Se hizo la luz
Yacyretá tiene fuerza para empujar agua y llenar 15 piletas olímpicas en un minuto. Yacyretá es capaz de generar energía para encender 80 millones de lamparitas de 40w a la vez. Yacyretá da luz al 15% de la República Argentina y a buena parte de la República del Paraguay. Yacyretá tiene una esclusa para equiparar el nivel de un lago de embalse con el del curso del río y sólo hay otras similares en el Canal de Panamá y ninguna más en el el continente americano. Yacyretá se empezó a pensar en los años 20, cuando todavía la energía se conseguía quemando carbón y se concretó en la década del ’90, en medio de una energía corrupta similar a la que es capaz de generar esta obra.
Yacyretá era una isla paraguaya, en medio del Paraná, entre las localidades de Ituzaingó, en la provincia de Corrientes y San Cosme, en el país de enfrente. Yacyretá ahora es una de las represas hidroeléctricas más grandes del mundo, aun cuando está trabajando al 60% de su capacidad porque la obra no pudo concluir, por esos motivos que nunca hay que explicar en el tercer mundo.
Lejos del polvillo del camino que nos sacó de Colonia Pellegrini, cerca del extremo noroeste donde Corrientes se hace Misiones, en una ruta-terraplén que comunica los dos países, funciona el monstruo que enriqueció a muchos amigos de Menem a cambio de conseguir una enorme cantidad de luz y más cantidad de empréstitos extranjeros.
Yacyretá, “lugar donde brilla la luna”, para los guaraníes, “lugar donde florecieron los negocios”, para los menemistas, tiene 20 turbinas fabricadas en Estados Unidos, Canadá y -sí, también- la Argentina. Las turbinas, con palas de 9, 5 metros de diámetro dejan pasar 800 mil litros de agua por segundo, si es que así lo quieren, y están siempre activas, salvo cuando cumplen las 20 mil horas de trabajo; es entonces cuando les dan descanso, acaso emulando el sistema de empleo de los chinos.
La energía sale transformada por veinte generadores que fueron fabricados por dos consorcios empresarios. Uno de ellos es japonés y el otro tiene capitales alemanes, italianos y brasileños. Sin embargo, fue bien escrito que Yacyretá queda entre el Paraguay y la Argentina.
El edificio de la Casa de Máquinas, donde se alojan los 20 hidrogeneradores ocupa 70 metros de altura por 80 metros de ancho, lo que equivale a 8 manzanas repletas de edificios de 20 pisos.
Pese a que los ecologistas dicen que no es tan así, desde la oficina de Relaciones Públicas de Yacyretá se explica que todas las especies fueron preservadas. Mientras el periodista ambulante está mirando río abajo, como los peces pasan por una corriente artificial que fue especialmente fabricada para que no pierdan su ruta natural, ensordecen por igual el ruido de las turbinas y la quietud del resto. Como si se tratara de peces pos modernos, unos dorados y un cardumen de sábalos suben por un ascensor acuático, río arriba, sin que vialidad les haya colocado el cartelito de desvío obligatorio.
En Ituzaingó se hicieron mil viviendas para alojar a los que trabajaron en la edificación de la represa y se generaron diez mil puestos de trabajo. En las oficinas dicen que así ha sido pero abajo, en los talleres, se puede oir que cuando la obra concluyó, muchos pobladores temporarios se marcharon y el pueblito pesquero volvió a sumirse en la pobreza.
Es que, para cubrir los 64,7 kilómetros de terraplén se necesitaba mucha mano de obra. Dos puentes unieron las costas paraguayas y argentinas. Al finalizar los trabajos uno de ellos se demolió, acaso como símbolo de la suerte que corrieron los que allí prestaron sus brazos.
El colectivo del ente Binacional que administra Yacyretá, nos devuelve a Ituzaingó, con una sensación clara: la obra asusta por fastuosa, pero también por sus discutidas consecuencias.
Dicen que Yacyretá fue concebida para proveer energía abundante, renovable, no contaminante y de bajo costo. Dicen que se hizo para mejorar la navegabilidad del Paraná, operar un sistema de alerta de crecidas y facilitar la implementación de sistemas de riego. Es probable que cuando Carlos Saúl Menem inauguró la obra a mediados de los ’90, ni siquiera haya leído los folletos que cuentan los detalles. Como los peces transportados en ascensor, Yacyretá le hizo subir al menemismo varios pisos en un par de minutos en la escala de la corrupción.
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