Son tus huellas el camino
Recién en 1959 alguien pudo apoyar sus suelas en la cima del Fitz Roy. El tipo, un francés, tiene que haber tenido más coraje que los yanquis que presuntamente fueron a la luna. Es una ecuación simple: la luna quedará más allá de la atmósfera; pero te llevan. En cambio, subir al cielo por las tuyas aparece como más complicado. Y eso parece cuando caminás rumbo al Chaltén, que estás subiendo al cielo por cuenta propia.
El Adela, el Egger, el Saint Exupery, empinados, imponentes, parecen cerros de morondanga al lado del Chaltén. Sin embargo, hay uno peor. Es su vecino, el Cerro Torre, de altura algo menor, pero como si se tratara de un Empire State al natural, más alto, sin las redes que utilizó el fantoche de King Kong y a temperaturas bastante menos acogedoras.
De hecho que un periodista ambulante de aspecto y condición física ambas deplorables no pretenderá subirse para emular a ningún francés a ningún cerro. Pero uno tiene su dignidad y su orgullo. Entonces, si le ofrecen pararse debajo mismo del Cerro Torre, de cara a una laguna de agua glaciar donde nacen los hielos continentales que, todos juntos, son tan grandes casi como Suiza, no puede rehuir del convite.
En eso estamos. Mochila ligera, con alimento más ligero aún. Zapatillas para la ocasión. Nada de ropas ampulosas como la que le alquilan a los alemanes y españoles. Son cuatro horas de ida, dicen los carteles. Pongamos seis para un infrecuente caminante. Vamos. Dicen que hay que subir nomás 300 metros sobre el nivel del piso. No es tanto en cuatro horas. Vamos. Juran que se verán cosas de ensueño. Vamos.
Epa. Primera dificultad. Las montañas que uno dibujaba cuando niño subían una vez y bajaban otra. Estas cadenas endemoniadas lo hacen en reiteradas ocasiones. Son como una corona de rey que, cuando uno cree alcanzar la cima, hay que bajar rumbo a otro vértice. Encima, si uno es competitivo, está peor. Al lado le pasan centenares de gringos frescos como si recién se hubieran levantado.
Ahí se ve la cima de Fitz Roy. Contradiciendo a los tehuelches, el día está claro. Aonikenk. Así se llamaban los tehuelches antes de que los conquistaran sus hermanos mapuches. Gente del sur. Bueno, pero quería decir que si no llegamos pronto voy a salir hablando en tehuelche; o no voy a salir. No, iré al hospital, eso será lo que irá a pasarme. Pensar que alguien subió a la cima y uno no puede ni llegar al pie.
No hay una nube y el sol golpea sobre el Torre y sobre el Fitz Roy. A los dos les arranca rubores rojos que pegan sobre los hielos azulados. Parece que el cielo hubiera bajado hasta nosotros para enseñarnos cara a cara cuan bello es. Y eso que todavía falta. Evitemos detalles horrorosos de pies ampollados y comida escasa. Digamos que desde el mirador primero se ve el paraíso.
Contemos que tras reiterados serpenteos del río Fitz Roy, de potable agua turquesa; tras inacabables caminos intrincados y pedregosos de la estepa patagónica, la última elevación anuncia que algo grande hay detrás de esas piedras. Se siente el rumor del agua y se callan hasta los yanquis de físicos opulentos de big mac que casi nunca caminan callados.
Así es. La última caminata nos pone frente a la Laguna Torre. Está mansa como una mujer bien querida y los hielos que se han caído del glaciar que la provee de aguas claras flotan en su seno como veleros en un lugar que sólo se le podría haber ocurrido a Julio Verne, porque nada parece ser cierto. El Torre le aporta su sombra a la laguna y los colores confluyen sobre los sentimientos amontonando emociones que ya no se pueden contar.
Una vez más, todo lo que la naturaleza pide como costo para dejarse ver desnuda se justifica pagarlo con el cuerpo. Ahí estamos, trepidados en los pies, conmovidos con el corazón, frente a unos de los lugares más solitarios, más hermosos, más inmensos que puedan existir. Lo demás será volver, otras cuatro horas, sin comida porque toda era poco y se acabó. Pero eso a quien le importa si todo esto se puede mirar.
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