TANGOS DE AYER NOMÁS
La perra blanca y rante se llama Tita, por la Merello. “Es una solterona de carácter”, dice Dolores Solá. “Este es Santillán, el que lleva adelante la protesta”, define Acho Estol. Por último, hay uno, en un rincón, muy mal llevado, dándole batalla a lo que queda de un hueso: es “La Hiena” o “Barrios” si la pareja decide llamarlo por el apellido para imponerle respeto. La pequeña jauría callejera pasó de deambular por Barrio Norte a la terraza de un departamento de la calle Anchorena. Allí, esta pareja —ella aporta voz y presencia; y él, letras, guitarra, arreglos y conducción musical— se enrolla, discute y crea para darle cuerda a La Chicana, una orquesta de tango con espíritu de banda de rocanrol.
Todos los viernes de setiembre, a medianoche, La Chicana toca en la milonga del Centro Cultural Torcuato Tasso, frente a Parque Lezama. Allí harán temas de su último disco, el tercero, Tango agazapado, que presentaron en un show festejante en el Ateneo.”Desde el 96 tocamos en el Tasso, y lo que está bueno es que no se interrumpe la milonga”, dice Estol. “Lo que más nos gusta es ver la gente bailando, aunque a veces lo nuestro no siempre es fácil para bailar”, apunta la Solá.
La pareja se mira. Acho se estira hacia atrás en el sillón, buscando comodidad para pensar. Reconoce que hasta ahora ha tropezado en el intento de aprender a bailar. Y opina levemente distinto. “Nuestra música es bailable —dice—, a mí me interesa eso como compositor. Y buscamos que aunque haya mucha elaboración no se pierda la cadencia del baile. Lo que sucede es que después está el tema de bailar tangos con letras, esa es otra historia…”.El tango, dice Acho para cerrar el tema, es muy difícil pero alguna vez, sentencia, “lo aprenderé a bailar”.
Ellos se conocieron hace más de una década. El lideraba bandas de rock que a la distancia califica como hippies e ignotas —Los del Planeta o Grito en el Cielo— y trabajaba en una productora de cine. Había llamado, a Dolores, para un casting porque ella, antes de echar ancla en el tango, era actriz: participó en Con Alma de Tango, que protagonizaron Luisa Kuliok y Gerardo Romano, y en Mi cuñado, entre otras cosas. Acho no la ubicó para la prueba de actuación, pero se encontraron meses después, de casualidad en Madrid, en Villa Rosa, un tablado devenido en discoteca. Ella tenía un novio gallego, el una novia norteamericana, que pasaron a la historia enseguida. Al año, hacían pop y boleros, música de la noche, que los llevaba a participar en veranos de Punta del Este, en Casapueblo, o a presentaciones en Pacha, algún sábado, a las dos de la mañana. “Nos iba bien, económicamente. Pero detestábamos al público, nos resultaba muy ajeno”, dice Dolores.
Apareció entonces el tango que Dolores y Acho cultivaban casi para sí mismos.Un viernes, siete años atrás, debutaban en la milonga de La Viruta, en la calle Armenia. La Chicana fue un nombre que surgió casi del apuro por imprimir los volantes. “Preferimos ir con pies de plomo, no nos interesa hacer cocoliche, ni hacer fusión. Siete años, tres discos, no está mal, aunque nos hubiera gustado grabar alguno más”, sugiere Acho.”En este disco decidimos ser independientes”, apunta ella. Y la charla deriva, porque se cita al Indio Solari, si pensar en la gráfica de un disco, en lidiar con los medios, con los aparatos de producción y sus alrededores, acaso no pueda ayudar a crecer al músico, no como empresario, sino como artista más integral. “El año pasado trabajé mucho esa cuestión y me di cuenta que tenía que tomar todo como un juego. Y que si uno decide hacer una carrera artística, en cierto modo acepta todo lo que viene de la mano de eso. Nada de encerrarse en una cueva a crear”, dice Acho. “Eso que marca el Indio está bueno, porque la resistencia y la lucha por imponer lo tuyo, te puede llevar a ser más potente a la hora de componer o interpretar”, acuerda Dolores. Y la cantante va un poco más allá, alejándose sin decirlo, de los productos que surgen, a puro triunfo, de la noche a la mañana. “Me gusta el sabor de que sea trabajoso imponer lo nuestro, te da como una identidad”, dice.
“Es una mezcla, una cochambre”, explican para decir cómo pareja y trabajo, para bien o para mal, se conjugan en sus vidas. A veces la relación parece hundirse entre compases y canciones que no remontan vuelo, pero lo cierto es que hay giras —cuando tocan China, Singapur, Senegal— que “otra que lunas de miel”, dicen. “Algo pasa en su pasado/ algo que sigue pasando”, escribe Estol en Una iguana y tres monedas. Y nombra a su abuelo paterno, periodista de Crítica, corresponsal de Clarín en Nueva York, dueño de cierta mística tanguera y amigo cotidiano de Cadícamo y Cátulo Castillo. “El fue mi más gran influencia”, cuenta. Dolores dice que se salteó el rock en su adolescencia encandilada por la voz de Mercedes Simone o Nelly Omar. “No hay que exacerbar ni el color local ni la modernidad”, dicen, a medias, para explicar los tangos actuales que contra moda y marea intentan imponer.
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