael Douglas. El sol, que persigue como un acreedor tenaz, ya está otra vez en el centro de la escena. El motor de ‘Pirá’ ronca y empieza su marcha lenta en medio de las 5.300 hectáreas de agua dulce de una profundidad promedio de 4 metros.
Es de mañana y todavía se pueden ver las rosas del río bien abiertas. Al mediodía, como si fueran empleadas públicas, cierran irremediablemente sus pétalos y nada les hace modificar esa conducta extraña. Enseguida, el amarillo verdoso, bien chillón, que sale de los camalotales delata a las amapolas de agua, que constituyen un jardín enorme antes de los “embalsados”.
Fabián esconde tras un rostro inexpresivo un master en baquía. Conoce el lugar donde nació y no sólo sabe cómo mostrarlo sino que siente orgullo de hacerlo. “Los embalsados son porciones de tierra flotante, de aproximadamente un metro de profundidad, que actúan como represa natural en el sistema”. ¿Qué como es esto? “La tierra se cierra cuando hay poca agua, para retenerla, y cuando, como consecuencia de las lluvias, hay más líquido, entonces se abre para dejarlo correr”.
‘Pirá’ se detiene al lado de tres yacarés. Demasiado cerca, a menos de un metro. Hay otros que se divisan al mirar con detenimiento. Y ha de haber cientos más que saben camuflarse mejor. “Son negros”, dice el baquiano. Cuenta que viven 90 o 100 años, que ponen 40 o 50 huevos, aunque sólo sobrevivan unas pocas crías. Que la mayoría son negros y que los otros son overos o ñatos y -lo que más quiere uno escuchar cuando está a centímetros de un yacaré- que “no hay antecedentes de que hayan atacado alguna vez a una persona”.
El agua del Sistema del Iberá se irá por debajo de los “embalsados” para copular más abajo y parir al río Corrientes, el que cansado de marchar, dejará su contenido en el Paraná. Dicen que cuando se ve caer el río Corrientes en nuestro Paraná, el agua chorrea clara como de manantial y que una vez que cae se pone negra como un mal pensamiento.
Pero no será cuestión de detenerse con reconvenciones ecológicas, si hay más yacarés al acecho. Iberá, “agua brillante” para los pobladores nativos, ocupa el 14% del territorio correntino. La provincia transformó a Colonia Pellegrini en la llave de acceso y la declaró Colonia Ecológica y Turística, aunque estas dos palabras suelan no llevarse de acuerdo. Desde entonces no es posible la caza ni la pesca indiscriminada y la estación de servicio no pudo seguir funcionando por lo que hay que cargar combustible a 120 kilómetros del lugar. Ahora Corrientes pugna para que este oasis sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Y bien que se lo merece.
Es tiempo de silencio. En un recodo del estero, Fabián señala una hembra de ciervo de los pantanos, los más grandes de Sudamérica. “Están en extinción”, dice por lo bajo, antes de seguir viaje. Chillan al sol los gaviotines, chajases, gallitos de agua, ‘picagüey’, martinetas, garzas moras junto a otras 360 especies de aves de todo tamaño y color. Los carpinchos no se dan por enterados. Fabián invita a bajarse a un “embalsado” que la sequía ha dejado firme. Me digo para dentro que no voy a poder aparecer como Michael Douglas con el cuero del yacaré en mi bota y que es más factible que el yacaré tenga un desayuno diferente. Pero Fabián vuelve a tener razón, porque los yacarés, como las rubias bonitas, siempre prefieren bocados más tentadores que este servidor. La tierra, seca en la superficie, se contonea como una odalisca y promete rajarse si es que los visitantes siguen saltando para comprobar de qué se trata. Si hubiese sido época de lluvia, es factible que este “embalsado” se hubiera marchado a otra parte del sistema, donde pueda ser más útil.
‘Pirá’ pone proa rumbo al punto de partida, dos horas después de habernos mostrado el sitio más codiciado por los nuevos imperios económicos, por los viejos dueños del mundo.
Fabián, como todos los habitantes de Colonia Pellegrini, sabe bien que es factible que muy pronto, para surcar las aguas abundantes que en otras latitudes son escasas, habrá que mostrarle el documento a todos los gringos que, con la oprobiosa anuencia del gobierno argentino, se quedaron con el futuro. También sabe Fabián que no puede hacer nada para impedirlo. ‘Pirá’ se amarra a la orilla y uno no tiene más que pedirle a los yacarés que salgan a defender el lugar que les pertenece.
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