SÉPTIMO DÍA CONSECUTIVO DE VIOLENCIA EN LAS PUERTAS DE PARÍS
El auto incendiado aún hecha humo y hay otros 70 vehículos en el mismo estado. Las piedras están desparramadas sobre el pavimento. Los tarros de basura, dados vuelta y calcinados. Son las “bombas ambulantes” con que los jóvenes excluidos de Clichy sous Bois, uno de los suburbios parisinos en rebelión contra las fuerzas de seguridad por séptimo día, enfrentaron a la Policía en la madrugada de ayer. La tensión se extendió a Bobigny, a las puertas de París y al cierre de este edición aún no se había calmado.
La violencia es una nueva prueba del fracaso de la integración de los jóvenes extranjeros (en su mayoría de origen musulmán) en los suburbios.
“Kaercher” es un poderoso limpiador industrial. El ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, amenazó con “kaercheristar” los guetos que rodean París y terminar con los “rateros”, como llamó a sus habitantes. Esta “semántica guerrera” sólo atizó el fuego del conflicto en los suburbios y en el gobierno de Jacques Chirac. Una crisis que se inició el jueves pasado cuando dos jóvenes murieron electrocutados en Clichy sous Bois, creyendo ser perseguidos por la policía, lo que no era el caso, según las autoridades.
Además de la rebelión de los guetos, una batalla sin cuartel se ha entablado entre el primer ministro, Dominique de Villepin, y Sarkozy para intentar controlar la situación, en medio de una ambiciosa carrera presidencial que los tiene como protagonistas. El presidente Chirac rompió su silencio para llamar a la calma, al diálogo y hacer de árbitro en la pelea en el seno del gobierno .
En su tapa, el diario Liberation destacó: “Guerra de bandas en el gobierno. La violencia es el pretexto de un nuevo enfrentamiento entre Villepin y Sarkozy”.
En Clichy sous Bois nunca vieron llegar al ministro del Interior, pero su figura es detestada. “Nosotros no somos rateros, como él dice, ni asesinos. Aquí no hay que usar Kaercher: se deben crear trabajos, hay que sacar a los jóvenes de la droga y no discriminar”, se angustia Iman, una malí con seis hijos, dos de los cuales participaron activamente en los disturbios.
La Policía ya no está en el barrio en la mañana del miércoles. La calma es completa si no fuera por los vestigios de una madrugada violenta. Los vecinos dialogan al salir a hacer las compras, un poco en francés y otro en árabe, del miedo de la noche anterior, de las balas de goma, del rol de los líderes musulmanes en conseguir la calma. La mayoría de sus habitantes son inmigrantes de Africa del Norte, que llegaron a Francia en la década del 60.
Los protagonistas de los violentos incidentes son sus nietos o sus hijos, que reaccionaron después de que dos jóvenes del barrio murieran electrocutados cuando treparon las paredes de un generador eléctrico.
Los edificios parecen palomares de varios pisos, con ventanas pequeñas, paredes húmedas y docenas de antenas satelitales. Allí viven hacinadas familias completas, incluidos abuelos, hijos casados y sus propios hijos, mayoritariamente sin trabajo y especialmente, alienados ante un futuro sin perspectivas.
Cuando la Policía llega a Clichy es para hacer controles de identidad. Los habitantes se quejan que su objetivo siempre son los negros, a los que requisan inevitablemente, aún en su propia casa. “Por eso los menores murieron electrocutados”, explica el dueño de un mercadito. “Le tienen terror a la Policía”.
Los imanes del barrio son las nuevas figuras de autoridad. Ante la fuerza de la violencia, ellos han salido a la calle a frenar a los jóvenes y forzarlos a regresar a sus casas.
Ana, una negra de 24 años nacida en Cabo Verde, pero francesa nacionalizada, explica el estigma de ser negro en la búsqueda laboral y tener como domicilio una “cite”, como llaman en Francia a los ghetos de inmigrantes.
“Yo terminé mi bachillerato en Francia. Hablo fluidamente inglés, francés, portugués y español y nunca logré conseguir un trabajo de secretaria. Soy mucama por horas. La última vez que fui a un lugar a dejar mi currículum, me di vuelta y vi que la recepcionista lo tiraba a la basura. Ya me resigné pero me siento frustrada porque es injusto. Esas cosas son la raíz de esta furia”, se lamenta, mientras espera un colectivo en Clichy, que no llega por los disturbios.
Sarkozy suspendió su visita a Afganistán y Pakistán, países en los que pensaba iniciar negociaciones para repatriar inmigrantes ilegales, a causa de la violencia. Pero no se arrepiente de su lenguaje. “Es hora que la clase política hable con las palabras que comprenden los franceses. Yo no empleo palabras crudas, soy alguien bien educado, y menos palabras violentas”, aseguró.
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