SE AGRAVA LA CRISIS: CAOS, SAQUEOS Y BARRICADAS EN PUERTO PRÍNCIPE
Puerto Príncipe es hoy una ciudad sin ley, fuera de control. Barricadas de cubiertas, bloques de cemento y autos incendiados cortan las avenidas de la ciudad en especial las que llevan al aeropuerto. Grupos de Chemer, las fuerzas de choque del presidente Jean Bertrand Aristide, patrullan las calles montados en camionetas, exasperados, trepados a los techos o asomando el cuerpo por las ventanillas en medio de informes cre cientes de pillajes y saqueos.
El operativo desordenado y amenazante es por la posibilidad de un ataque inminente de los rebeldes que ya ocupan la mitad del país. Guy Philippe, el ex policía que lidera la insurrección, aseguró que “Puerto Príncipe esta prácticamente rodeada. Estamos listos para tomarla”. Y añadió: “Queremos arrestarlo (a Aristide) para juzgarlo por alta traición, asesinato y robo”.
Muchos de los Chemer, en su mayoría jóvenes, están armados y dispuestos, dicen, a defender la capital. A las 7 de la mañana, en una recorrida por la ciudad, Clarín comprobó el bloqueo en todos los puntos de salida de la capital hacia el norte, donde están acantonados los rebeldes. No había forma de sortear los camiones atravesados, autos y restos de carrocerías arrumbados sobre la calle. En uno de ellos, en el barrio Carrefour Clercine, detrás del aeropuerto, ardían algunas llantas. Un espeso humo negro tapaba el cielo azul.
“Yo ahora no estoy armado, pero si vienen a mi barrio los vamos a recibir con bala”, cuenta Pippo a Clarín, con su gorra de béisbol en la cabeza, un arito de vidrio transparente en la oreja derecha y una enorme remera negra. No debe tener más de 20 años, lo mismo que sus amigos que patrullan el Boullevard Toussanint Louverture, frente al aeropuerto, en una 4×4. Es un Chemer, aunque no lo admite.
Si ser argentino suele generar más de un dolor de cabeza, a veces puede resultar una bendición. Para un Chemer, un blanco es sinónimo de norteamericano y eso aquí es muy peligroso.
Pero la llave para evitar la agresión está en el fútbol y tiene nombre propio: “Maradoná” y “Batistutá”, así, afrancesado y con acento en la á. “Olé, olé, Diego, Diego”, se entusiasman cantado, eufóricos, transpirados, como en el tablón frente al argentino que los mira sonriente.
Sin Tap Tap, las camionetas convertidas en colectivos, quienes querían llegar a sus trabajos caminaban y caminaban bajo un sol ardiente, caribeño. Mujeres con enormes baldes llenos de agua en la cabeza recorrían largas distancias para llegar a sus casas. Los Chemer, en tanto, se dedicaban también a pequeños actos de pillaje como el arrebato del bolso a una mujer o saqueos organizados como el asalto a una concesionaria de autos que se quedó sin nada en minutos.
No había policías cuidando el orden. Los policías se movilizaban en 4×4 sin patente y con vidrios polarizados. La pequeña antena en el techo y los ojos escondidos detrás de falsos Ray Ban dorados los delataban.
La tensión en Puerto Príncipe comenzó fuerte el martes por la noche, cuando la gente de Aristide bloqueó las calles que comunican Champ de Mars, en el centro, y Petion Ville, la zona exclusiva de la capital. Además cercaron un hotel con periodistas, en actitud amenazante, con el rostro cubierto con pasamontañas.
Estuvimos en el aeropuerto. Era una romería. Haitianos con perfume francés y valijas repletas hacían cola junto a norteamericanos y canadienses para dejar atrás esta pesadilla y abordar uno de los 6 vuelos que ayer dejaron el país: cuatro a EE.UU., uno a Francia y otro a Martinica. Una pareja de misioneros canadienses con sus cinco hijos, todos rubios entre uno y 17 años, ya no querían estar aquí. “La situación está muy peligrosa y nos da pena dejar nuestra misión. Pero debemos pensar en nuestros hijos”, cuenta Brad, con sus 43 años a cuestas y una nena en brazos.
En esta atribulada ciudad, hay también espacio para el romanticismo y las despedidas dolorosas. Como la de Gauthier, una francesa de ojos transparentes y blanca como la sal, y Donald, un haitiano simpático que la muele a abrazos. Tienen apenas 20 años y vivían en Hanche, una ciudades tomada por los rebeldes. Ella se va, pero jura que volverá por él.
Mientras esto sucedía en Puerto Príncipe, los rebeldes que controlan 5 de las nueve provincias del país, tomaban en el norte la Isla de la Tortuga, casi sin policías y con 50.000 habitantes, y puerto clave en el comercio con EE.UU. y el Caribe. Allí, en otros siglos tan conflictivos como este, bucaneros, corsarios y piratas saqueaban estas costas y esos relatos quedaron inmortalizados en “El Corsario Negro” de Emilio Salgari y en “La Isla del Tesoro”, de Robert Stevenson.
Lejos de la fantasía y más cerca de la realidad nuestro regreso al hotel desde el aeropuerto no fue sencillo. William, el chofer, esquiva piedras, autos volcados y barricadas de cemento. Por primera vez está preocupado y no sonríe: llegamos a un retén y al menos 10 Chemer nos rodean.
Comienzan a golpear la camioneta y no hay “Maradoná” que valga. Pero es William el que ahora tiene la llave para salir de este laberinto: “Aristide, mi presidente por cinco años más”, dice, recordando el canto de los seguidores del mandatario. Y remata: “Somos de la Televisión Nacional de Haití”, propiedad del estado. El retén se abre y podemos llegar al hotel. Apenas eran las 9 de la mañana.
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