“SOY UN ESCRITOR, NO ME RECONOZCO COMO HISTORIADOR”
Pacho O’Donnell ¿Podría contarnos qué características tenía su familia y cómo vivió su infancia?
Yo nací en el seno de una familia burguesa, de apellido de cierto abolengo, pero de rama pobre, lo cual siempre marca algún destino. Mi casa se encontraba en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Mi padre era un médico de niños muy reconocido y mi madre era una magnífica ama de casa. También tengo dos hermanos, Guillermo, el mayor, es un politólogo muy reconocido internacionalmente; Alejandro, el segundo, es un prestigioso médico nutricionista, y yo fui el menor. Yo diría que en mi infancia dentro de esa familia burguesa, que en la apariencia estaba todo bien, viví turbulencias que se daban por detrás de lo aparente. Fui un chico muy conflictivo durante muchos años, no le encontraba la manija a la vida, pero me sirvió de mucho. Siempre me interesó primordialmente lo que se oculta detrás de lo aparente, yo le doy muy poca validez a lo que se ve y creo mucho más en lo que no se ve. Por eso me ha interesado el psicoanálisis, la arqueología; por este motivo cuando pienso en historia, indago fundamentalmente en lo que oculta la historia oficial. Lo mismo ocurre cuando escribo teatro o literatura, porque también es una forma de inventar mundos que no son visibles. Uno no escribe para mostrar las cosas como se suponen que son sino para desocultar algo. Así que aquellos conflictos de mi infancia son esenciales para mi vida y obra, y me condujeron a una neurosis importante que me llevó al psicoanálisis.
Podemos decir entonces que se interesó por estudiar psicología debido a sus conflictos personales.
Sí, en realidad mi padre era médico y yo creo que estudié medicina para poder romper una gran barrera de comunicación que tenía con mi padre, que no logré romperla a pesar de estudiar medicina. Entonces me encontré con que estaba estudiando una carrera para la cual no tenía vocación. Así que, una vez recibido, me interesé por la psicología porque se acercaba más a una visión humanística, cuasi artística y alejada de la sangre, las fracturas y las urgencias.
¿En aquellos años de universitario participó en política?
Efectivamente, en aquellos años participé de la política universitaria. Les cuento que tengo una clavícula fracturada a causa de una patada que recibí en aquella época, que los días de humedad me sigue doliendo. Yo milité en la UBA, que era un reflejo de aquellos 60’s tan intensos, donde realmente había posiciones de cómo debía ser el mundo y la juventud se embarcaba en esas posturas con esperanzas de torcer el rumbo de la historia. Yo milité en el humanismo de la facultad de medicina de Buenos Aires y acaudillé una recordada escisión del humanismo, que se pasó al reformismo. Recordemos que el humanismo tenía una ideología cristiana que se enfrentaba con el marxismo. Pero nuestro grupo se acercaba más a la doctrina social de la iglesia, a las ideas de Juan XXIII y a lo que fue Cristianismo y Revolución. Es más, también recuerdo que los dos muchachos que trabajaron conmigo luego fueron desaparecidos por la dictadura.
Y aquella militancia lo llevó al exilio.
Sí, me tuve que ir del país en el ’76. Me fui a Madrid con mi ex esposa Susana y mis dos hijas pequeñas; fue una etapa muy dura, pero a pesar de todo la recuerdo gratamente porque Madrid fue un lugar de exilio de intelectuales y de artistas; México, por el contrario, fue un lugar de exilio más político. A Madrid fueron personalidades como el pintor Carlos Alonso, Marilina Ross, Piero, Norma Aleandro, Pino Solanas, Cipe Lincovsky, Horacio Salas y Héctor Tizón, entre otros. Con el querido Héctor Tizón tengo una anécdota muy interesante, porque una de las causas que me ayudaron a elegir a Madrid como lugar de exilio fue que se iba a publicar un libro mío que se llamó “Copsi”, que es la mezcla de Coca y Pepsi, que fue mi primer novela. Cuando el libro estaba en pruebas de galera, me dijeron que tenía que eliminar las puteadas porque, si bien Franco ya había muerto, los franquistas aún tenían poder y podían censurarlo. Y yo hacía muy poco que había llegado a España y en esos días escuché un insulto que me cayó simpático, que era gilipollas. Y entonces reemplacé todos los insultos por gilipollas. Resulta que gilipollas era peor (risas). Así que a los pocos días, me llaman de la editorial para decirme que habían secuestrado el libro y que el sistema represivo franquista me iba a juzgar. Entonces lo llamé a Tizón, porque era el abogado que yo conocía. Entonces le dije: “Héctor decime qué hago con esto”. Y él me acompañó a ver un abogado madrileño, que lo recuerdo como un hombre muy infatuado, que me dejó con mucho más miedo que antes. Me dijo: “Pues te ha tocado el peor juez de todos, porque es franquista de pura cepa”. Y yo le pregunté: “¿Qué me puede pasar?” y él me respondió: “Puede pasar que te lleven un tiempo a Carabanchel”, que es una cárcel española. Afortunadamente no ocurrió nada, pero siempre nos acordamos con Tizón de la orfandad de ambos en aquellos días, éramos como la “Armada Brancaleone”, aquella película donde la gente andaba desamparada por el mundo, así nos sentíamos nosotros.
