¿Seremos? como el Che
Rutina de congresos. La llegada, la acreditación, la camaradería entre congresistas de la misma fauna que se conocen de otros anteriores de características similares. La división en comisiones para discutir temas que en el día final serán conclusiones de cómo arreglar lo que parece que no tiene arreglo.
Éste, en una escuela-hogar de Mendoza que mandó construir Evita, es organizado por una de las tres casas de la amistad entre Argentina y Cuba, que parecen que profesan esa amistad con la isla pero no entre ellas, porque de lo contrario no fueran tres. Y se llama así: Encuentro Nacional del Movimiento de Amistad y Solidaridad con Cuba.
Corre el mate y el debate, calientes ambos, en las comisiones fraternas, que son cuatro, todas de títulos pretenciosos. “Acciones contra la escalada agresiva del imperialismo hacia Cuba. Planes contrarrevolucionarios y desestabilización. Campaña por la libertad de los Cinco, etc”, tan sólo así promete la primera.
Las otras, Alternativa Bolivariana para las Américas. Tareas para su difusión (algo que parece mas viable: difundir); Cumbre de los pueblos a realizarse en Mar del Plata (tampoco imposible) y otros temas y, por último, Brigada de trabajo voluntarios 2006, Finanzas del movimiento y demás.
Antes habla Alejandro González Galiano, el embajador de la querida isla en Argentina. Y después se almuerza, que también es bueno después de las encendidas exposiciones de los distintos disertantes de muchas organizaciones. Justamente el almuerzo no se parece nada revolucionario.
González Galiano y los organizadores comen en una sala a puertas y cortinas cerradas.
El resto, en aulas habilitadas para el menester. Para la comida se entregan tickets, con los que hay que retirarla. De pronto, a un grupo de rezagados jóvenes se les anuncia que acaben pronto el primer plato, porque el asado que conforma el segundo está por acabarse.
Los pibes van hacia la cocina prestos. Pero les informan que no hay más asado. Sin embargo, uno de ellos ve que, en efecto, todavía queda carne. Ante el pedido le otorgan una porción menor y le hacen saber que eso que se había guardado era para la habitación donde comían el embajador y los organizadores.
Me recuerda a una anécdota muy comentada en Cuba. Dicen que un 6 de enero llegó el Che a su casa y vio que a sus hijos les habían hecho un regalo de Reyes. Preguntó si tenían todos los chicos ese regalo y, contestado que no, ordenó que sus propios hijos se quedaran sin juguete. Dijo que hasta que todos no lo tuvieran no era justo que los suyos sí.
A la tarde se nos informa que el embajador no hace declaraciones, pero en cambio, sí estaría dispuesto a la entrevista un vocero. Las comisiones vuelven al fragor y algunos congresistas se duermen en las butacas, mientras otros disertan y unos terceros anotan ansiosos.
En un pasillo, fuera de las aulas, se venden libros de Lenín, de Marx y Engels, de Trotsky y otros autores. También se comercializan artesanías con la cara del Che Guevara y frases célebres del guerrillero heroico. Seguramente todos esos libros y esas frases dan cuenta que a la comida hay que repartirla entre todos, en partes iguales.
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