"SIENTO UNA PEQUEÑA VICTORIA"
Que alguien, a esta altura de las circunstancias, diga “soy feliz”, lo cante y le ponga ese título a un disco, suena tan revolucionario, provocativo, utópico, extraño, que es inevitable preguntarse ¿qué le pasó? ¿se siente bien? ¿le agarró un ataque de new age? ¿necesita tratamiento psiquiátrico? Sin embargo, para su nuevo trabajo Teresa Parodi eligió ese nombre, Soy feliz, y no tiene aspecto de haberse chiflado. “¿Por qué no voy a decir soy feliz? Tengo 55 años, una familia numerosa (cinco hijos y nueve nietos), muchos amigos, mucha vida vivida intensamente, muchas luchas, muchas batallas ganadas, muchas perdidas. Viví momentos re duros, otros hermosos, llenos de plenitud, y todo eso y toda esta gente que quiero me empuja hacia la vida. Tengo un montón de razones para estar enganchada con la vida. ¡Quiero y me quieren!”
Buena coartada para la felicidad, mirar atrás y ver que en el camino se ha construido. Aunque canta profesionalmente desde los 18 años —todavía trabajaba como docente—, la historia grande de Parodi empezó en 1979, cuando Astor Piazzolla la invitó a cantar con su quinteto. Ese mismo año se radicó en Buenos Aires, pero recién entre 1984 (ganó el premio Consagración en Cosquín) y 1985 (editó El purajhei de Teresa Parodi) le llegó la masividad. Desde entonces actuó en el Luna Park, en el Opera, en el Gran Rex, hizo giras por Europa y Estados Unidos, siguió presentándose en festivales, hasta que a mediados de los 90 bajó el perfil y decidió cantar sólo en lugares chicos. “La histeria colectiva, la fiesta banal, la masificación de la estupidez ganaban todos los espacios, y dije basta. Necesitaba que mi canción sonara despojada, que la letra se escuchara. Era preguntarme dónde estaban los compañeros, la gente que, se suponía, estaba en la misma lucha. Sentía que un estadio era un monstruo, un coloso de mil ojos, algo absurdo que sólo gritaba, con muchas luces y mucho humo. Una sensación espantosa, que ya quedó atrás”.
Ahora, en cambio, todo el disco tiene un tono positivo, ya desde su título y los de varias canciones: Soy feliz, No dejes de cantar, Convencimiento. ¿De dónde surge tanto optimismo?
Pertenezco a una generación de argentinos que si algo ha tenido es optimismo, que asumió los sueños como un compromiso muy fuerte. Los que transaron, transaron mal, pero los que quedamos somos a prueba de balas. Además, la situación límite a la que fue llegando la Argentina ha hecho reaccionar a un país que estaba demasiado paralizado después del menemato. Había una gran indiferencia, una resignación, una aceptación del modelo que nos salvaba para siempre. Hasta que esto empezó a estallar en el interior, y después el río se desbordó aquí. Y apareció otra Argentina diciendo “basta”. Y hay una reacción mundial a la perversidad de la globalización, a este avallasamiento del modelo que aplastó la cultura de los pueblos. Si esto no es suficiente para una persona que además peca de optimista… A mí no me quitaron las ganas de laburar, todavía creo que se puede. Por eso escribí estas canciones en estos dos últimos años. Es como una pequeña victoria sobre tantas derrotas, que hay que asumir para poder empezar de nuevo. Este disco se llama Soy feliz porque soy feliz resistiendo y tengo con quiénes resistir, para quiénes resistir, porque creo y confirmo que es posible un mundo mejor.
Estás esperanzada con estos primeros meses del nuevo Gobierno.
