Sí, quiero
Hacía frío afuera. Había un viento que quebraba los cabellos húmedos. Santa Cruz –y la Argentina de Perón- se terminaban a unos metros del campamento donde había ido a trabajar “en perforaciones” el catamarqueño Silvestre Alaniz. Seis años atrás, el gobierno había encontrado una mina de carbón en la zona y pagaba bien a los que dejaran todo en el norte mal pagador para ir a extraerlo. Corría 1949.
Desde afuera llegaron noticias. Río Turbio no era Río Turbio. Apenas un conglomerado de carpas y las primeras casas, de chapa, estilo “trineo”, que ocupaban los funcionarios de la incipiente Yacimientos Carboníferos Fiscales. “Alaniz viene con una mujer desde Río Gallegos”. 56 años después, esta mujer está sentada frente a un periodista ambulante reviviendo un tiempo en que las reivindicaciones de género empezaban a sonar fuerte en boca de otra mujer: Evita.
Rosa Ñacuncheo, hija de un aborigen de Ingeniero Jacobazzi, en Río Negro, había hecho cosas que la buena moral no permitía. Se enamoró de Silvestre, el catamarqueño, en Bariloche. Y no sólo eso. Osó tener un hijo con él sin estar casada. Además, sola con su alma, se largó en un viaje de varias semanas a buscar a su amado, porque este demoraba la promesa de buscarla, un poco porque no eran fáciles esos lugares, otro porque quizás quería defender su soltería.
“¿Quién es la mujer que viene con Alaniz?” – volvieron a preguntar. Ninguna mujer podía vivir en el campamento con un hombre sin estar casada. Encima, esa mujer tenía ya un hijo. “Era muy triste la vida aquí, muy triste”, evoca Rosa. Y no es para menos. La comida llegaba esporádicamente desde Río Gallegos y “la verdura no se conocía, sólo carne. Y leche, nada, con decirle que tuve que darle a mi hijo la teta hasta los dos años”.
A Rosa Ñancucheo le dijeron que no podía vivir en una casa si no era casada. Tampoco podía estar con su hijo pequeño a la intemperie o en una carpa. Y así, a nombre de las circunstancias y a nombre del amor que llevó a Rosa tan lejos, en breve se llevó adelante el primer matrimonio que consta en las actas de Río Turbio. Y un bautismo: el del segundo hijo de Rosa y Silvestre.
Rosa Ñancucheo es la viuda de Alaniz desde hace 26 años. Pero nunca se fue del lugar que ya no es tan triste como entonces, cuando “solamente había gringos polacos, ucranianos, italianos, que hablaban en su idioma y se reían sin que se sepa que era lo que decían, quizás hablaban de una”. Sus dos hijos, sus nietos, también son de Río Turbio y llevan en el orgullo minero en las venas. Ahora ya no le piden libreta de matrimonio a nadie para certificar el amor o para tener vivienda.
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