TANGO QUE BUSCA TANGO
Bienvenidos a Tango que busca tango, el espacio en el que los tangueros desencontrados se reúnen con otros tangueros de su misma familia que andan perdidos por ahí. Hoy presentamos la historia de cómo la cantante Lina Avellaneda convocó al bandoneonista Julio Pane para hacer un espectáculo conjunto y, entre fueye y milonga, llegaron a la conclusión de que eran parientes.
Primero, los antecedentes de los protagonistas. Julio Pane, de 55 años, es dueño de un currículum impresionante: tocó, por ejemplo, en las orquestas de Horacio Salgán, Leopoldo Federico, Atilio Stampone, Armando Pontier, Osvaldo Tarantino y el sexteto de Astor Piazzolla. Fue maestro de los más destacados bandoneonistas jóvenes, como Pablo Mainetti y Marcelo Nissinman, y grabó dos discos, A las orquestas (2000, con su trío) y Un placer (2002, con el guitarrista Juanjo Domínguez). También docente (fundó el Estudio Integral de la Voz), Lina Avellaneda (45 años) sacó en abril el séptimo disco (Silueta porteña) de una carrera que largó en 1977. Un año antes empezó esta historia.
En octubre de 1976, ya instalada la dictadura militar, fue asesinada Graciela Pane. Asustada, su hermana, Liliana Lucía Pane, decidió cambiar su nombre. “Tuve mucho miedo, me mudé siete veces, no entendía por qué la habían matado y todavía hoy no lo entiendo. Entonces, a pesar de que mi papá, que también era cantor y recitador, insistía en que defendiera el apellido Pane, cuando debuté cantando lo hice bajo el nombre de Lina Avellaneda, porque ser de Avellaneda me llena de orgullo”, cuenta ella. De esta manera, su identidad quedó oculta y se ahondó la brecha entre dos ramas de una misma familia separada por la inmigración: Cosme Pane —abuelo de Julio— llegó desde Sorrento (Italia) a fines del siglo XIX; su primo hermano, Nicola Pane —abuelo de Lina—, lo hizo alrededor de 1920.
“Yo sabía de la existencia de Francisco Pane, papá de Julio, también bandoneonista. Y en el 2001, cuando tenía que hacer un ciclo de recitales en Homero, le dije a uno de mis músicos acompañantes, el pianista Nicolás Ledesma, que me encantaría compartir una noche con el trío de Julio Pane. Desde que abracé el tango quería conocerlo a él, pero Nicolás me dijo mirá que Julio la etapa de acompañar gente la pasó hace años. Medio en broma, medio en serio, le dije: tengo una sospecha, creo que Pane tiene que ver conmigo. Y, por algo del destino, él aceptó venir a tocar”, recuerda Lina. “Lo que pasa es que tanto Ledesma como el contrabajista Enrique Guerra estaban tocando en ese momento con Lina y da la casualidad causal de que son los músicos con los que comparto el trío. Todo se ensambló por ese lado”, acota Pane.
Así llegó esa noche de viernes de agosto del 2001 en la que se unieron las historias de la tanguera de los suburbios y el arrabalero del Abasto. “Cuando aparecí en Homero me dieron un recibimiento muy transparente, enseguida me sentí muy bien y eso que siempre que entro por primera vez a un lugar tengo una piedra en el pecho hasta que me acostumbro”, cuenta Pane. Y Lina asiente: “Entró él y yo supe que venía mi primo. Soy agnóstica, no creo en nada, y sin embargo sentí que era mi familia. Enseguida me puse a preguntarle de dónde era su abuelo, sus parientes, y confirmé esa sensación”.
Julio, ¿cómo fue tu reacción al enterarte?
Pane: No tenía ni idea de que en realidad ella no se llamaba Lina Avellaneda. Cuando me empezó a contar cómo era la situación, abrí los ojos así de grandotes.
Avellaneda: A mí me agarró el ataque del árbol genealógico. Hasta averigüé el nombre de los barcos que trajeron a nuestros abuelos desde el puerto de Nápoles.
Pane: ¿Cómo averiguaste todo eso?
Avellaneda: Por Migraciones.
Pane: ¿Y te tomaste todo ese trabajo?
Avellaneda: Y, m”hijo, no voy a decir que sos mi primo si después no lo sos.
¿Qué parecidos encuentran entre ustedes?
Pane: Cuando los músicos del trío se enteraron del parentesco, dijeron “¡haber sabido antes que estábamos trabajando con dos Pane!”. Se ve que los dos somos de temperamento fuerte, medio calentones.
Avellaneda: ¡Yo encuentro tantos parecidos! Con los años aprendí a manejar un poco mi carácter, que siempre fue podridísimo. Pero lo veo a él y me veo a mí hace unos años. Tiene un anarquista adentro que a mí me habita y que tiene que ver con la libertad. Es un ser libre, y yo soy una persona libre: asumimos riesgos y nos tiramos sin paracaídas.
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