Si la muerte pisa mi huerto
Lo único que tiene cerca Las Heras es el hastío. Después, todo le queda lejos. Sus vecinos son Pico Truncado, 83 kilómetros y Perito Moreno, a 167. Por otra parte, sólo una ruta de asfalto une a Las Heras con el mundo exterior. Todo lo demás es el desierto patagónico, ese que no se ofrece en las guías de turismo y que si hubiese sido visitado por Sarmiento, seguro que el sanjuanino acuñaba aquí que “el mal es la extensión”.
Aridez gris. Viento seco. Llegar a este rinconcito a un costado de la ruta ofrece una postal poco acogedora. De todos los alambrados cuelgan bolsas de residuo como si se tratara de una tribuna rugiente de polietileno que grita su bronca a una brisa capaz de mover a los camiones petroleros que transitan estos caminos inhóspitos. Y si bien es cierto que dentro del poblado la imagen cambia, a primera vista, hay que ser corajudo para entrar.
Hijo del petróleo, este lugar siempre estuvo signado por los vaivenes del precio del crudo, a veces favorables, en otras no tanto. Pero en lo que todos coinciden es que el punto de inflexión fue la década del 90, cuando YPF pasó a manos de Repsol y la desilusión pasó a manos de la mayoría, hombres y mujeres llegados desde provincias lejanas con el sueño de edificarse un porvenir más venturoso que la privatización se encargaría de truncar.
Con este panorama, sin que fuera motivo excluyendo pero acaso contribuyendo a que sucediera, 22 jóvenes se quitaron la vida por diferentes motivos entre marzo de 1997 y enero de 2000. Leila Guerriero, una periodista foránea para la zona, escribió un libro al que tituló “Los suicidas del fin del mundo”, denunciando que Las Heras se había convertido en la capital nacional del suicidio.
La idea de un anonimato eterno, el aislamiento constante, la imposibilidad de torcer la suerte, pueden ser apenas el zaguán de una historia trágica que además, es un símbolo de la Patagonia lejana al mar y la Cordillera, la que más que vivirse se sufre. Eso se nota caminando por Las Heras, contagiándose del tedio, palpándole la falta de pasión que termina por convertirse en una identidad peligrosa.
Una crítica literaria al libro de Guerriero cuenta que “Las Heras no tiene cines, librerías, quioscos ni lazos sociales fuertes”. Nosotros no nos quedaremos demasiado a censar si en los últimos tiempos se han incorporado algunos estímulos a este pago laburante y silencioso. No hará falta porque tomarle el pulso a su andar leve y cansino lleva apenas el rato que nos tardó escribir esta nota. Allá vamos a seguir el camino que nos devuelva a la Cordillera, andando entre las bolsas de polietileno que siguen en los alambrados.
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