Sólo faltó Batman
Donde hay un sitio imposible hay una leyenda. La de la Cueva de las Brujas dice que hace tantos años que ya nadie lo recuerda, dos mujeres blancas fueron raptadas por tribus aborígenes. Como los indios no le daban trato cristiano a las jóvenes, que como buenas hembras de leyenda eran muy bonitas, éstas decidieron escapar. Claro que, al costado de Los Andes, si le costó cruzar a San Martín, a ellas ni les cuento.
Fue así que fueron descubiertas por los indios y recapturadas. Pero como a los caciques, cuando secuestran, no les gusta que haya evasiones, ordenó que a las mujeres blancas se les pode las plantas de los pies. No fue suficiente. Las minas indóciles se volvieron a fugar. Puede que acosadas por el frío, hayan penetrado en este sitio, donde ahora, en medio de la oscuridad, una guía cuenta con pasión esta historia.
Hay más. Cuando los lugareños vieron salir a las mujeres que, con el correr de los días, fueron trocando su belleza originan en harapientas, se pensaron que eran seres divinos, o enviadas del diablo. Es por eso que se cuidaron de entrar para siempre a las grutas y –como en una buena leyenda- nadie sabe si las chicas fueron capturadas otra vez por la indiada, si vivieron para contarlo y se casaron con un príncipe o tuvieron su minuto de fama en el programa de Tinelli.
Lo cierto es que hoy, el sitio al que los lugareños siguen tratando con respeto supremo, se ha convertido en un obligado lugar de visita de los forasteros, por tratarse de una excursión original y de las más osadas y bonitas que puedan realizarse en la Argentina. La idea es ingresar 275 metros al corazón de la gruta, que tiene tantos recovecos como un laberinto y tanta belleza como la vista sea capaz de imaginar.
Un casco tipo minero es indispensable. Después, nada de claustrofobia y alguna aptitud para trepar. O audacia, simplemente. Es que, no será fácil. Hay lugares en el que las estalactitas y las estalacmitas se unen para conformar figuras que semejan a humanos. Hay otros en los que las filtraciones golpean el casco y mojan a los expedicionarios. La idea es convivir dos horas entre las rocas milenarias, donde antes hubo un mar y tras el rompimiento de la tierra, en el terciario, emergió este mundo fantástico.
Camino adentro, ya no es posible caminar de pie. Es menester saber gatear, o hincarse o andar en cuclillas. Después más galerías y más historias. Bien argentino, este sitio alguna vez fue profanado, cuando una interna por la administración tenía en pugna a algunos sectores: varias estalactitas volaron al piso y su pérdida se lamenta todavía, porque las nuevas que forman constantemente, tardarán millones de años en conformarse.
El piso también tiene lo suyo. Parece arcilloso, pero es lava de un volcán que en 1832 entró en erupción en Chile. El viento depositó los sedimentos aquí, para conformar una experiencia única de recorrido, por senderos que se bifurcan, oscuridad de temer y escaleras y pasarelas firmes. Los primeros en ingresar aquí fueron mineros, que acabaron con los mitos de brujas de los vecinos.
Por fortuna, cuenta la guía, no había minerales valiosos. De lo contrario, no podríamos contar hoy esta historia, desde aquí dentro. Por lo demás, el camino de regreso de los 1800 metros sobre el nivel del mar hacia el centro de Malargüe, los 70 kilómetros por la intrincada y renombrada ruta 40, constituye otra historia. Pero ya uno se va quedando sin aire, las pilas de la luz del casco empiezan a menguar y el hambre, popular incluso dentro de una caverna, requiere una retirada silenciosa.
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