SEMILLAS DE MALDAD
La ilusión de una América republicana y democrática se desvanece cuando la prensa te informa de cada paso de los miembros de la monarquía local (Paris, Mary Kate, Lindsay, Jessica) y directamente se pulveriza cuando te presenta a las que vienen en la línea de sucesión: las hermanitas Lamb y Lynx, princesas herederas del pop, cantantes del grupo Prussian Blue (“azul prusiano”), portavoces de la supremacía blanca y admiradoras confesas de Hitler.
Si pasás una temporada en Burbank (“una ciudad tan conservadora que se parece más a Kansas que a la enloquecida Hollywood”, avisa el Yahoo! Travel) podés encontrar su disco en la sucursal de Virgin o toparte con ellas al sintonizar ABC, el canal 7 del aire local, donde hicieron caritas ante las cámaras del programa Primetime. Lamb y Lynx Gaede son casi como cualquier americanita de 13, nativas de Bakersfield, acá nomás en California, y poseedoras de la mayor ambición nacional: alcanzar una estrella.
Parecen réplicas lobotomizadas de Avril Lavigne hasta que se ponen la remera estampada con el logo que los supremacistas blancos popularizaron en la América profunda: un “smile” monstruoso, caracterizado como el demonio de bigotito y flequillo. “¿El Holocausto? No niego que los judíos hayan muerto en campos de concentración”, le dice April, la mamá de las mellizas, al periodista Aaron Gell en el último número de la revista GQ: “Pero no creo que haya sido tan drástico como lo quieren hacer ver”.
Prussian Blue se formó en el 2001, durante el “Eurofest” en Sacramento, una reunión anual de la Alianza Nacional (la milicia neonazi más convocante): las rubiecitas cantaron a capella el himno fascistoide Ocean of Warriors y, ahí nomás, fueron fichadas por el extremista William Pierce, que los ofreció un contrato en Resistance Records, su propio sello (las milicias están tan organizadas como cualquier multinacional eficiente, y tienen su discográfica). Como una corderita aria, Lamb empezó a tocar la guitarra y Lynx, el violín. En menos de un año ya habían lanzado su primer disco (Fragment of the Future), que incluye un cover de un himno de la Wehrmacht, sí: las fuerzas armadas nazis.
“Todos hablan de los judíos pero la gente no entiende que, en un sentido amplio, la ideología del nacionalsocialismo es una cosa hermosa, realmente lo es”, se acalora April, que planea mudarse de barrio con sus chicas: la casa les queda estrecha a las princesas prusianas, celebridades de los mitines neonazis y ahora habitués de tabloides. Además, ya no quieren vivir en “Mexifornia” (sic): “Unos chicanos se mudaron a nuestro barrio: se sientan en el garage con la puerta abierta, tomando cerveza. En cinco años, toda la cuadra será mestiza”.
Las hermanas Gaede le agregan acordes teen pop (ellas dicen “pop punk”) al soundtrack imaginario de estas calles, donde la fantasía californiana de tolerancia vuelve a cero cada vez que cruza la calle aquel extraviado que parece en el día franco de la milicia (y, seguro: portador de carnet de la Asociación Nacional del Rifle) y entra a la disquería tal vez para pedir The Path We Chose, el segundo álbum de las Prussian Blue, que se grabó en septiembre en un estudio secreto después de que el ingeniero de sonido fuera amenazado de muerte. Hoy las chicas se consternan: “Es increíble lo intolerante que puede ser la gente”.
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