SEGUNDA JORNADA EXITOSA DEL FESTIVAL DE ROCK EN COSQUÍN
La segunda jornada del que ya se perfila como el festival de rock más importante de la historia de Córdoba, comenzó cerca de las seis de la tarde con Villanos en el escenario principal. La preciada puntualidad tuvo su flanco criticable para el líder de la banda de Villa Celina: “vimos gente que había viajado 600 kilómetros para vernos, que llegaron, corriendo, al final del set”. Todo no se puede.
De haber podido sobrevolar el predio al calor de la tarde, cualquiera hubiera observado cómo el predio tomaba diferentes colores alrededor de los tres escenarios, y cómo se iba elevando con el correr de las horas una nube de polvo que se mantuvo hasta el final de los shows. Cerca del espacio dedicado al reggae, prevalecía la combinación de verde, amarillo y rojo que identifica desde sus orígenes a los seguidores del género. Entre el temático y el principal, el escenario Top-line no ofrecía tantos colores: las bandas de heavy metal que calentaban la espera por Sepultura congregaron alrededor del camión de los chicles a varias decenas de metaleros ataviados de riguroso negro. Finalmente frente al escenario más importante los seguidores de Cielo Razzo y quienes esperaban la llegada de Luis Alberto Spinetta ofrecían una no muy uniforme combinación de negro, rojo y los patrios celeste y blanco.Contra el polvillo suspendido, nada que hacer, algunos improvisaron barbijos con remeras.
Cuando el flaco más respetado del rock nacional hizo su ingreso, fue llamativa la cantidad de público que se agrupó frente a la estructura central, y más sorprendente aún las edades, que promediaban los veinticinco años. Luis Alberto arrancó con Vidamí y A su amor allí, dos temas de Para los árboles, su disco de 2003, acompañado de su cada vez más sólida agrupación compuesta por la bella Nerina Nicotra en bajo, Claudio Cardone en teclados y Cristian Judurcha en Batería, para regalar después un recorrido por buena parte de su carrera de treinta y tantos discos. Momentos aparte fueron la conmovedora interpretación de Crisantemo, dedicada por el flaco a “las vidas que quedaron en Cromañón, con toda nuestra alma y sin demagogias, porque son víctimas de este mundo retorcido en el que, a veces, hasta la naturaleza conspira contra la vida humana, como ocurrió con los tsunamis”, y más tarde cuando abordó un clásico que fue coreado por los asistentes: Durazno sangrando.
Acto seguido, y mientras en el escenario temático los cordobeses de Armando Flores congregaban a una respetable multitud, Los Pericos hicieron bailar desde el arranque con los aires celtas de Ojos de Ciudad, una de sus más recientes canciones, así como con Mi plan perfecto, un estreno exclusivo para esta edición del festival, que forma parte del próximo disco de la banda, de título tentativo Todos contentos. Antes de partir hacia México, donde los esperan catorce presentaciones, los comandados por Juanchi Baleirón repasaron su historia musical.
Sin dudas el momento más emotivo de la noche, y quizás de todo el festival, vino de la mano de León Gieco. Cuando anunció a su último invitado, el suelo del predio literalmente tembló por las corridas de la gente que no sabía si dar crédito o no a lo que acababan de escuchar: ”¡Charly García!”. Treinta años después de Porsuigieco, el dúo se despachó con La mamá de Jimmy, El fantasma de Canterville, Pensar en Nada y La colina de la vida. La historia del rock nacional sumaba un nuevo hito.
Para entonces, las huestes del reggae también vivían un momento memorable: sobre el escenario temático se despedía Fidel Nadal, y los primeros acordes de Mostrame tu forma, de Los Cafres, vestían de Jamaica –banderas incluídas- a esa parte del terreno.
En el principal, y después de una prueba de sonido que a los oídos de los fanáticos fue eterna, los brasileros de Sepultura descargaron artillería pesada en un set arrasador; tal vez demasiado centrado en la revisión de clásicos de la época de Max Cavalera, como Refuse Resist y Territory, entre varios títulos del antológico disco Chaos AD. Desperate Cry, de Arise, llevó la intensidad del pogo al límite. La mitad de los fanáticos cordobeses de Sepultura vivó una emoción aparte cuando Andreas Kisser, el guitarrista, “peló” su camiseta de Belgrano.
Mientras, en el otro extremo del predio, Los Cafres alargaban su show cuarenta minutos más de lo previsto, recibiendo a la porción de público que, poco acostumbrada al registro un tanto violento de los brasileros, buscaban algo de sosiego.
Más tarde, ya desandando lo que quedaba de la noche, y sin “competencia” en los otros escenarios, Pappo subió para hacer sonar clásicos de la talla de Blues local, acompañado por su banda y por Miguel Botafogo, quien no sería el único invitado del creador de Mi vieja. Minutos más tarde, Charly García hizo su tercera aparición en dos días para acompañar a Pappo en Desconfío de la vida, una versión spanglish de Popotitos y Sucio y desprolijo. Qué facil parece tocar rock and roll con Nappolitano, Botafogo y García en el mismo equipo.
Finalmente, pasadas las 3 de la madrugada subió al escenario el combo chilango Molotov, que entre el repaso de sus hits y la presentación de temas de Con todo respeto, su más reciente producción, puso en combustión a las diez mil personas que, a esa altura, pugnaban por entrar en calor. Durante el larguísimo set de Pappo prácticamente la mitad de la concurrencia comenzó, progresivamente, el retorno a sus casas o carpas, por lo que los mexicanos se enfrentaron a una audiencia diezmada y expuesta al frío: ¿cuánto demoraron en acalorarlos? Tres temas. Así de contundente.
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