“SUFRÍ EL ESPANTO Y LA CRUELDAD, PERO NUNCA DEJÉ DE CONFIAR EN LOGRAR LA LIBERTAD
El número 24.429 todavía se puede ver grabado en su brazo izquierdo. Ese signo indeleble revela el horror de lo padecido como prisionera polaca y católica en el campo de concentración alemán más grande del régimen nazi, Auschwitz. Quienes eran transportados a estas sombrías y enormes barracas sabían que les esperaba la muerte. Ludmila Dabrowsky de Moszoro, radicada en Rosario desde 1947, es una de las pocas sobrevivientes de ese infierno que marcó a la humanidad. Al cumplirse hoy 60 años de la liberación de Auschwitz-aunque a ella le costó algunos meses más lograr la libertad-, Ludmila, de 88 años, comparte su histórico testimonio.
Su mente lúcida posee gravadas a fuego imágenes y vivencias de aquellos años de dolor. En ellas se entremezclan el horror de los regímenes totalitarios (primero el alemán y luego el comunismo de la URSS) que arrasaron con el pueblo polaco, junto con los actos de heroica humanidad que vivió entre sus compañeros de campo de concentración. En su discurso no abundan palabras de odio o venganza, sino que están cargadas de compasión y denotan aquella fuerza interior que le permitió soportar uno de los peores flagelos de la historia.
En las oscuras barracas de Auschwitz, donde apestaba el olor a cuerpos quemados y se prohibía hasta tomar agua fuera de horario resplandecía por contraste el valor de la vida, la valentía y la solidaridad. Ludmila narró los sucesos vividos en esos años en las páginas del libro “Memorias 1939-1945”, que ya sacó su segunda edición.
En su pequeña casa rosarina Ludmila rememora, no sin esfuerzo, esos años. Reconoce que cada vez que narra estos hechos (siempre a pedido de algún curioso interlocutor) no puede contener las lágrimas y padece fuertes pesadillas que la hacen revivir aquellos tormentosos años. Luego de haber estado presa 20 meses en la cárcel de Montelupich en Cracovia, por haber colaborado en organizaciones polacas clandestinas de ayuda a los necesitados y haber participado activamente en grupos de estudiantes universitarios, fue trasladada a Auschwitz, a 60 kilómetros de Cracovia.
El campo de exterminio contaba con dos sectores, uno para hombres y otro para mujeres, este último llamado Birkenau. “La primera imagen que quedó fija en mi memoria fue la entrada principal al campo masculino donde figuraba la inscripción “Arbeit macht frei” (El trabajo te hace libre). Todas sabíamos que era una cínica mentira. El trabajo en ese lugar servía para torturar a la gente y explotarla hasta la muerte”, contó a La Capital Ludmila, con la mirada vidriosa.
Sumergida en el tiempo, Ludmila continúa encadenando recuerdos. “Al llegar a Auschwitz nos contaron. Era un control para que nadie se escapara, porque sino diezmaban al grupo. Luego nos desnudaron al aire libre. Entramos en el baño de vapor y recibimos los uniformes a rayas verticales celeste y gris. En ese momento, entre las personas encargadas de recibir nuestra ropa encontré a una amiga de anterior prisión. Yo llevaba un pequeño librito de oraciones que para mí era muy significativo. Mi amiga dándose cuenta, lo escondió entre sus ropas. Aún conservo ese pequeño libro como una reliquia, ya que fue un gran aliento para mi fe durante esos terribles años. El catre que me tocó para dormir estaba en el piso embarrado, con una frazada húmeda”, rememora con lujo de detalles.
SOLIDARIDAD HEROICA
La ayuda mutua era constante. “Muchas noches, con mi pequeño librito, me ponía a rezar. Tanto católicos como judíos y musulmanes lo hacían. Nadie hacía distinciones de religión. Se vivía una intensa fraternidad. Una noche para poder leer las oraciones me acerqué a un catre donde había una mujer judía con una vela prendida. Me preguntó si estaba rezando. Se lo confirmé, entonces me regaló tres velas y me dijo que sabía que la llevarían a la cámara de gas y me pidió que rezara por ella. Al día siguiente la Gestapo hizo una redada de mujeres judías llevándolas a la barraca número 25: la de la muerte. En uno de los camiones reconocí a mi compañera que, tranquila, saludaba con la mano. Esa noche, a lado de su catre vacío y con la luz de la vela yo seguí rezando”, cuenta conmovida.
