SIMULABA BUSCAR A UNA NENA DESAPARECIDA Y ERA SU ASESINO
El 9 de agosto de 2002, Virrey del Pino, un barrio del extenso partido bonaerense de La Matanza, se sacudió. Una chiquita de cinco años había desaparecido mientras jugaba en el patio de su casa. Enseguida se organizó una pueblada: unos 200 vecinos salieron a buscar en descampados, pastizales y hasta en bañados. Lo que nunca se imaginó la gente del barrio que dentro de ese grupo que golpeaba puertas y recorría las calles, estaba oculto el asesino de la nena.
Era un joven de 20 años que, además de violar a la nena, la asfixió y la escondió en un entretecho de su casa. Ahora, a tres años del crimen, un Tribunal Oral de La Matanza condenó a Jorge Adrián Acuña —aquel vecino simulador—, un desocupado que vivía frente a la casa de la víctima. Le dieron perpetua.
Eran las cinco cuando esa tarde María Soledad Leguiza eligió no ver en la tele a “El Chavo” como lo hacía todos los días con sus tres hermanos de 11, 10 y 9 años. Esa vez prefirió salir a jugar al patio con unos patitos. Fue la última vez que la vieron viva. Cuando media hora después su mamá la llamó para tomar la leche, María Soledad ya no estaba. María Itatí (la madre) comenzó a golpear puerta por puerta en la cuadra hasta que un joven le dijo que Jorge Acuña había llamado a la chiquita para que fuera a comprarle cigarrillos.
La mamá fue hasta la casa de su vecino, que vivía enfrente, en Avilés y Fierro, entre Puentecito y Areco. Y el muchacho le confirmó que había mandado a la nena al quiosco porque la había confundido con su hermana mayor. Ahí, el hombre empezó a tejer la farsa: se puso una campera y se ofreció a acompañar a la desesperada madre. Golpearon juntos las puertas del barrio y hasta fueron a la comisaría de Virrey del Pino para hacer la denuncia.
“El sinvergüenza estaba tranquilo e iba conmigo hasta en el patrullero buscando a mi hija mientras la gente se movía por otras manzanas”, contó la mamá en el juicio.
La Policía comenzó a sospechar del joven cuando se enteró que la nena nunca había llegado al quiosco. Los perros rastreaban las huellas pero sólo se quedaban en la cuadra. Hasta que a uno de los agentes le llamó la atención unas manchas rojas en las zapatillas que tenía ese vecino que participaba de la búsqueda y que había hablado por última vez con la nena. “Me sangró la mano cuando este mediodía me corté con un pelapapas”, argumentó. Nadie le creyó. Ya era la medianoche cuando el hombre se vio acorralado y terminó inventando una nueva historia. Dijo que en realidad él fue a comprar los cigarrillos y cuando volvió otro vecino, un tal José (era un nombre inventado), le contó que él había matado a María Soledad y la había ocultado en su casa.
Algunos pocos vecinos que continuaban con la búsqueda fueron testigos de un hallazgo macabro: en un techo de machimbre de la casa del joven, arriba de una heladera y entre unas maderas, se veía una de las piernas de la nena. El cuerpo estaba desnudo, y tenía un cable alrededor del cuello. Según determinaron los peritos durante el juicio, la nena había muerto por asfixia y la habían violado.
Para el fiscal de juicio, Sergio Antín, “el hombre intentó desviar la atención culpando a otra persona, recordó lo de los cigarrillos y agregó que él había salido a hacer una copia de una llave y que en ese lapso el tal José la había violado y matado. Pero nada de eso pudo haber pasado en los 15 minutos que aseguró que tardó para su supuesto trámite. En realidad lo único que estaba haciendo era disfrazarse de bueno y ocultando el crimen”.
El pantaloncito de jean, el buzo azul con Mickey manchado con sangre, la ropa interior y las zapatillas rojas que María Soledad estrenaba ese día aparecieron en una bolsa de residuos que Acuña quiso ocultar. Ahí también tiró un slip floreado. Sólo la noche y una fría madrugada lo salvó a Acuña de que los vecinos hicieran justicia por mano propia.
Con todas estas pruebas el Tribunal en lo Criminal 3 de La Matanza (integrado por Liliana Logroño, Jorge Fabián Van Staden y José Antonio Lecce) dio lugar al pedido del fiscal y acusó a Acuña de abuso sexual agravado con acceso carnal y homicidio agravado y lo condenó a reclusión perpetua. Con agravantes imposibles de obviar: la función de vecindad que tenía con la víctima de sólo cinco años y el cinismo con el que el muchacho actuó al querer distraer la atención de la madre pretendiendo ayudar en la búsqueda de la chiquita.
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