Se enamoró de un refugiado que cayó preso por su culpa
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Meritxell Martorell es una periodista española que en febrero de este año viajó hasta Lesbos. La ciudad griega es el puerto de entrada a Europa de sirios, iraquíes y afganos. También de argelinos, tunecinos o libaneses. Todos recorren la ruta de los refugiados y la catalana desnudó sus dramáticas historias para el programa 21 días, de canal Cuatro. Vivió con ellos, sufrió con ellos, lloró con ellos, lo grabó todo. Y se enamoró.
Harud también es periodista. Tiene 30 años, nació en Irán, pero no está cubriendo ningún reportaje. Lleva más de dos años separado de su familia, está solo. Después de tener que huir de su país por miedo a ser ejecutado -había publicado varios artículos en contra del régimen iraní y las amenazas empezaron a asustarlo- es un refugiado más. Como los otros 5.000 que durante cinco días quedan varados en el estacionamiento de una estación de gasolina de Polikastro, a 25 kilometros de Idomeni, en Macedonia.
Con ese grupo que espera que las autoridades macedonias autoricen el paso en su recorrido hacia Alemania, también se encuentra Meritxell. “Nos aseamos con toallitas húmedas, compartimos peines y hacemos colas para lavarnos los dientes”, comparte la mujer en primera persona, mimetizada con la causa. Durante una manifestación nocturna en la que se alzan carteles del estilo “Nosotros también somos humanos” o “Somos personas y no números” conoce a Harud, quien -dada su baja estatura- la ayuda a sujetar su cámara para obtener un plano más picado.
A él le sorprende que una periodista esté durmiendo en el mismo autobús que los refugiados; ella lo ve atractivo y exótico y su relato de “las maravillas más poéticas de la tierra de la antigua capital del Imperio Persa” se mezclan con la injusticia, rabia y frustración que la invaden.
“El flechazo es mutuo e inmediato. El frío se convierte ahora en una temperatura ideal, la gasolinera es el escenario de una novela romántica y pierdo totalmente la noción del espacio y el tiempo. Todo se aliena, no sé dónde estamos”, se confiesa Martorell en un extenso escrito que publicó en la plataforma Vice al que, justamente, tituló: “Me enamoré de un refugiado y terminó en la cárcel”.
Sí, nos adelantó el final, pero vale la pena seguir. Porque luego de pasar algunos días juntos, en los que la española y el iraní comparten “un café con leche, un bollo y una conversación”, al hacinado bus en el que viaja Martorell junto a un grupo de refugiados le dan permiso para que pase hacia Idomeni. Intenta despedirse de Harud, pero no lo logra. “No tengo ningún contacto, no sé nada de él, no le volveré a ver nunca más”, reflexiona ella. Es el primero de una serie de desencuentros y encuentros que marca la historia entre los dos.
Porque al cruzar la frontera, y mientras se dispone a convidar unas mandarinas y bananas a unas mujeres y unas niñas, la voz de Harud la sorprende. Las frutas vuelan por el aire y ella sale salgo corriendo, a darle “el abrazo más sincero de toda mi vida”.
Parece que no van a volver a separarse. Error. Los yazidíes deben seguir camino a Alemania y ella, regresar a Atenas a terminar su trabajo. Aunque en esta segunda despedida tienen tiempo de intercambiar sus Facebook y WhatsApp para mantener el contacto.
Hannover es la sede de su tercera reunión. Harud fue destinado a esa ciudad germana y Meritxell, al enterarse, compró un pasaje de avión y viajó hasta allí. “Cuando lo veo me tiro a sus brazos de un salto, está sano y salvo. Recorremos la fría ciudad alemana y vivimos nuestra historia intensamente. Somos inocentes y abrazamos ese momento mágico para no dejarlo ir jamás. Aunque se niega en rotundo, le compro algo de ropa, cenamos en un restaurante persa y paso una noche en un hotel que me encargo de reservar”.
Envueltos en el fervor del momento, deciden que esta vez no van a separarse. Es una decisión no pensada, tomada a las apuradas en un aeropuerto. Y es una decisión que a Harud le costará la libertad. Martorell lo cuenta detalladamente en la nota de Vice: “Me acompaña al aeropuerto y somos incapaces de aceptar ese momento, no podemos creer que él tenga que ir a vivir a un campo de refugiados y yo a grabar un reportaje de citas. No quiero ligar, quiero estar con Harud y él quiere estar conmigo. ¿Cómo podemos hacerlo? El acuerdo Schengen (libre circulación de personas en Eurropa) no vale en este caso, no todavía. Harud deberá esperar un mínimo de seis meses después de recibir asilo para poder venir a España. ¿Seis meses? Ni de coña”.
Entonces el siguiente objetivo fue ‘huir” juntos a España. “Drogados de ilusión y de desconocimiento, imprudentes e insensatos como nunca”, hicieron el viaje en coche hasta Barcelona y “llamo a mi familia. Hace más de un mes que no saben de mí (…) Les confieso que su hija, enamorada, acaba de cruzar la frontera con un refugiado sin papeles. Mi madre viene a verme preocupada, le presento a Harud como si de su yerno se tratase y se le parte el corazón, ve que estoy afectada. Llevo muchos días sin descansar, estoy desequilibrada como nunca”.
Martorell intenta una vía legal para que su enamorado pueda quedarse en España, pero el país no da asilo político a iraníes y menos todavía si previamente habían sido destinados a otro país europeo. Los dos están incumpliendo la ley. “Pasamos dos días en casa, escondidos en nuestro refugio y entendiendo que la situación se nos ha ido de las manos. No sólo por incumplir las normas, sino porque ni siquiera nos conocemos. Hemos compartido un par de cafés en una gasolinera y dos días en Alemania. No estamos enamorados, sólo que hemos maquillado de color rosa los momentos oscuros que nuestras mentes eran incapaces de aceptar”, revive ella.
Entonces, Harud regresa a Hannover para conseguir quedarse en el país de forma legal, pero la Policía lo detiene al cruzar la frontera entre España y Francia. La cárcel será su nuevo hogar para desconocimiento de la reportera de Cuatro, que no supo nada de él en 21 días. “Cada noche me voy a dormir arrepentida como nunca, castigando mi inexperiencia, mi impulsividad”, revela, carcomida por la culpa. Parece el final…
Parece el final… Hasta que suena el teléfono de la española. Es Harud. Le avisa que fue liberado y que Francia estudió su caso y le ha dado asilo. Hay un último encuentro, en Ceret, al pie de los Pirineos. “Al final, me dice, no hay mal que por bien no venga. Si no nos hubiésemos conocido, nunca hubiera terminado en Francia, que le gusta más que Alemania”, se alivia Martorell, marcada para siempre por una desigualdad.
Y aunque su historia de amor no terminó de manera feliz, sí lo tuvo la de Harud, que ha conseguido un puesto en Amnistía Internacional en Lyon y cumple su sueño de trabajar en Europa como representante de Derechos Humanos. Y ahora habla con su familia casi a diario, mientras que los otros refugiados de su grupo siguen haciendo colas, todavía sin asilo, Hannover…
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