Simoca: Menem no vino
Todos los sábados, desde que los sábados son sábados y desde que Simoca es Simoca se organiza la Feria del pueblo, el espacio más auténtico de tradición cultural que el viajero haya encontrado en su camino. Recorrer los 53 kilómetros que separan a la capital tucumana de este pueblo de antaño que se niega a adoptar un falso progreso, es como caminar “hacia el pasado que vuelve”, pero a pesar de la frase tanguera, la marcha es rumbo al folklore.
Ahora, en la Feria misma, ya se sabe por qué Virgilio Carmona escribió “Para las otras no/ para las del norte sí/ para las de Simoca/ mis ansias locas de estar allí. En Simoca se anda en sulky porque allí está una de las pocas fábricas del país de ese medio de transporte tan tradicional como en desuso. Además, ningún negocio dice “drugstore” y ninguna financiera invita a endeudarse en ningún cartel de publicidad. Casi como si el menemismo no hubiera pasado por allí.
Simoca se quedó a vivir en el pasado y parece sentirse muy bien allí. A la mañana temprano, la feria más tradicional de la Argentina se prepara para una jornada que se extenderá irremediablemente hasta las 6 de la tarde. No es temporada y no vendrán tantos turistas de las Termas de Río Hondo o de Tucumán. Pero eso no quita que los puesteros, tras pagar los 5 pesos de renta que cobra el municipio, no comiencen a preparar los puestos como si se tratara de la última vez.
A la Feria, a diferencia de otras, se le nota claramente que no es una impostura sino un modo de vivir. Simoca en quechua quiere decir “silencio”, pero en la Feria ni parece que se le haga honor al nombre. Un chancho chifla al costado de un sulky un rato antes de pasar a engrosar la galería de productos a la venta. Es que el chorizo de cerdo es una obligación para los visitantes, como recorrer los puestos de tamales, humitas o empanadas caseras.
A pesar de que no es julio, cuando el pueblo late su corazón a un ritmo más vertiginoso porque se hace la Fiesta Nacional de la Feria, igual se escucha la música bien fuerte. Un poco de cumbia de los más jóvenes, un poco de folklore de los puesteros más antiguos, que dicen haber visto los últimos trenes que se detuvieron a unos metros de allí nada más, donde ahora sólo hay galpones abandonados.
El Ferrocarril ha tenido que ver bastante con la expansión de la fama gastronómica de Simoca. Una vendedora de especies de varios años en el lugar cuenta que los pasajeros bajaban en la estación y se peleaban por comprar las empanaditas de dulce de cayote, una tradición, como todo en el lugar. Claro que ahora la Feria ya no es al aire libre, como entonces, sino que cada puestero tiene su quincho, techado con paja y –en honor a la verdad- con ganas de una reparación.
Una caminata por la Feria es un toque de originalidad y un baño de vínculo con el pasado pero auténtico y lejos de lo snob. El Chango Rodríguez mira desde un busto con la nariz rota y parece estar gustoso de que lo hayan homenajeado como lo hizo él con el lugar cuando escribió la zamba de Simoca. Como para sostener la tradición, pasan enfundados en tres gorras parecidas un abuelo, un padre y un hijo. Es como una señal que aquí, la continuidad está garantizada.
Se está por acercar el mediodía y el sol pica como las empanadas que se venden a cualquier hora. Serán el aperitivo porque los puestos de comida ya han aprontado su mesa y tientan con los sabores y las ofertas. El locro está casi a punto en el puesto de Estela, una señora que dobla las tapas de empanadas con precisión de punguista. Las humitas en chala valen 50 centavos y la porción de locro 3 pesos, de modo que nadie puede competir en precio.
Pero cuidado, antes de comer, habrá que asegurarse la bebida. Vale buscar en un puesto de vinos pateros o mistela. Es una advertencia obligada, porque la comida va a arder en el cuerpo, sobre todo si elegimos chancho asado. Pronto el sol hará de las suyas también. Con el transcurrir de la tarde las verduras valdrán menos porque nadie quiere quedarse con mercadería.
Vienen bien unas frutas de estación para acabar con los vestigios de la comida típica. Hay que volverse. Hay que dejar Simoca rodeada de cañaverales y de tradición. Hay que prometer una nueva visita cuando la Fiesta de la Feria reúna a 20 mil curiosos. Hay que reivindicar un sitio que no se quiere parecer a otra cosa que lo que es: un espacio típico que rememora que alguna vez hubo en este país lo que ahora llaman calidad de vida.
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