SIMULÓ EL SUICIDIO DE SU MUJER Y AHORA LO JUZGAN POR ASESINATO
El 9 de agosto de 2003 la música empezó a sonar desde muy temprano porque había fiesta en la casa de Cala entre Caléndula y Nardo, en Claypole. Pero el festejo se interrumpió cuando los invitados escucharon un disparo. “Sabrina se mató, se suicidó”, gritó su esposo, José Augusto Bernasconi (26). Y todos creyeron que la chica, de sólo 27 años, se había pegado un tiro en la sien. La historia se contó de esa forma durante tres años hasta que en marzo de este año, un fiscal de Lomas de Zamora resolvió detener al marido de Sabrina Bonazi acusándolo de asesinato.
Hace un par de semanas la Justicia fue más allá: elevó a juicio la causa acusando a Bernasconi por el delito de “homicidio agravado por el vínculo en concurso real con portación ilegítima de arma de uso civil”. Por sorteo, la causa recayó en el Tribunal Oral 5 pero aún no tiene fecha de debate.
De esta forma, para el fiscal de Lomas de Zamora, José Luis Juárez quedó acreditado que ese día, alrededor de las 22, el hombre entró a la habitación de su casa “con la clara intención de causarle la muerte a su cónyuge y le efectuó un disparo con una pistola de la que no tenía debida autorización legal”.
Según un testigo de la fiesta, invitados y agasajados habían terminado de comer y sacarse fotos cuando Sabrina dijo que se iba a tomar un te y a dormir porque estaba cansada. Su marido —según el hombre— la acompañó hasta la habitación que tenían detrás de la casa principal, y después volvió a buscar un pedazo de torta. “A José no lo vi más, pero enseguida escuché un disparo y empezaron los gritos: ‘Se mató, se mató”, le contó al juez uno de los invitados.
Todos creyeron la versión que dio el marido: los invitados, la Policía y los primeros instructores judiciales. Menos, la familia de Sabrina. “Mi hija no era depresiva y tenía ganas de vivir. Hacía planes y me había dicho que el lunes siguiente la esperara, que se iba a volver a casa porque se iba a separar de ese hombre. No se pudo haber matado”, explicó Viviana, la mamá de la víctima, a Clarín.
El fiscal que elevó la causa a juicio cree lo mismo. Pero para dar su opinión se basó fundamentalmente en el resultado de la autopsia. En su escrito explica que ” el orificio de entrada de la bala no presenta signos macroscópicos de proximidad del disparo”. Y hasta aclara que los peritos estimaron el disparo “a una distancia superior a los 70 o 100 centímetros”.
Además, el abogado de la familia de Sabrina, Javier Garín, le había explicado a Clarín que “el arma que apareció al lado del cuerpo de la chica no tenía huellas. Estaba como si la hubieran limpiado”.
El fiscal resaltó además las pruebas químicas que comprobaron que no se encontraron restos de pólvora en ambas manos de la víctima, más allá de que además Sabrina desconocía de armas de fuego. “Todo esto hace imposible que haya apoyado su arma en la sien y se haya suicidado”, argumentó Juárez.
Según sospecha el fiscal, el cuerpo de la chica “tuvo además que haber sido cambiado de posición original y acomodado en la cama una vez efectuando el disparo” para simular un suicidio.
En su declaración, Bernasconi había dicho que “amaba a su esposa. Que su mujer estaba mal porque le habían dicho que tenía quistes y no un embarazo como había pensado”. Y explicó que no pudo escucho el tiro “porque estaba cerca del equipo de música” y que “siempre por casa, tiran tiros y cohetes, y si se escucha no le damos interés”.
Los padres de Sabrina nunca le creyeron a Bernasconi. Y al día siguiente de su muerte, fueron directo a la fiscalía de Lomas a presentarse como querellantes. Para ellos fue muy llamativo que ni Bernasconi ni nadie de su familia haya ido al velorio y posterior entierro de Sabrina.
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