Pacho ¿Cómo se lleva con sus libros de literatura?
Usted sabe que cuando me preguntan en los hoteles o en los aeropuertos sobre mi profesión, yo pongo escritor, no me reconozco como historiador. Yo no soy un historiador, yo respeto mucho a los que han estudiado historia en la universidad. Pero con respecto a mi literatura, les cuento que en poco tiempo se va a editar una nueva novela mía, que va a ser publicada por la editorial española Plaza y Janes, ya que anduvo muy bien en España mi biografía del Che Guevara. Pero es una novela que tiene que ver con la historia, porque es un libro cuyo escenario es el exilio español en la Argentina luego de la guerra civil. Acontecimiento que fue extraordinario, porque estuvieron en nuestro país Rafael Alberti, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Manuel De Falla, Gómez de la Serna, aquello fue una inyección de cultura. Es un momento muy poco transitado por la historia y en España recién ahora están revisando las consecuencias de la guerra civil.
La verdad que es un tema interesante, sobretodo para los españoles, que han hecho un ejercicio poco recomendable: enterrar la historia.
Efectivamente, enterrar la historia. Era muy impresionante ver la estatua ecuestre de Franco en el paseo las castellanas, que los españoles quitaron hace muy poco. La diferencia entre la dictadura franquista y la argentina es que ésa sí fue una guerra verdadera. Y Franco firmó los fusilamientos. Hay relatos notables como el del embajador de Francia, que cuenta que una mañana estaba desayunando con Franco y mientras hablaban él veía que el generalísimo firmaba unos papeles. Eran los fusilamientos. Es decir, él se responsabilizaba, con esto no quiero justificarlo, pero marco la diferencia con la extrema cobardía de lo que ocurrió en la Argentina en la última dictadura.
¿Y cómo se lleva con su faceta de dramaturgo y con las representaciones posteriores?
Siempre que me meto con el teatro es cuando me agobia la soledad del escritor. Justamente anoche estuve viendo un ensayo de una obra mía, que se llama “Lo frío y lo caliente”. Es fantástico ese aspecto de grupalidad que tiene el teatro, sobre todo cuando trabajás con gente talentosa y muy seria, como puede ser un Lito Cruz, que mejoran tu texto. A veces me ha pasado lo contrario; recuerdo una vuelta en la que interrumpí los ensayos por la mitad; y otras veces fui a ver una obra mía y les pedí que sacaran mi nombre porque no tenía nada que ver con mi texto. Pero cuando se da un proyecto positivo como “Encuentro en Guayaquil” con Lito Cruz y Rubén Stella, es una experiencia fascinante.
Su mujer suele definirlo como un intelectual que de vez en cuando comete el error de meterse en política. ¿Cuál es su reflexión acerca de esta afirmación?
A lo mejor fue un error, de todas maneras puedo reivindicarme con algunos logros, como fueron el desarrollo del nuevo cine argentino, que tiene que ver con el Instituto de Cine que se creó en mi gestión. Además, creo que uno no puede opinar sobre la realidad si evade la posibilidad de estar ahí cuando puede hacerlo. Siempre para un intelectual es un error meterse en política, porque es un lugar insostenible. La función de un intelectual es indefectiblemente crítica, pero yo creo que hay que hacerlo, no se puede evadir las responsabilidades cívicas cuando a uno le toca. Fuimos un grupo que decidimos meternos y pagar las consecuencias. Estaban Lito Cruz en la dirección nacional del teatro, Chacho Dragún dirigiendo el Teatro Cervantes, Héctor Yánover en la Biblioteca Nacional y Alicia Steimberg en la dirección del libro. Después nos fuimos todos y en el año 1996 nos retiramos de la función pública.
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