SEXO, CINÍSMO Y MELODÍA
Qué pueden tener en común un director, actor y régisseur como Alfredo Arias y un oscuro militar francés de cuya muerte en una de las campañas napoleónicas se están cumpliendo exactamente doscientos años? ¿Qué pueden tener en común, incluso considerando que aquel soldado de carrera coqueteó con la literatura, si bien sólo uno de sus textos lo hizo célebre? Y aun teniendo en cuenta que ese texto célebre es el que ahora está a punto de estrenar el director argentino, en una versión musical en tiempo de bolero, las sintonías podrían parecer agotadas. Pero no. La novela Las relaciones peligrosas que con el título de Relaciones tropicales se estrenará en La Trastienda el 14 de agosto, no es la única coincidencia entre el director Alfredo Arias y el francés Pierre Ambroise Choderlos de Laclos (1741-1803). Uno y otro —aunque con más de doscientos años de diferencia— pasaron por la carrera militar. Y parece que los toscos rigores del cuartel les sirvieron para entender que la libertad y la poesía contienen mejor a la naturaleza que el rigor y las normas.
Faltaba más de una década para la Revolución Francesa cuando Choderlos de Laclos, un oficial que llegaría a general de brigada a las órdenes de Napoleón, empezó a escribir poemas, libretos de ópera y relatos, en el intento de aliviar la monotonía de la vida en la guarnición de provincias donde estaba destinado. Por fin en 1782, con la publicación de una novela erótica escrita en forma epistolar, el soldado-literato conquistó fama y censura en proporciones parejas. Les liaisons dangereuses —Las amistades (o relaciones) peligrosas— es un complejo relato de intrigas sexuales que, con la excusa de “servir a la moral y revelar los medios que emplean los que tienen malas costumbres para corromper a los que las tienen buenas” (según el mismo autor anuncia en el prólogo), convierte al lector en cómplice de una violación. Porque, ¿qué otra cosa es asomarse a la in timidad de los pecados ajenos interfiriendo la correspondencia privada?
En cuanto al actor, régisseur y director de escena argentino residente en París, él también descubrió, en su paso por el Liceo Militar, que la exuberancia de la vida resis te siempre los intentos de la autoridad por disciplinarla. “Yo estaba entre los que mejores calificaciones tenían —cuenta Arias— pero en el último año, como mi inclinación por la poesía y las artes no se correspondía con las cualidades que se supone debe tener un militar con mando de tropa, me mandaron al grupo de los peores alumnos. Y me hicieron un favor: ahí, entre los más rebeldes, los que se salían del molde, me sentí entre mis pares. Ahí me encontré con lo que sorprende, con lo inesperado.”
Volviendo a Las relaciones peligrosas, su publicación y el escándalo consiguiente convirtió la novela en un best-séller de la época, a la vez que atrajo la condena de los sectores sociales ligados a la nobleza y al poder político franceses de fines del siglo XVIII, que se vieron retratados en sus manipulaciones, su corrupción y su hipocresía. Consecuencia: el texto fue relegado al olvido prácticamente durante todo el siglo XIX. Claro que, confirmando que la conciencia social es una categoría mutable y contradictoria, el siglo XX redescubrió el libro y multiplicó casi al infinito las versiones y adaptaciones teatrales y cinematográficas inspiradas más o menos libremente en la novela maldita.
A través de 175 cartas cruzadas entre los distintos personajes se va estructurando una historia de cuya conducción, la marquesa de Merteuil lleva las riendas con audacia y lucidez. Esa mujer madura, hermosa e inteligente se asocia con el apuesto y seductor vizconde de Valmont —con quien alguna vez tuvo un affaire amoroso— para hacer de él su cómplice y, finalmente, su víctima. Lo que la dama propone al vizconde es que corrompa a la inocente Cecilia, de 15 años, para que la niña no llegue virgen al matrimonio con Bastide, un hombre que años atrás abandonó a la marquesa para seducir a una amante de Valmont. El vizconde, por su parte, aspira en cambio a doblegar a Madame Tourvel, una mujer de belleza deslumbrante y honestidad incorruptible. Pero dado que la madre de la cándida Cecilia se convierte en un obstáculo para que Valmont consiga los encantos de Mme. Tourvel, el vizconde acepta el trato propuesto por Merteuil: seducirá a la niña para lastimar en ella a su madre. Mientras tanto, Mme. Merteuil se entretiene disfrutando de una aventura con Danceny, un joven enamorado de Cecilia, y se mantiene a la espera de una carta que debe enviarle Valmont, como prueba de que ha deshonrado a Tourvel. Como recompensa, la manipuladora marquesa ha prometido entregarse al vizconde. Pero esta perversa trama de sexo y poder se corta con un imprevisto: Valmont se enamora verdaderamente de Mme. Tourvel. Y, claro, en esta empresa cínica el amor es la anomalía. Enamorándose, Valmont ha roto el pacto, el proyecto fracasa y se desencadena la tragedia.
Sin embargo, Las relaciones peligrosas no agota la riqueza de sus significados en la denuncia de los desórdenes y la decadencia cortesanas que presagiaban cambios revolucionarios. Como suele ocurrir con los textos clásicos, éste también admite otras lecturas. Hay quienes han visto en los personajes libertinos de esa historia (como en otros textos eróticos de su tiempo, como los del Marqués de Sade), una actitud libertaria dirigida a socavar el autoritarismo de la monarquía y de la iglesia en la sociedad que, en 1789, desencadenaría la toma de la Bastilla; proclamaría la libertad, la igualdad y la fraternidad; declararía los derechos del hombre. Y hasta empezaría a pensar en los de la mujer.
Desde otra perspectiva, el control lúcido ejercido por la marquesa de Merteuil puede ser visto como un ejercicio liberador para el género, ya que hasta entonces, la conquista erótica de los donjuanes clásicos había sido siempre una estrategia masculina. Merteuil es, de algún modo, una arriesgada disidente que cambia el arquetipo, el modelo. Y los cambios de modelo entrañan avances que la civilización logra gracias a los atrevidos y voluptuosos. Al precio de cierta violencia y desborde. Animándose a poner en tensión las contradicciones. Como también lo hacen los amantes, que desmelenan pasiones y odios en cualquier latitud y temperatura. Y que exteriorizan sin reservas los versos y la cadencia del bolero.
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