Separadas al nacer
Ahí está la plaza central de La Rioja, con San Martín señalando la lejanía desde su caballo, con su ritmo cansino de unos pocos aprendices de yupie que nunca serán, con arboledas que saben historias novelescas de caudillos de la patria, con tradicionalistas de tonada andina que conocen guitarras y guitarreadas. ¿O es ésta San Fernando del Valle, la capital de Catamarca?
Cualquiera puede ser, si uno mira de soslayo. Para el forastero se asemejan; pero para el oriundo, se distinguen bien. Dicen los catamarqueños que los riojanos cuidan más la identidad y defienden lo suyo. Dicen los riojanos que tan así no es, de lo contrario, no hubieran tenido que sufrir un éxodo poblacional que dejó a la provincia con la mitad de sus habitantes llegados desde otros lares.
Sin embargo, las dos son religiosas por donde se las mire, las dos le piden a Dios todo el tiempo que les evite la pena que nunca se evitó. Las dos tuvieron caudillos grandes y émulos avivados de caudillos que las empequeñecieron. Las dos ven partir al sur a sus hijos que buscan un futuro de subsistencia, cansados de suplicarle a la Virgencita del Valle. Las dos concentran su población en unas pocas ciudades y tienen al interior despoblado y reseco.
Una siesta en La Rioja dura tanto como una pena honda, o como una siesta en Catamarca. Y un vaso de vino en Catamarca dura tan poco como un suspiro, o como un vaso de vino en La Rioja. Es que, a largas siestas se fue gestando el ritmo cansino de las dos ciudades y a vinos trasnochados se fue moldeando la poesía folklórica que anda contando el paisaje.
Los riojanos tienen la Fiesta de la Chaya en febrero y los catamarqueños la Fiesta del Poncho, en julio. La leyenda dice que la Chaya era una hermosa aborigen que vio frustrado su amor con un indio valeroso que fue a su rescate, de los malos de siempre que querían separarlos. Y no hay noroeste sin leyendas como la de la Chaya, como tampoco lo hay sin ponchos que las abriguen, o sin fiestas que las reivindiquen.
Añejas, cristianas, cansinas, festivas, obreras, emigrantes, folklóricas, sumisas, festivas, bajitas, ahí están La Rioja y Catamarca. Pero no se crean que son idénticas. Puede pasarles que tanto tratar de diferenciarse se terminen pareciendo. O pueden haber sido víctimas de la letra de un cronista que pasó por allí en un abrir y cerrar de ojos, con tiempos más urgentes, ajenos a los de La Rioja. O a los de Catamarca.
Este contenido no está abierto a comentarios

