SEQUÍA Y PREOCUPACIÓN EN EL AGRO BONAERENSE
“¡No! ¿Sabés qué pasa si eso se cumple? Yo me muero o me voy. ¡Que el último apague la luz!”, exclamó Néstor Filócomo, un consignatario del partido de Saavedra. LA NACIÓN acababa de preguntarle qué pasaría con la región sudoeste en caso de que se cumpliera la predicción del especialista en agroclimatología Eduardo Sierra, que dijo que sólo llovería a partir de octubre.
La expresión refleja la preocupación que tienen productores y habitantes de los trece distritos bonaerenses declarados en estado de emergencia y desastre agropecuario, que tendrían pérdidas en la producción de entre 60 y 70 %, según datos de las sociedades rurales.
Las cifras son contundentes. El porcentaje de lluvia esperado para esta fecha sólo se habría cumplido en un 50%. De los casi 3,2 millones de hectáreas que habitualmente se siembran con trigo (24% del total nacional), las entidades rurales calculan que en Buenos Aires sólo se sembró entre un 20 y 30%.
En Saavedra (donde en años normales se plantan unas 100.000 hectáreas) estiman pérdidas por 42 millones de pesos para una zona que depende económicamente de la actividad agropecuaria, explicó Roberto Coquet, presidente de la Sociedad Rural local.
Según el informe de Sierra, especialista de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Buenos Aires (Fauba), hay una “diagonal árida” que abarca gran parte del área agrícola y que afectaría especialmente al sudoeste de Buenos Aires y de La Pampa.
“Este escenario se genera porque la temperatura de los mares que rodean el Cono Sur está por debajo de sus valores normales, produciendo un efecto depresor sobre las precipitaciones”, explica el comunicado de Sierra, difundido por la Fundación Climagro.
En este contexto, la ganadería, estandarte de la región sudoeste, es la más afectada. Se calcula que este año los productores ya se deshicieron de un 20% de sus planteles. Si a eso se suma la venta de vacunos que se viene dando de 2003, por las consecuencias de la anterior sequía, “se saca la conclusión de que esta zona ganadera se está descapitalizando”, dijo Filócomo.
Eso no es todo. La declaración de estado de desastre, que alivia a los productores al condonar el 80% del impuesto inmobiliario, implica una menor entrada de fondos para la comuna. Por eso hay casos como el de Tornquist, sobre lo que dio cuenta LA NACIÓN en la edición del viernes último, en la que se escuchan quejas de productores por las presiones de las municipalidades para que no se decrete la emergencia. En otras, los intendentes son productores y defienden al sector.
“La correspondencia fiscal implica una disminución de fondos que es complicada. Pero en este caso había que pedirla, porque la situación es insostenible”, dijo Rubén Grenada, intendente de Saavedra. “Tenés que pelear mucho, porque a los políticos el campo no les importa. Las vacas no votan”, dijo.
Facundo Simone es otro productor afectado por las vacas flacas, porque el peor efecto de la sequía es el debilitamiento del ganado por mala alimentación, lo que lo llevó a desprenderse de sus madres y comprar terneritas, porque tienen menos requerimientos nutricionales. Hoy, mantener 100 vacas en pie cuesta unos 350 pesos por día.
El panorama, cuando se recorre Goyena, Saavedra, Pigüé y las localidades cercanas, es parecido. Hay plantaciones de rastrojo de maíz, de avena, de trigo, pero todas parecen lo mismo: un desierto de tierra plana que, para colmo, fue atacado por el pulgón, una plaga que es consecuencia de la seca. “Todo lo que planificamos se dio vuelta. Por más previsor que hayas sido, el presupuesto forrajero ya se te liquidó”, dijo un productor de Goyena. “Ya me desprendí del 50% de la hacienda y al otro 50% trato de mantenerlo. A la inversión no la recupero; trato de no perder los kilos que ya gané en los vacunos”, agregó.
ALTOS COSTOS Y MENOS VENTAS
A Pedro Marcaida, que a los 87 años sigue desafiando la helada en Goyena para encerrar la hacienda, también se le trastrocaron los números. En sus 1600 ha tiene 350 de trigo y avena. Pero todavía no sembró nada, por lo que dejará de producir, si la situación se mantiene, un volumen valuado en 250.000 pesos. “Para sostener a las vacas gastamos $ 850 por día”, explicó su hijo, Nelson.
El panorama en la vecina La Pampa es aún peor. Los productores comentan que, en distritos como Guatraché, la situación es desesperante. Según la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa, en los distritos afectados por la escasez, “las reservas de alimentos están agotadas, porque en abril se inició la alimentación con silo y sólo hay previsión hasta agosto. En cuanto al trigo, la superficie sembrada no llega al 7 por ciento”.
Los comerciantes y prestadores de servicios relacionados directamente con el sector también están preocupados. A Ezequiel Galgano, propietario del hotel Sierra, el único de Saavedra, la prosperidad de 2004 lo había envalentonado para ampliar sus instalaciones, de diez habitaciones. Hace poco paró las obras: “Si en vez de un remate mensual tenemos uno cada dos meses, no vale la pena seguir”. Sergio Schwerd, del hotel Central, de Pigüé, coincidió: “Ahora el cliente cuida más el bolsillo”.
“¿Cómo no nos va a jorobar el negocio la seca, si todos los tractores están parados en los galpones?”, dijo Nelson Agosta desde la ventanilla de un camión distribuidor F-800. Agosta trabaja en Felice y Magno, distribuidora de gasoil de Repsol YPF en un radio 100 km de Saavedra, y notó que, respecto de 2004, las ventas se redujeron al menos en un 50%: “En estos pueblos de 4000 habitantes no hay otra: todo se mueve alrededor del agro”.
En los demás comercios (quioscos, locales de ropa, zapaterías, telecentros, estaciones de servicio) afirman no registrar todavía una merma en las ventas. “Pero creo que se va a notar recién a fin de año o el próximo. Eso pasó con la anterior sequía, y fue muy bravo”, vaticinó Dora Carreño, que desde hace 44 años atiende un local de ropa en Saavedra al que bautizó “La luchadora”, toda una metáfora de la típica vida de sacrificios de los pueblos lejos de todo, menos del olvido.
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