SEGÚN DATOS DE LA AUTOPSIA, CAPDEVILLA FUE ASESINADO
Claudio Capdevilla es el guardia rural de Los Pumas que apareció muerto en los primeros días de agosto, poco después de ser liberado el narcotraficante Aldo Ferrero ‑que transportaba más de 150 kilos de marihuana‑, por una polémica decisión del Juzgado Federal de Reconquista que controla el cuestionado juez Eduardo Fariz. Tanto la Policía, como el juez de Instrucción de San Cristóbal, Aldo Precerutti y el subsecretario de Seguridad Pública, Gustavo Peters, abonaron en todo momento la hipótesis del suicidio. Rosario/12 reconstruyó las últimas horas del malogrado agente y accedió al contenido del informe de la autopsia, donde aparecen elementos contundentes que demuestran que fue asesinado, en una clara vendetta por su firme acusación, pese a los aprietes para que se retracte de sus dichos.
El agente Claudio Capdevilla estaba nervioso en los días previos a su muerte, pero no había perdido la calma. Estaba molesto por las tres veces que tuvo que viajar a Reconquista, para testimoniar, repetir lo dicho e incluso soportar un careo con el narcotraficante Aldo Ferrero en las oficinas del Juzgado Federal conducido por el cuestionado Eduardo Fariz. No podía entender eso de que el mismo hombre que una mañana le dijo “soy el conjuez de esta causa” ‑ante la sorpresiva ausencia de Fariz‑ y lo hizo declarar por primera vez, a los pocos días se presentó como el abogado defensor del mismo tipo que había detenido aquella tarde de marzo. Se trataba de Ricardo Degoumois, un individuo sobre el cual, en los últimos años, vienen girando narcos, contrabandistas y jefes de bandas regionales y a partir de lo cual tuvo un inusual crecimiento patrimonial en Reconquista. “Tenía mucha bronca por esa situación, porque sintió el apriete”, reveló un allegado a Capdevilla. “En todo momento lo querían hacer contradecir, para anular la causa”, se acotó. La última vez que compareció ante el Juzgado Federal de Reconquista fue el 7 de julio, en horas de la mañana. Antes de volver a declarar, el juez Fariz lo citó a solas a su despacho, donde permaneció por varios minutos, según reconoció una fuente policial que había acompañado al agente. Nunca se supo qué recomendación le hizo el cuestionado magistrado. Quizás jamás se sepa.
El joven policía de la Guardia Rural Los Pumas, de 30 años, oriundo de Vera, era el hombre clave de la causa. No solamente fue quien salió raudamente detrás del intento de fuga del delincuente cuando divisó la camioneta ‑a la que reconoció porque era el mismo vehículo observado en robos de la zona de San Cristóbal, en las semanas anteriores‑, sino también el primero que encaró a Ferrero y le rechazó su oferta. “Estoy hasta las manos. Llevo 150 kilos de marihuana atrás, pero podemos arreglar. Acá tengo el celular: llamo a un lugar y les consigo la plata que quieran. Para vos y tus compañeros”, le insistió. Ferrero nunca quiso decir luego quién podía estar esperando el llamado telefónico para solucionar cualquier inconveniente del camino, pero estaba claro que alguien del norte santafesino, ligado a la organización delictiva, estaba presto ante cualquier adversidad.
A los investigadores les quedó claro que el trabajo del narco regional no era aislado y que, al parecer, contaba con ciertos avales que ese día no funcionaron. Los paquetes de marihuana no estaban escondidos en lugares reservados del vehículo, sino dentro de las tres bolsas de maíz que tenía en la parte trasera, lo que se consideró una demostración de impunidad de movimientos. Hasta esos días de marzo, esa ruta de la droga estaba perfectamente delimitada, a partir de complicidades y garantías en sectores del poder. En los últimos tiempos, el contrabando y el narcotráfico hicieron varios negocios en el sector, a través de sus camellos o bien arrojando bultos desde avionetas, en horarios nocturnos, al lago que se formó tras una inundación en la zona, denominado Mar Chiquita. Cuando revisaron las pertenencias de Ferrero, además del celular, le encontraron pasajes de ómnibus a Paraguay y un pase fronterizo intransferible, para ingresar y salir cuantas veces fuera necesario del vecino país. En el cruce de llamadas del teléfono móvil se encontraron varios contactos del norte de Santa Fe, aunque sus nombres no trascendieron. Cuando se conozcan, quizás se entienda un poco mejor la historia.