Los nazis, para exterminar a la gente, la llevaban desnuda a los baños donde las duchas emanaban un gas mortífero. Los cadáveres se deslizaban al crematorio. En invierno las autoridades obligaban a todos a entregar su ropa para despiojarla. Esto implicaba estar varias horas paradas desnudos a 20º bajo cero. “Muchos fallecían y otros enfermaban. Este fue mi caso. Fui trasladada a una barraca hospital. El médico pasaba para indicar cuáles de las enfermas había que enviar a la cámara de gas. Ahí no había distinción de raza, religión, edad o posición social”.
En esos momentos Ludmila se enteró de que en su pueblo natal, Lwow, los alemanes habían exterminado a todas las personas que había en hospitales, sanatorios y geriátricos. Esto le notificaba la muerte de su madre que padecía una hemiplegia. También supo del fusilamiento masivo de los profesores de su facultad. Con la mirada baja, frotándose las manos Ludmila, confió que “en ese momento tuve un profundo decaimiento. Me daba lo mismo seguir viviendo o morir. Sin embargo, el deseo que albergaba en mi corazón de volver a reconstruir mi país era tan fuerte que me alejaba de los problemas inmediatos”.
CONTRA TODA ESPERANZA
En las noches oscuras sobre el cielo negro resaltaban las llamas de fuego furioso de cuatro metros sobre la chimenea del crematorio, que, como la cámara de gas, funcionaba las 24 horas. Ludmila se ocupaba con otras detenidas de trasladar las ollas de 100 litros con las sopas. Un día mientras hacía uno de estos traslados resbaló en la escarcha y se quebró el coxis. La SS que vigilaba l a azotó con un látigo mientras sus compañeras la ayudaban a ponerse de pie. El dolor era tan intenso que sin quererlo las lágrimas corrieron solas por sus mejillas. “Por varios años sufrí mucho a causa de esta fractura y aún hoy siento un dolor fuerte en esa zona”, manifestó con apenas un hilo de voz.
Para huir de esa mortífera rutina que se mezclaba con el terror y la crueldad, por la noche, cuando ya estaban cerradas las puertas se contaban historias y noticias de la guerra. “A veces podíamos cantar. Eso era lo más lindo”, sonríe.
ÚLTIMOS MESES EN AUSCHWITZ
En 1944 comenzaron a llegar más grupos de prisioneros que eran enviados directamente a la cámara de gas. Cuando escaseó el gas, los nazis cavaron fosas y allí tiraron a mucha gente, los cubrían con cal y los quemaban vivos. “El aire se llenaba de un olor apestado que ahogaba. Me sentía intoxicada, mareada y aturdida. Es imposible explicar con palabras esta vivencia”, expresa afectada.
Pasado el Año Nuevo de 1945 el ejército ruso se acercaba cada vez más rápido a Cracovia. Los alemanes se apuraban a destruir Auschwitz y los documentos con el fin de que se desconocieran los crímenes cometidos. Comenzaron a sacar prisioneros. Armaban grandes columnas de gente para trasladarlos a otros campos de concentración. Estas fueron las “marchas de la muerte”. “Me tocó partir en el último turno de evacuación. El 18 de enero nos formaron en una columna para marchar. Caminamos varios días y noches. Muchos no aguantaban tal esfuerzo. Si se detenían o se demoraban eran fusilados al instante. Entre tanto notábamos que crecía la ansiedad en la Gestapo. Parecía que el fin era inminente.
“El 27 o 28 de abril caminábamos unas dos mil mujeres. Los SS nos ubicaron para pasar la noche en un pajar. A la mañana siguiente, cuando nos despertamos nos sorprendió que no estuvieran nuestros guardias: habían desaparecido, ¡éramos libres! ¡por fin había llegado el día tan esperado!”
Sin embargo aquella libertad fue relativa, porque tras la caída de Alemania, de acuerdo con las decisiones tomadas en conferencias de Teherán y Yalta, se dividió Europa y las colonias en zonas de influencia, dejando en manos de Stalin el centro y oriente europeo. Así la Urss formó los Estados satélites, que durante medio siglo sufrieron la opresión comunista.
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