SE PRESENTÓ OTRA DENUNCIA POR COMPLICIDAD DE LOS PENITENCIARIOS
Dos internos que estaban detenidos en la cárcel de Coronda cuando ocurrió la masacre del 11 de abril denunciaron mediante una carta entregada a sus familiares que “el alcaide Ferreyra fue uno de los entregadores del pabellón Nº 1”, porque después de encerrarlos en sus celdas le escucharon decir al grupo de presos que asesinó a sus pares: “Hagan lo que tiene que hacer y después se van”. Los denunciantes son Rubén Castaño y Ariel Maschio, quienes a través de la madre del primero, Marta Leguizamón, se pusieron a disposición de un juez para prestar declaración. Ambos están hoy alojados en la Unidad Nº 3 de Rosario. Castaño ya había denunciado en una carta anterior la forma en que se desarrollaron los hechos el 11 de abril.
Maschio estaba detenido en el pabellón Nº 11, donde asesinaron a 10 internos y Castaño estaba alojado en el pabellón Nº 1 que terminó con cuatro muertos. Este último le entregó una carta a su madre en la visita del último domingo, en la que escribió textualmente: “La policía (por el Servicio Penitenciario) tomó una determinación que esa gente molestaba por eso usó la gente del pabellón 7 que fueron quienes prepararon la matanza del pabellón 11 y del 1, siendo asi que lo hemos vivido en carne propia. Los del pabellón 1 mataban a nuestros compañeros adelante de las autoridades que estaban mirando como mataban a la gente, entre ellos estaban mirando el alcaide Ferreyra y el oficial Rodríguez que media hora antes vino y nos dijo que nos encerráramos porque ya estaba todo controlado. Pero no fue asi porque al pasar unos cuarenta minutos la gente ya estaba sobre el pabellón 1, y se escuchó una voz que dijo ‘bueno ahora ya estan todos encerrados, hagan lo que tienen que hacer y después se van’. Esa voz que se escuchó fue la del alcaide Ferreyra que fue quien les abrió la puerta y entregó el pabellón 1”.
Según continúa el texto de la carta difundida por la madre de Castaño
“en ese momento fue todo un infierno, toda la gente gritaba, lloraba y no sabía qué pasaba. Solo se sentían voces que decían ‘vamos a matar, si vinimos a hacer eso terminemos de una vez lo que vinimos a hacer'”.
También agregan que “por el handy le decían que ya estaba todo listo” y que ellos contestaban “limpiame el camino que nos vamos para el pabellon 7”.
La carta señala que luego “se sintió un silencio y quedó todo oscuro. Parecía que había pasado una tormenta por todo el daño que habían hecho y nos dimos cuenta que la orden vino de arriba y que estaban metidos el señor director de la unidad que se llama Mansilla”.
En su extensa misiva que tiene dos carillas tamaño oficio, los dos internos revelan además que “los hermanos Romano -en referencia a dos guardias del Servicio Penitenciario- también apostaban cómo se peleaban los presos y vendían limas y fierros para que se hicieran chuzas”. Aunque aclaran que “el interno que los descubrió en estos momentos no puede aportar el nombre porque está amenazado de muerte”.
De igual modo los dos detenidos hicieron suya otra denuncia, en este caso sobre “dos celadores Mosqueda y Mansilla que vendían chuzas y alcohol por ropa o cigarros”.
Los dos firmantes expresan finalmente que se ponen a disposición de un juez y que nunca van a olvidar a los “hermanos” asesinados.
En rigor esta es la segunda carta firmada por Castaño. La primer tuvo difusión una semana después de la masacre y en la misma aseguraba que “desde la ventanilla que tenemos en cada puerta (de la celda) vimos que un jefe de alto rango y varios empleados abrían la puerta enrejada por la que se accede al patio del pabellón. Por ahí empezaron a ingresar encapuchados con remeras, cuelleras y pasamontañas, la mayoría esgrimiendo palos con una chuza atada en la punta, que quedaba en forma de lanza y acá se les dice arpones. Otros esgrimían armas cortas, no pude precisar si eran pistolas calibre 22 o 7.65, pero sí que eran calibres chicos”.
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