A poco de llegar a Reconquista, el preso Ferrero fue trasladado a las celdas de la ciudad de Vera porque se lo consideraba “peligroso” y debía estar bajo “máxima seguridad”, ya que se calculaba que podía escapar. No obstante, diversas fuentes comentaron que pasó a ser uno de los presos privilegiados en la unidad carcelaria. “Hasta celular tenía y eso no es habitual”, comentó un policía. Sucede que para muchos, el hombre pasó a ser un narco reconocido y respetado en la región, que demostraba un crecimiento patrimonial importante y el manejo de ciertos recursos económicos que quebraron más de una conciencia policial en la zona, cuantas veces fue necesario. “Nosotros nos reíamos cuando algunos jefes policiales hablaban de que el operativo de detención del tipo había sido producto de una tarea de inteligencia. Lo capturaron Capdevilla y otros policías, porque relacionaron el vehículo con otros hechos y salieron a su caza”, acotó otro hombre de la fuerza.
Capdevilla era un muchacho criado en el campo, siempre recordado por su destreza con los caballos. Conocía muy bien la zona y era reconocido por su firmeza, honestidad y ser un buen conductor, aunque había tenido dos accidentes menores: uno, cuando en una estación de servicio de San Guillermo le dejaron la manguera del combustible puesta; en otro, al intentar esquivar un caballo que lo sorprendió en la ruta y lo alcanzó con la parte trasera de la camioneta. No era alcohólico (“nunca se emborrachó”, dijo su hermana) y estaba por casarse a fin de año con una joven de Vera, con quien tenía un pequeño que recién había empezado a dar los primeros pasos.
El viernes 5 de agosto, Capdevilla participó de un control de ruta en la localidad de Arrufó, en la intersección de las ruta provincial 23 y la nacional 34. Ese día habló en dos oportunidades por teléfono con su padre, que reside en Vera y había sido operado. Le prometió que el sábado al mediodía iba a estar con él. “Yo me encargo del asado”, le dijo. Desde el teléfono celular, le envió un mensaje de texto a su hermana, avisándole también que iba a estar con ellos, aprovechando el día franco que le correspondía. Cerca de la 1.30 de la madrugada del sábado salió del control de ruta y se volvió a San Guillermo, a unos 30 kilómetros de allí. Llegó al destacamento Los Pumas, se bañó y partió en la camioneta de la repartición que tenía asignada. Se detuvo en el bar Axis de San Guillermo, donde permaneció un rato y luego concurrió al boliche bailable, para acompañar a los policías que estaban haciendo adicionales en el lugar. Uno de los agentes, de apellido Trejo, le preguntó si podía llevarlo hasta Arrufó, porque tenía que prestar servicio y Capdevilla no tuvo problemas. Recorrieron unos 35 kilómetros para llegar. Capdevilla fue al mando de la camioneta sin ningún tipo de problemas. Cuando llegaron a la comisaría le pidió para pasar al baño para hacer sus necesidades fisiológicas y a los pocos minutos volvió a subirse a la camioneta. “Nos vemos en estos días”, le dijo al policía Trejo y partió tranquilo.
La reconstrucción de esas horas indica que recorrió unos 20 kilómetros hacia el poblado de Villa Trinidad y al llegar a una curva ‑que sigue de largo por un camino de ripio, que es la ruta 39 S‑ hizo ‑o le hicieron realizar‑ una mala maniobra, por lo cual frenó, arrastró la cuatro ruedas, chocó contra un poste de alambrado y volcó. El vehículo policial quedó apoyado sobre el techo, con las cubiertas al aire. Lo último que hizo Capdevilla fue llamar, desde su teléfono celular, a la casa de la abuela de su mejor amigo en Vera. El número quedó marcado esa madrugada, poco después de las 5 de la madrugada, pero, al parecer, nadie atendió en la casa.