Sí, y se percibe la esperanza en la gente. Está todo pegadito con alfileres, y temo que ante lo primero que no cubra las expectativas, se produzca una gran desilusión. Hay un gran resguardo en la gente, pero también tantas ganas de apostar, de que quede claro que no queremos que nos mientan más, que no somos chicos, y que además nos damos cuenta de que con imaginación se puede hacer mucho. Si aparece un hombre que está respondiendo a lo que la gente reclamaba, bienvenido sea. Si salimos a la calle para decir “esto no nos gusta”, salgamos para decir “lo avalamos, siga porque acá estamos”. Que en su momento el pueblo haya salido a la calle fue buenísimo, habla de un país que ha crecido. Y me gusta la palabra pueblo, nunca la dejé de usar, porque hasta el lenguaje cotidiano nos sacaron. Se recuperó mucho tejido social roto, el pueblo empieza a ser solidario con el pueblo. Ojalá que no vuelva la gente a su casa, que siga pidiendo la recuperación del trabajo. Esto es mucho más saludable que lo que vivíamos hace cuatro años, cuando estábamos abroquelados sintiendo que algo terrible estaba por pasar pero sin hacer nada.
En las canciones “Que bla bla bla” y “Manifiesto opus II” llamás a militar. ¿De qué manera se puede militar ahora, después de tanta desilusión?
Se están planteando formas nuevas, como lo son los piqueteros o las asambleas, y no podemos desaprovechar ninguna. No se puede volver atrás después de que uno comprendió que si no participa, lo pasan por arriba. Con la dictadura se grabaron a fuego el miedo y el no te metás. Después, con la fiesta de la pizza y el champagne, vino la superficialidad, lo banal, todo perdió contenido. Pero era una mentira enorme, se estaba cayendo a pedazos, en algún momento iba a explotar todo. Y lo mediático estaba respondiendo exactamente a la cultura del modelo, que era lo que se suponía que vendía. Durante los años del menemato, a mi canción la calificaban de setentista, le quitaban valor.
¿Este vuelco político le viene bien a tu carrera, después de haber estado tapada en los 90?
Esa fue una elección mía, tampoco le voy a achacar todo al enemigo. Yo elegí quedarme con ese discurso y con esa canción. Yo me excluí, no acepté las reglas del juego del modelo, y lo disfruté mucho. Y hoy no siento ahora me toca a mí. Algunos me han llegado a preguntar “¿qué vas a hacer ahora, que no vas a tener letra para protestar?” Ojalá pasara eso y pudiera escribir otra canción, celebrando, como Nicolás Guillén en Cuba, diciendo tengo lo que tenía que tener. Pero lo que más me preocupa ahora es que recuperemos todos los espacios para seguir poniendo en su lugar toda esta riquísima cultura nuestra. Empezamos a darnos vuelta para mirar otra vez hacia adentro; en el mundo entero hay esta necesidad de identificarse con el lugar y la lengua de uno. Es una reacción cultural mundial, inclusive en el pensamiento filosófico, de recuperación de los orígenes, de la identidad. Eso está ganando, y no me lo quiero perder.
Aparte de lo político, en la década del 90 viviste situaciones familiares complicadas, como el fin de tu matrimonio después de 25 años.
Sí, pero me separé bien. Inclusive sigo llevando el Parodi, que es el apellido de Guillermo, y tengo una buena relación con él. Fue una etapa bien cerrada, cuando tuvo que ser. En ese intermedio me pasó algo muy fuerte, movilizador para toda la familia: un problema con un hijo, que por suerte ahora está bien (NdeR: su hijo menor fue drogadicto). En ese momento aparecí en los medios contándolo para ayudar a que la gente supiera qué hacer en un caso así. Fue una estampida en nuestra familia, pero sirvió para juntarnos más. Percibí el cariño de la gente, de los cercanos y los desconocidos. Eso también fue incorporado como experiencia, pero buena, porque peleamos para eso.
Parece que todo, tanto lo político como lo personal, confluyen en este Soy feliz.
Me acuerdo siempre de Jauretche, que decía “los pueblos entristecidos no vencen, por eso venimos a combatir alegremente por el país”. ¿Desde qué lugar vos tenés ideales, ganas? Desde los amores. Desde Juan Francisco, mi penúltimo nieto, que anda por ahí, hasta mi hijo mayor, que es actor y director de teatro y la está peleando. Estoy re conectada con la felicidad. Por eso escribí Soy feliz. Te lo digo así, de una, y te lo repito: soy feliz.
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