“SI VOY A ESCRIBIR, QUIERO HACERLO COMO SHAKESPEARE, CERVANTES Y BORGES”
Angélica Gorodischer es un de las narradoras argentinas contemporáneas más importante que tiene las letras nacionales. Es porteña de nacimiento pero rosarina por adopción. Comenzó su carrera literaria en la década de 1960. En 1964 ganó un concurso de relatos policiales convocado por la revista Vea y Lea con el cuento “En verano, a la siesta y con Martina”. Su estilo reúne rasgos propios del barroco con un humor muchas veces incisivo y asentado en la utilización del lenguaje coloquial. Entre sus obras más importantes, publicadas en Argentina y España, figuran las siguientes: Cuentos con soldados (1965), Opus dos (1967), Casta luna electrónica (1977), Mala noche y parir hembra (1983), Kalpa Imperial (1983), Floreros del alabastro, alfombras de Bujara (1985), Trafalgar (1986), Jugo de mango (1988), Las repúblicas (1991), Fábula de la Virgen y el bombero (1993), Prodigios (1994) y La noche del inocente (1996).
“SI VOY A ESCRIBIR, QUIERO HACERLO COMO SHAKESPEARE, CERVANTES Y BORGES”
“Si uno quiere escribir tiene que llevar una vida como la de una monja de clausura” dice la Simone, “lo siento Madame no estamos de acuerdo, y mire que usted y yo estamos de acuerdo en tantas, pero tantas cosas”. Para empezar las monjas de clausura me producen una sensación de desesperación mezclada con desprecio y con temor y con que se yo que más, un revoltijo de oscuridades.
Yo quiero todo, y esta frase ha causado cierta desconfianza, cierto escándalo en algunas almas buenas. Quise siempre todo, si voy a escribir, quiero hacerlo como Shakespeare, Cervantes y Borges, todo junto. No lo voy a conseguir, esta claro, no, pero lo que quiero es eso. ¿Por qué cortar la vida en dos o en más? Escribir y casarme, tener marido, hijos, una casa a mi gusto, todo lo que se pueda. Todo lo que la vida suele darle a una con el fierro en la cabeza. Todo lo que la vida le permita tener, sin dejar por eso de escribir, todo. Y para eso hace falta algo más que lápiz y papel. Hace falta tiempo, hace falta un lugar, hace falta que muchas cosas y personas te lo permitan, o en su defecto que les arranques ese permiso, no es joda.
En cada hoja dejaba pedazos del corazón, como dice el maestro. Tampoco es para tanto, se te rompe el corazón a cada rato, pero vas juntando los pedazos y seguís adelante por que sabes que algún día vas a decir: valió la pena.
No vas a escribir como Shakespeare, Cervantes y Borges juntos, ni siquiera como uno solito de ellos, nunca. Tu felicidad será terminar un texto que salió redondito y brillante como una esferita de plata al sol. Algunos dirán que es un engendro ¿y a vos que?. Otros dirán que es genial ¿Y a vos que? Acaso escribís para eso, no, no digas pavadas. Escribís para escribir. Amén. Es un poco como aquello de te amo no es cosa tuya. Me pide que termine en vos y se dispara y forma parte del universo como el jardín del freno en aquel poema, pero todo lo que suceda con eso que escribiste, no el jardín, no el poema pasa a tus espaldas y no es cosa tuya, lo amas, y no es cosa tuya. Cada día es una aventura. No hay reglas, no hay leyes, no hay planos, ni mapas, ni proyectos explicativos, no hay siquiera caprichos. Que me perdonen Cortázar y Quiroga, o que no me perdonen, que me importa, pero los decálogos para escribir cuentos son una soberana pavada.
Todo lo que hay es una maraña brillante, un inmenso e intrincado bosque en la que una se sumerge felizmente inerme y en el que recorre los universos conocidos y los universos vislumbrados cosechando palabras. A veces una lleva un plan como quien lleva un pan. Cuando lleva un plan, nunca eso de tener todo el cuento en la cabeza con los puntos y comas como decía Maupassant que no le creo ni una palabra. Más bien le creo a Borges cuando decía que en los cuentos sabía el principio y el final pero nada de lo que va en el medio, y entonces vienen las musas y le explican a una por donde tiene que ir para salir del bosque armada de todas las palabras que existen y de la que no existen también.
Años y años pasaron por que soy lenta, hasta que se me ocurrió que quizás todo el mundo oye lo que quiere escribir y que por lo pronto el mérito no está ahí sino en lo que viene a continuación, en el fervor de querer trabajar con las palabras.
Todo el mundo tiene inspiraciones, ese instante, unos pocos segundos en el que todo arde, chispa, relámpago, braza, ojos abiertos, centellas, y una ve el orden del mundo infinito que pisa como si planeara y a la estuviera inserto al ritmo de todo lo creado. Juro que no quise ser tan solemne, al contrario, pero no encuentro otras palabras para algo tan grande. Claro que podría hacer el camino que es el más conveniente cuando una quiere escribir sobre algo exactamente así, grande, es decir partir de una nimiedad, partir de sentarse a la mesa para escribir un cuento, en la sensación de plenitud y necesidad, del ovillo del que se va tejiendo, de la seguridad de una música o de los biombos que se van cerrando.
Oh, me metí finalmente en camisa de once varas, de cómo y qué hay que hacer para que en el momento en que no hay nada haya eso, aprendas y encuentres la pista, el sendero por fin en el bosque, el aliento, una manera de ponerte en situación, una predisposición, como si te estuvieran abriendo el tórax con un cuchillo y no te doliera, como si fueras descubriendo que por fin ahora podes respirar bien. Todo eso quiere decir, de adentro para fuera literalmente, llevándolo de dentro hacia fuera, palabras, trayendo de afuera para adentro la caja toráxica y los biombos de la memoria abierto como abanicos. Tantas palabras demasiadas para tratar de escribir algo tan sencillo, escribir un cuento, o una novela o un poema, lo que sea, escribir, eso, nada más que eso.
Finalmente quizás escribir sea cuestión de mucha imaginación manejada con un poco de astucia. Lo importante es llegar a saber como se usa la imaginación, “donde no hay imaginación no hay horror, donde no hay horror no hay literatura” como dijo alguna vez Arthur Conan Doyle.
O tal vez no, tal ves no sea el motor sino el terreno que uno pisa, o las dos cosas, algo se libra y es el ámbito natural de una escritora cosas que no han sucedido nunca a gente que no a ha existido jamás y todo está ahí al alcance de la mano. Y si una no tiene tiempo, ni lugar, ni el maría moliner, escribe lo mismo, por que pisando ese suelo no tiene otra salida.
Esta ponencia fue leída por la escritora en la mesa que trataba sobre “La experiencia narrativa en Argentina” que integraban Guillermo Saccomanno, Enrique Butti, Angélica Gorodischer y Coordinaba la profesora Silvia Calosso.
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