Capdevilla apareció muerto con un balazo en la cabeza. A eso de las 6.45 de la mañana, un llamado anónimo alertó sobre el accidente. Los policías de Villa Trinidad fueron quienes acudieron al lugar. Doce horas antes de ese hecho, el imputado Ferrero había quedado en libertad por disposición del juez subrogante de Reconquista, Hugo Rebechi, ya que a la hora de resolver la cuestión, el magistrado Eduardo Fariz sorprendió a todos con un certificado médico, por lo cual pasó “parte de enfermo” aduciendo que lo aquejaba una lumbalgia que simple vista nunca se notó. “Ferrero y su familia tuvieron que pasar sí o sí por esta zona para llegar a Morteros (Córdoba), donde reside”, indicó la fuente policial. Entre Morteros y Villa Trinidad existen no más de 45 kilómetros; o sea, un radio de acción de la banda de Ferrero.
El joven agente Capdevilla tenía medio cuerpo fuera del vehículo, aún en su mano izquierda la pistola reglamentaria y todavía el teléfono celular en la mano derecha. Como que alguien lo había sorprendido cuando estaba tratando de comunicarse con su amigo. Inexplicablemente, el juez de Instrucción de San Cristóbal, Aldo Alfredo Precerutti, no llegó nunca al lugar del hecho. Hubo solamente diligencias policiales: una prueba de parafina en la mano izquierda de Capdevilla que dio “positivo” y el análisis de alcoholemia dio 1,8 de alcohol en el cuerpo. Este último lo hizo el bioquímico Gerardo Dalla Fontana, hermano del diputado provincial Ariel Dalla Fontana (PJ). “Fue un claro suicidio; tenía en la mano izquierda restos de pólvora y aparentemente se debió a trastornos sentimentales con una mujer de la zona, quien lo había abandonado”, indicó presuroso un vocero policial de la zona. El juez Precerutti no dudó en caratular como “suicidio” y archivó la causa. Ni siquiera ordenó autopsia. Recién reaccionó ante el reclamo de los familiares del policía muerto.
La exhumación del cuerpo del joven se produjo al día siguiente de la nota de Rosario/12, donde se plantearon las primeras dudas periodísticas sobre la muerte del policía y el accionar irregular del Juzgado Federal de Reconquista. O sea, 12 días después de la muerte. En esa misma jornada, el subsecretario de Seguridad Pública de la provincia, Gustavo Peters, en vez de marcar la distancia que requiere de parte de un funcionario un hecho de esta naturaleza, no dudó en avalar y reafirmar la hipótesis del supuesto suicidio. “Se hicieron todos los estudios de planimetría, el dermotest, inspecciones oculares en el lugar, por cuanto el vehículo estaba tumbado y él aparentemente se disparó con la mano izquierda”, remarcó, pese a que Capdevilla era diestro. El médico forense de Reconquista, Juan Manuel Maidana ‑quien hace más de 30 años trabaja en tal función‑ encontró elementos que tumbaron la hipótesis del suicidio y reafirmaron el concepto del crimen por encargo. El disparo fue realizado de arriba hacia abajo (cuando un suicidio se concreta de manera frontal con toda arma), con ángulo de izquierda a derecha. La bala ingresó por detrás de la oreja y el orificio de entrada no presentaba quemaduras cercanas, sino que era producto de un disparo realizado a más de 15 centímetros de distancia. No obstante, se hará una nueva pericial en el Cuerpo Médico Forense de Rosario, para determinar, fundamentalmente, la distancia del disparo, que se estima podría ser aún mayor.
Al parecer, Capdevilla venía siendo seguido desde las primeras horas de la noche. El policía Trejo ‑que fue el último con quien estuvo el agente asesinado‑ nunca observó nada extraño en el trayecto, pero Capdevilla apareció muerto después que lo dejó en Arrufó. Hay quienes le apuntan al silencioso seguimiento realizado por una moto, que no solamente habría provocado la mala maniobra del agente policial esa madrugada, para volcar con el vehículo, sino que su conductor también habría sido el ejecutor del joven. La impunidad de movimientos, la serenidad de la noche, en una zona totalmente descampada, conformaron el marco propicio para la ejecución, horas después de la salida de la cárcel de Ferrero. Si hubiese quedado detenido, quizás jamás se hubiera escrito esta crónica de muerte, dolor y mafia, sobre la que no pocos responsables tendrán que rendir cuenta.
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