SECUESTRADA Y PROSTITUIDA HACE CUATRO AÑOS, HOY SOLO SU MADRE LA BUSCA
La vida de la familia ya nunca fue la misma desde aquel 3 de abril de 2002, cuando Marita fue secuestrada. Tenía 23 años, una hija de 3 y una sonrisa que merecía ser eterna. Desde entonces, el viejo comedor de la casa de los Verón se fue convirtiendo en la oficina que es hoy.
Una computadora desde donde a cada rato se actualiza la página web (www.casoveron.org.ar) ganó el rincón. La ventana que da al patio quedó tapada por una fotocopiadora que vio pasar páginas y más páginas del expediente judicial, cartas a distintas autoridades políticas y carteles con pedidos de ayuda desesperados.
En la esquina del aparador, una pila infinita de papeles mezcla copias de la causa con notas anónimas que aportan informaciones y papelitos con números de teléfonos de abogados o de “policías honrados”. La primera silla, a espaldas de la ventana que da a la tranquila calle Thames, de San Miguel de Tucumán, está más gastada que el resto de tanto tiempo que pasa allí Susana Trimarco, la mamá de Marita.
Susana, como tantas otras madres de víctimas, se convirtió en motor de la causa judicial y en parte central del activismo no gubernamental en contra de mafias. “Nunca me imaginé que de ser una madre, una mujer de su casa, iba a terminar en tanto trajín”, confiesa.
Su “trajín” incluyó recorrer prostíbulos en auto con su nieta (la hija de Marita, que hoy tiene 7 años) durmiendo en el asiento de atrás; entrevistar a travestis en bosques oscuros de La Rioja y correr a esconderse con ellos cuando la Policía llegaba. Y hasta hacerse pasar por prostituta para intentar obtener información sobre su hija. “La primera vez que entré a un prostíbulo fue en San Juan. Marita llevaba un mes desaparecida y yo les mostraba la foto a las chicas, diciéndoles que su mamá estaba enferma y que por eso la buscaba. Era impresionante: desnudas están allí”.
El teléfono no para de sonar en el comedor—oficina. La madre de una joven asesinada en Santiago del Estero la invita a una marcha por su hija. Un funcionario nacional del Programa Antiimpunidad le pasa los últimos avances de una investigación. Combina con una amiga detalles de la misa por Marita para mañana, cuando se cumplan los cuatro años de ausencia.
Le comenta a una colaboradora el reciente fallo de la Cámara de Apelaciones sobre el caso de su hija, ya elevado a juicio oral. Se enoja, y mucho, cuando llama un policía. “Que han estado haciendo ustedes en esta semana que me fui a Buenos Aires. ¡Díganme! ¿Por qué no atienden cuando los llamo? Ven mi teléfono y cortan, ya lo sé. (…) Cómo, ¿otra vez roto el auto? ¿Cómo puede ser? ¿Que son, ‘rompeautos’ ustedes? No. Ustedes son unos sinvergüenzas, que no me buscan a mi hija si yo no los persigo”.
Corta y cuenta enfurecida: “Les conseguí un auto nuevo, 50 litros de nafta por día, computadora, todo para que me busquen a mi hija. Pero nadie la busca. Si me voy una semana, ya no hacen nada y dicen que no funcionaba el auto. Pero a mi no me van a cansar tan fácil. Me están debiendo una hija y los voy a perseguir hasta el último día de mi vida. No me importa que sean policías o políticos poderosos”.
Lo cierto es que hoy la búsqueda de Marita está estancada. Con la elevación de la causa a juicio oral (hay 10 acusados de ser los captores de Marita y los que la sometieron a la prostitución) la fiscal del caso, Adriana Marcela Rainoso Cuello, dejó de investigar. Solo cuando la familia Verón la denunció por incumplimiento de los deberes, abrió nuevamente algunas líneas.
Pero según el abogado de los Verón, Saúl Ibáñez, “las actuaciones que realiza son nulas porque cuando se lo pedimos antes lo rechazó; es decir: si llega a conseguir una prueba, no serviría contra los actuales acusados”.
Nadie más que su madre y algunos colaboradores cercanos están realmente buscando a Marita Verón hoy. Y si hay una palabra que define estos cuatro años de búsqueda incansable de Susana, esa palabra es “recaptada”.
Así llama ella a las 89 mujeres esclavizadas y obligadas a trabajar como prostitutas (la mayoría menores de edad) que la Justicia liberó mientras buscaba a Marita en prostíbulos de Tucumán, La Rioja, Salta, Catamarca, Santiago del Estero, San Juan, Santa Cruz y hasta de España. El sueño de su vida, que la desvela noche tras noche, es que su hija Marita se convierta en una “recaptada”.
Cinco de las chicas liberadas contaron que vieron a Marita con vida, obligada a trabajar en prostíbulos. Y contaron que para mantenerlas cautivas las encerraban por las noches, amenazaban con matarlas si huían (en algunos casos hasta las hirieron de bala) y les pegaban si hablaban “demás” con algún cliente.
Todas dijeron que cada vez que estaban en confianza con Marita ella les decía quién era y que extrañaba horrores a su hija Micaela, que hoy ya cursa segundo grado (ver Micaela, entre el llanto)
Tres contaron que vieron a Marita en dos prostíbulos y la casa de una madama en La Rioja, que la habían teñido de rubio y usaba lentes de contacto de color celeste. Dos relataron que la vieron con un hijo en brazos, supuestamente de uno de los dueños de los prostíbulos (José El Chenga Gómez), hoy procesado. Según esos testimonios, él la habría elegido “como una de sus mujeres”.
“Cuando Micaela escuchó la versión de ese chico, me dijo: ‘Abuela, ¿por qué no lo estás buscando a él también? Alguien lo tiene que buscar’ Y yo, que no sé si realmente mi hija tuvo otro hijo, le contesté que de eso ya se iba a ocupar la Justicia. ¿Qué le podía decir a la pobre Mica?”, se resigna Susana.
La mamá de Marita está segura de que estuvo a punto de “recaptar” a su hija en noviembre de 2002, cuando allanaron el prostíbulo “El Desafío”, ubicado en las afueras de La Rioja. “Cuando fuimos la primera vez, el juez riojano Daniel Moreno puso trabas para hacer el allanamiento y tuvimos que volver Tucumán. La segunda vez, ya pudimos hacer las medidas, pero no se encontró nada. Igual mi marido preguntó si alguna chica estaba allí en contra de su voluntad y una dijo que sí”.
Esa chica contó que antes del allanamiento del local habían sacado a todas las menores esclavizadas y a Marita Verón. “Lo que pasa es que el juez Moreno es cliente de ese local y socio, los protege. Me hago cargo de lo que digo porque me lo contaron las propias chicas”, dice Susana con una firmeza que se hace trizas de tanto en tanto, cuando el sufrimiento de la ausencia forzada le gana. “Es una pelea contra todo: contra la mafia acá en Tucumán; contra la Justicia que mira para otro lado; contra la Policía. A veces es demasiado”.
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