SE PRESENTA "TATUADO", LA PELICULA ARGENTINA PREMIADA EN MONTREAL
Una década después de su debut, Eduardo Raspo vuelve al cine. En 1995 había dirigido “Geisha”, una carta de presentación que, sin embargo, no fue garantía de que siguiera haciendo cine. “Aquélla fue una película de industria, una coproducción en la que no era el dueño del corte final. No estuvo mal: funcionó. La experiencia me sirvió, además, para entender cómo era esta cuestión de hacer cine y me hizo reflexionar acerca de lo que yo quería hacer.”
La elaboración de aquel momento fue lenta porque no se trataba de una despedida del cine, con el que siguió vinculado, sino de un paréntesis. En el camino quedaron varios proyectos y haber sido asistente de Sergio Bizzio en “Animalada”. Sin embargo, la espera terminó. Pasado mañana, Raspo estrenará “Tatuado”, su segunda película, con la que compitió en el último Festival de Mar del Plata y que ganó además el premio especial del jurado en Biarritz, más recientemente el Iris de Plata a mejor guión en el Nuevo Festival de Cine de Montreal y el sábado último los dedicados a mejor película y director en Trieste.
“En Mar del Plata la vio uno de los programadores de la Semana de la Crítica de Cannes que se mostró interesado, aunque finalmente no se dio allí -dice el realizador, también autor del guión con Eduardo Cortés-, pero sirvió como primer paso de un vertiginoso viaje por otras muestras. El premio en Biarritz, por ejemplo, fue el dinero de quince copias para su estreno en Francia, es decir que tengo más copias para estrenar allá que en mi propio país. Después Montreal, la Semana de Cine de Valladolid y ahora Trieste me dieron la posibilidad de mostrarla y, en el último, de ganar más premios. Aquí llegamos con siete copias, que me parece la cantidad razonable para una película como ésta. Que sea así, por decirlo fácil, «independiente», te da algunas ventajas, pero también implica complicaciones, como estrenarla en las mejores condiciones. Para hacerlo y como ya no nos quedan recursos aprovechamos el combo que ofrece el Incaa en cuanto a lanzamiento, peleando el día a día las salas”.
Raspo ha estado viajando una década; maduró también su manera de relacionarse con el cine y así, en forma independiente de una gran estructura, se planteó una pequeña historia con un presupuesto acotado. En sociedad con Barakacine (Marcelo Schapces) empuñó nuevamente una cámara para recuperar el tiempo perdido. Como Paco, el protagonista de esta búsqueda que, si bien no ofrece demasiadas respuestas a los grandes enigmas, le permite un reencuentro con lo que es cercano pero difuso, Raspo parece dispuesto a desenterrar raíces.
Un viaje de iniciación
Paco es un adolescente que emprende un viaje a un lejano pueblo en busca de las claves que le ayuden a comprender por qué su madre lo abandonó poco antes de morir, cuando era muy pequeño, tiempos de los que conserva el discreto tatuaje de una mangosta (tomada de un relato de Rudyard Kipling), en el antebrazo y unas pocas imágenes demasiado borrosas. Lo hace con su padre, con quien convive, pero al que apenas conoce, y con su novia, con los que terminará viviendo una experiencia de iniciación en el mundo de los adultos, ese en el que generalmente nada es lo que parece, donde el pasado se arma de a poco, como un difícil rompecabezas que está escrito y nunca completa una imagen previsible, sino una metáfora montada sobre una ilusión, a desentrañar eternamente.
Raspo es consciente de la realidad que vive el cine argentino en relación con el público en la actualidad. “Sé que «Tatuado» no es una película masiva -reconoce-, pero también tengo en claro que es importante moverse para que su público potencial se entere de que existe y tenga la posibilidad de juzgarla. Podrá gustar más o menos, pero de lo que estoy seguro es de que nadie puede salir indignado de verla.”
“Tatuado”, que tiene como protagonistas principales a Nahuel Pérez Biscayart, a quien recientemente el público descubrió en su papel de “El aura”, a Luis Ziembrowsky, Jimena Anganuzzi, Antonio Ugo, Horacio Roca, Luis Alegre y Mario Paolucci, con música compuesta por Daniel Melero, es una descripción minuciosa de la relación que se da entre los personajes de su núcleo.
“La película es como el arco de transformación de estos personajes. Lo que pone en movimiento la historia y a todas sus piezas es la necesidad del chico de saber qué pasó con su madre. Para un chico, no tener una madre es un dolor radical. Sin embargo, el otro gran encuentro de esta historia es el del chico con su padre. Es decir que Paco cierra el capítulo con su madre, pero también se encuentra con su padre, porque los dos se ven por primera vez desde otro lugar y después de quince años conforman otra relación. En todo caso es un encuentro que hace que las heridas del pasado sean menos dolorosas”, reconoce el director
“Me cuesta mucho no contar nada, pero también pensar qué estoy contando. Tengo la necesidad de contar algo, aunque ese algo que esté contando no tenga ninguna hondura, que la hondura se la den los personajes, y soy muy riguroso en eso, en el trabajo de guión, y en el posterior. No me da lo mismo que esté trabajada con una fotografía o con otra. Muchas veces tengo una narración clásica con un tema que no la tiene. Soy muy riguroso con las herramientas que me da el cine: trato de respetarlas.”
Este contenido no está abierto a comentarios

