"SI SE TRATA DE VOLVER A EMPEZAR, NOSOTRAS LO HABÍAMOS HECHO VARIAS VECES"
Cuando el martes 29 de abril el agua del río Salado se colaba violentamente en el Barrio Barranquitas, María Elena Schaffer y su madre, Luisa Ochoa, solo pensaban en una cosa: salvar la vida de sus afectos y algunas pertenencias de la finca que habitaban en Brasil al 4.100. Previamente, los vecinos del barrio habían formado una defensa bastante fuerte para evitar el ingreso, pero la masa hídrica avanzó sin pausa e inundó el barrio en apenas unos minutos.
LOS HECHOS
Luisa Ochoa era portera de la Escuela Falucho. La querían por su entrega diaria, por su cordialidad, por su actitud honesta y desprendida. Hacía varios años que se desempeñaba como personal del establecimiento escolar. “Vamos a la escuela”, dijeron madre e hija cuando ya no había mucho por hacer en Barranquitas. Vieron como la gente lloraba, reclamaba asistencia. La urgencia en estado permanente. Luisa ya sabía que su casa estaba bajo el agua y que su hijo, Alfredo José, se había quedado en el techo, cuidando lo poco que iba a salvarse cuando el agua baje. El hecho la angustiaba, se escucharon disparos a la noche y Luisa sabía que su hijo corría peligro. Asi y todo, trabajó sin desmayos durante los primeros días de la emergencia, como tantos héroes anónimos. Aquellas primeras horas, cuando Santa Fe no tenía Estado ni Ley. Pero llegaba la noche y Luisa se derrumbaba. La invadía una angustia que no era su estado de ánimo habitual, caracterizado por la cordialidad y por transitar la rutina ayudando en la escuela.
Tanto llanto logró colapsar la salud de Luisa. “Hija, nunca vi llorar tanto a los hombres, esto es muy fuerte”, le comentó a María Elena, su hija, la noche del 30 de abril. Esa noche pocos durmieron. Al día siguiente, la misma postal: llantos, gritos, madres que buscaban a sus hijos, hijos a sus madres y así una convinanción interminable de pérdidas.
“ME DUELE EL PECHO”
La terrible angustia había descompensado a Luisa. Había somatizado todo el horror. Cerca de la 18 horas, del 1 de mayo, le comentó a su hija “me duele el pecho”, inmediatamente, según los testigos consultados por Notife, sus ojos se fueron hacía atrás, perdió la sensibilidad en los brazos y se desplomó en el piso. María Elena le hizo masajes en el pecho, improvisando alguna reanimación. Sabía que la situación era compleja y de alta peligrosidad. Estaban presentes la Directora y la Vice de la escuela Falucho, Lilian Benitez y Cristina Secanell, respectivamente. También presenció el deceso de Luisa una de sus mejores amigas, la portera jubilada del establecimiento, Cristina Gutierrez.
La ambulancia del CEMEC (Servicio de Emergencias del Sanatorio Garay) llegó bastante rápido, pero no logaron reanimar a Luisa. El Dr. Leonardo R. Salim constató el deceso de Luisa, cerca de las 19 horas en el Sanatorio Garay. Motivo de la muerte: “paro cardiorespiratorio y shock cardiológico”. Sus familiares contaron a Notife que “Luisa no tenía antecedentes de enfermedades coronarias, incluso, cuando pedimos la historia clínica, comprobamos que en los últimos diez años, no se registra una afección relacionada al corazón y su funcionamiento. Luisa murió, porque somatizó todo el dolor que vivió los primeros días de la inundación en la escuela”, dijeron.
El 2 de mayo, a las 15 horas, sus restos fueron inhumados en el Cementerio Municipal (Servicio de Santa Lucía).
“LA BUSCO EN LA CALLE, EN LAS IGLESIAS”
María Elena Schaffer no es la misma desde que perdió a su madre. Le cuesta elaborar el duelo. No puede desprenderse la violencia de la pérdida de Luisa. María Elena había llegado al mundo cuando su mamá era, apenas, una adolescente. Con 16 años, Luisa se hizo cargo de todo. Siempre pensó que el sacrificio valía la pena y la respuesta la encontraba en las caritas inquietas de las tres nietas que les numinaban todos los días el alma. “Mi mamá respiraba por las nietas”, recuerda su hija. Allá estaban Mariángeles, María José y María Milagros para dejar atrás cada uno de los momentos agrios de su vida. Luisa tenía 56 años cuando falleció.
María Elena es joven, apenas 40 años. Está cansada, triste. Recuerda que después del fallecimiento de su madre en al escuela Falucho se fue a vivir, unos 5 días, a la casa de un familiar. Luego, una compañera le prestó un departamento en el Barrio Las Flores II, donde estuvo un mes. “Quedate hasta que baje el agua en tu casa”, le dijo la amiga. Y eso hizo.
Cuando aquel 29 de abril, la familia Ochoa – Schaffer esacapaba del agua, María Elena, rescataba los apuntes de la materia DERECHO INTERNACIONAL PRIVADO. Le faltaba esa única materia para recibirse de abogada. Con ese músculo secreto que los patólogos no encuentran, sacó fuerzas y preparó la materia como autoevacuada. El 3 de Julio rindió. Y bien. “No tenía nada que festejar, era un compromiso que tenía con ‘mami'”. Era una deuda pendiente de María Elena. Muy jovencita, apenas terminada la escuela secundaria, había comenzado los estudios de abogacía. Pero sonaron las campanas agoreras de la urgencia económica. Abandonó y se puso a trabajar como docente de enseñanza primaria. “Si se trata de ‘volver a empezar’, nosotras lo habíamos hecho varias veces”, dice, se sonroja y se le nublan los ojos. Luisa se había separado de su esposo a los 27 años y sostuvo a la familia con su sueldo de portera en la escuela. Eso marcó para siempre a su hija. De ahí, la deuda pendiente, con su madre pero con ella también. Su compañero y esposo, Rubén, la apoyó y decidió terminar la carrera. Estudiaba, trabajaba como docente y atendía la vida familiar.
Ahora acusa tanta tristeza. Toma varios medicamentos por día para sostener su delicado equilibrio emocional. “Mis hijas han experimentado cambios en su conducta, algunas han desmejorado en la escuela, otras también sienten la ausencia de la abuela”. María Elena está bajo tratamiento sicológico y siquiátrico. Intentó volver al aula en octubre, pero no pudo sostener el ritmo, la exigencia. Intentó abondanor las pastillas, pero se derrumbó.
“Voy por la calle y la busco (…) la busco en las Iglesias, porque ella era muy religiosa, creo que no voy a poder rellenar ese espacio”, dice. Me gustaría que usted cuente la mujer excepcional que fue mi madre (…) desprendida, solidaria, llena de amor”.
Quien escribe esta nota espera que así sea, pensando que algún día, el olorcito a café de la mañana entre María Elena y sus hijas vuelva a ser tan intenso, como el que solia compartir con Luisa.
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