SEIS DE CADA DIEZ DISCOS VENDIDOS EN EL PAÍS SON TRUCHOS
De la mano de Internet, y a caballo de la expansión y continuo abaratamiento de la tecnología digital, la piratería no sólo consolida su penetración en el comercio de música local sino que, lejos de retroceder, avanza: según datos de la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (CAPIF) del 2005, el mercado ilegal llegó a acaparar el año pasado el 60% del total, una cifra que arroja un crecimiento del 5% respecto del 2004.
Los números expresan el problema con elocuencia: 6 de cada 10 discos que se venden en Argentina son truchos. La circulación de unidades ilícitas trepó en 2005 de 15,9 millones a 20,7 millones, contra 13,8 millones de discos legales. Si bien el número de puestos de venta en la vía pública disminuyó, la venta crece a la sombra de un fenómeno en franca expansión: el “home delivery”. Cada vez más gente hace pedidos a través de Internet y recibe en su hogar o en su trabajo el encargo en cuestión de horas.
Trenes, colectivos, ferias, parques, plazas, comercios, ferias y demás. Los ciudadanos porteños —y los del resto del país— se tutean a diario con el último eslabón de una cadena que tiene su origen en laboratorios clandestinos más o menos “profesionalizados”, desperdigados por rincones de lo más diversos: desde precarias casitas en barrios de bajos recursos hasta departamentos céntricos en los que el valor del metro cuadrado supera los mil dólares. En ambos casos, desde las sombras y con computadoras de última generación, fabrican a muy bajo costo CDs que luego distribuyen a vendedores de todo el país. En algunos casos incluso, antes del lanzamiento oficial del disco por parte de las compañías.
Eso ocurrió, por ejemplo, con Los número 1 de Operación Triunfo (salió a la venta en las calles porteñas y rosarinas antes de que la discográfica lo enviara a las góndolas) y con Vicentico, el primer disco solista del ex integrante de Los Fabulosos Cadillacs, lanzado en 2002.
Lo llamativo es que todo ocurre bajo la luz del sol: el 40% de los discos piratas es adquirido en ferias y puestos de la vía pública, a la vista de todos (según un relevamiento de la propia CAPIF, el 35% de los mismos están en Recoleta), o en disquerías y quioscos que venden discos (y DVDs) piratas sin ningún disimulo.
La piratería musical asume dos formas: la física y la digital. Por estos días, los discos más pirateados son El regreso, de Andrés Calamaro, Anoche, de Babasónicos, Sin restricciones. En vivo, de Miranda, Espíritu, de La Mancha de Rolando, Adentro, del guatemalteco Ricardo Arjona, Guapa, de La Oreja, y Oral Fixation, de la colombiana Shakira.
Sobre gustos, hay algo escrito. En lo que hace a las preferencias a la hora de comprar discos piratas o bajar música de la Web, el rock/pop nacional y el internacional se llevan las palmas (sobre todo entre quienes descargan canciones de Internet). Lo siguen los temas melódicos y románticos y, recién después, la bailanta y el cuarteto. Los que menos recurren a la piratería son los amantes del tango y la música electrónica.
Según estimaciones de CAPIF, el mercado ilegal de música mueve en el país unos 125 millones de pesos al año. Pero el impacto de la piratería sobre esta industria no golpea exclusivamente en términos de ventas. Las pérdidas económicas deben medirse de modo más amplio. “La práctica ilegal hace desaparecer miles de puestos de trabajo legales, empobrece el desarrollo cultural del país y atenta contra la propiedad intelectual de los autores, los intérpretes y las discográficas”, destacan en CAPIF.
“La piratería es un delito manejado por organizaciones criminales que no desarrollan artistas, no invierten en proyectos ni pagan impuestos ni regalías, con lo cual pierde el Estado y perdemos todos”, destaca Gabriel Salcedo, director ejecutivo de CAPIF.
Hay algo irrefutable: la piratería crece amparada no sólo en las nuevas posibilidades tecnológicas sino también en una cuestión de precios. Los discos piratas se pagan entre 3 y 5 pesos, y los álbumes legítimos oscilan, en promedio, entre los 20 y los 30. “Es imposible que la industria formal equipare esos precios por la inversión que requiere el desarrollo de cada producto —subraya Salcedo—. Pero hay formas de atacar la venta ilegal y creemos que el Estado argentino no disuade de una manera efectiva. Su reacción ante el flagelo de la piratería no es suficiente”.
Según Salcedo, el comercio ilegal de música involucra a muchos actores y nadie debería esquivar el bulto: “Sin consumidores —dice— no habría piratería”.
Bajar música de Internet es delito, pero no suele sancionarse
¿Es delito bajarse música de Internet? ¿Es delito comprar un disco pirata? ¿Qué pasa si uno lo vende? La pregunta tiene absoluta vigencia, a partir del incremento de la venta de discos piratas y del hábito, también creciente, de recurrir a la Web para convertir en propia la música que se ofrece. La piratería se inscribe en el delito de defraudación intelectual. La ley 11.723 reprime al que “defraude los derechos de propiedad intelectual y/o edite, venda o reproduzca por cualquier medio o instrumento una obra inédita o publicada sin autorización de su autor”. Pero, en los hechos, la duplicación en nuestro país no se castiga: es en la comercialización donde aparece la infracción. Y hay más: a la hora de probar la responsabilidad de alguien en este tipo de delitos el tema se complica, alimentando una sensación de impunidad que agrava las cosas.
Uno de los problemas más difíciles al momento de combatir la piratería es que la informalidad propia de este delito se estrella contra las formalidades que exige la Justicia para avanzar en un proceso y sancionar.
La ley 11.723 otorga a los productores de fonogramas la posibilidad de denunciar ante la Justicia penal estos delitos. En el último año, de hecho, hubo un centenar de procedimientos en la vía pública y se secuestraron más de 194.000 unidades. Pero, aún así, la batalla contra la piratería es lenta y difícil: en 2005 hubo sólo dos condenados por el delito de asociación ilícita con la finalidad de cometer delitos contra la propiedad intelectual.
“Bajarse música y copiarla es una infracción, pero nosotros no vamos contra los que descargan canciones de la Web sino contra lo que la distribuyen y proveen software para compartir música a través de la Web”, dice Salcedo desde la CAPIF.
Los músicos, en contra
Consultados por Clarín, dos referentes de la música nacional, Gustavo Santaolalla y León Gieco, coincidieron en que la piratería afecta a toda la industria discográfica.
Gustavo Santaolalla: “La piratería es un problema que afecta a la industria entera, desde el primero al último empleado de una discográfica y al artista mismo. Debemos ser conscientes de que es un robo como cualquier otro. Las nuevas tecnologías digitales deben ser usadas como una nueva forma de comercialización de la música de manera legal, y no como un instrumento para facilitar el downloading”.
León Gieco: “Intercambiar archivos de música sin autorización de quienes participaron en su creación es ilegal. Y si esta práctica continúa en breve destruirá nuestras posibilidades de hacer y de disfrutar de la música. La piratería daña todo el proceso creativo y la fuente de trabajo de muchas familias. En cambio, si empezamos a usar sitios de Internet en los que se puede acceder a la música en forma legítima, podrán surgir nuevos puntos de encuentro entre la música y el público, y así estaremos incentivando nuevos artistas y compositores”.
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