Será Justicia
Cuando Hernando de Magallanes llegó a la Bahía de San Julián, en un legendario viaje que lo consagró como el primer marino en dar una vuelta al mundo, tuvo que sofocar un levantamiento de buen parte de su tripulación. Como corresponde en estos casos, en los que un marino debía bregar con personajes duros, ex presidiarios, de baja estofa, para demostrar quien era el que mandaba, ordenó que varios sublevados fueran decapitados.
De las cinco naves que guiaba el navegante portugués, al servicio de la corona española, tres querían imponer sus propias leyes y hasta pensaron en matarlo. Pero Hernando, que no en vano tenía tantas horas navegadas, supo abolir la alzada. Uno de los casos salientes, acaso porque sabía ya eso de “divide e impera”, fue un jerarca rebelde que terminó hachado por su propio esclavo, que tuvo que matar al amo para salvar su propio pellejo.
Ésta muerte, y otras, tuvieron lugar en la isla que está frente a San Julián, ese triángulo de dimensiones breves que se ve desde la costa como si fuera un obstáculo para poder ver mar adentro. Por eso el portugués –según narra Pigafetta, el cronista del viaje- la inmortalizó con el nombre de Isla Justicia, que sería refrendado años más tarde por el corsario inglés Sir Drake.
Drake también era empleado, pero de la corona británica. Y se sabe que los ingleses, desde que el mundo es mundo y desde que el mar es mar, cuando no consiguen algo que desean, lo toman como suyo. En eso andaba el pirata 58 años después que Magallanes: tomando por suyo lo que otros habían encontrado antes, si era preciso de malos modos, tal el estilo inglés, mucho antes de Margarita Thatcher.
Pero resulta que un muchachón que tributaba para Drake se quiso pasar de vivo. El pirata lo sorprendió robando para sí mismo. O sea, robaba a Drake lo que Drake había robado a los españoles, de lo que los españoles le habían robado a los indios. Pero Drake, sin darle los 100 años de perdón que manda el refrán, ordenó que al hombre lo liquidaran. En realidad, le dio tres opciones: volver a Inglaterra y que todos supieran de su condición, morir en el mar, o morir aquí mismo y ser enterrado.
El hombre, de un honor que los ladrones de nuestro tiempo ya no tienen, eligió esto último. Y Drake –hombre de enternecerse poco y nada- lo hizo ejecutar en la Isla Justicia, que volvió a hacer gala de su bien colocado nombre. En adelante, otros sinvergüenzas anduvieron por San Julián, claro, y por el resto de lo que todavía no era la Argentina, pero ahora, ya ve, los ajusticiamientos han quedado fuera de moda.
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